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No recuerdo un octubre tan invierno como este

Me mata el frío.
Corre mi valentía —también llamada
imprudencia— hacia la ventana.
La abre de par en par, se asoma y mira:
todo es hielo, quema, duele.
No comprendo lo que no quiero
entender.

¿Por qué no seré gazania abrazada
a sí misma en la noche,
a la espera de luz siempre nueva
cuando amanece otro día? 

No recuerdo un octubre tan invierno
como este y, sin embargo,
arden brasas en mi pecho, todavía,
porque es cierto que no llego a acostumbrarme
a lo gélido de ahora, pero llevo la memoria
apretada entre los muslos
y recuerdo, claramente, lo que nunca
ha ocurrido, pero siempre he deseado.

Como en un sueño ligero (poema a la manera de Verónica Teja)

Como en un sueño ligero, perturbable
es la calma que agoniza en los brazos
de una hiedra, agarrada a la vida
que no siempre satisface.

De un amarillo ajado viste su esperanza,
no por haberla perdido, sí por la noche
que acucia toda ilusión, sin una vela
que arda. Solo hay sombras.

¿Es a mí a quien pregunta el color
de la lantana que florece en su pecho?
Sabrá el otoño…
Yo le veo quebrada la inocencia,
siendo más su hogar lo que hay
fuera de él.

Lleva siglos dando asilo a un remanente
que se adhiere a sus alas,
desgastando las escamas que avivan
el vuelo.
Como si no tuviera bastante con el peso
del pasado, lo frustrante de los sueños
que quedaron en sueños,
latidos en balde que no lo fueron,
porque de todo se aprende... no sé el qué.

Aún susurra la escultura pétrea:
Que corra el tiempo.
Yo le pregunto:
¿Hacia dónde?

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