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El enfado con la poesía

Que los versos se quedaran en domingo
y en los parques con los techos azulados,
no me extraña, no me duele.
Cuando tratas de engañarme construyendo
los poemas por encima de la herida,
los poemas que nacieron de la herida,
los poemas supurados por la herida,
no me extraña, no me duele.

El enfado es otra cosa.
Vivir para mis horas
el tiempo de otros, por ejemplo.
Añorar lo que no he sido nunca,
pero me habría gustado.
Creerme el pensamiento firme
de alguien que vive en mi cabeza. 

¿Quién le dice a la poesía lo que no debe contarse?
Migran las palabras cada poco,
como vuelan emociones de veleta
que lo mismo son invierno que verano.
Me confunde tanto giro.
¿Soy yo quién escribe los poemas
o son ellos los que escriben sobre mí?

No tengo el poema que nos salve

Cuando no te queden flores que arrancar
de las muñecas hendidas, ven a mí.
No tengo el poema que nos salve
de derrumbes cotidianos,
pero los versos rebosan
si el ingenio se despierta.
Soñar es gratis
y a mí se me va la pinza
de una manera...

¡Qué decía? Ah, sí:
de amaneceres perdidos están
las tumbas repletas.
Hoy la aurora eres tú.
Yo pongo el café
con dos dedos de un presente
recién hecho, mañanas colados.
Cómo odio la nata que se forma
sobre las ilusiones...

Cuando no te queden flores que arrancar,
ni quimeras, ni ganas de querer
apagar los miedos que sirven de carroña
para cangrejos, cuervos
y otros animales, ven a mí
o corre hacia ti. La misma lumbre
nos aviva.

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