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El enfado con la poesía

Que los versos se quedaran en domingo
y en los parques con los techos azulados,
no me extraña, no me duele.
Cuando tratas de engañarme construyendo
los poemas por encima de la herida,
los poemas que nacieron de la herida,
los poemas supurados por la herida,
no me extraña, no me duele.

El enfado es otra cosa.
Vivir para mis horas
el tiempo de otros, por ejemplo.
Añorar lo que no he sido nunca,
pero me habría gustado.
Creerme el pensamiento firme
de alguien que vive en mi cabeza. 

¿Quién le dice a la poesía lo que no debe contarse?
Migran las palabras cada poco,
como vuelan emociones de veleta
que lo mismo son invierno que verano.
Me confunde tanto giro.
¿Soy yo quién escribe los poemas
o son ellos los que escriben sobre mí?

Donde habite el deseo

El hambre que tengo de ti se oculta
tras el velero que la distancia empaña
en el horizonte, pero el mar
no deja de ser mar,
la lengua de las olas crece y yo,
húmeda, te pienso.

Me pregunta la curiosidad si es tu sexo
un lirio rojo, abierto, henchido.
No respondo.
Mi boca se llena de juicios
que entorpecen a esta lengua y al deseo
de besarte, todo el tiempo.
Todo el tiempo, no solo un par
de engaños al reloj y a las miradas.

Cómo será el embeleso que produce
la urgencia de amarte, que mis manos
se vuelven cemento y tú, castaña sabrosa,
rebasas las ansias, me inquietas.
No sé cuándo y menos cómo,
pero voy a morirme en ti
a golpe de vaivenes,
al grito de no pares.

¿Tú lo notas?
Crepita el deseo en los días azules
y tendría que confesarte que ya solo
de pensarlo son mis ingles
la orilla de la playa
que escondo entre mis muslos.

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