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No sé a qué te pareces (segunda parte)

Más tarde,
cuanto más me lo sabía,
más vendaje acumulado y el salitre,
huella de las humedades solo,
huella de la sal salpicada
por la ola. 
¿Quién ha visto en pecho ajeno
una puerta de salida a sus ahogos?
¿Cuánto dura ese esplendor 
tan de mentira?
Tu sonrisa perdía brillo. Yo seguía siendo imbécil, esperando... ¿Qué quería que ocurriera? ¿Que cambiaras tú el rumbo  de mis pasos por el rumbo de los tuyos?
No sé a qué te pareces, pero sé que mi apariencia dependía de tu aliento, sometida a la esperanza de que fueras capaz tú de darme nombre.

La chica que volverías a ser

Todavía lo recuerdo.
No hace tanto que el murmullo
de un anhelo palpitante
te hacía decir que volverías al sur,
porque tu corazón no se había movido
de allí.

Te sentaba bien la trenza de certeza
inventada, la ilusión bajo las cejas
y el rimero de las ganas
que vertías en los días para ser feliz.
Todavía lo recuerdo.

Volverías a ser aquella chica
de sonrisa abundante, con la piel atezada
y el ceño dibujado por un sol
que, pocas veces, se oculta.
No habrá más techo que el azul
para mi esperanza, decías.
Todavía lo recuerdo,
aunque llega a mi memoria
como un paisaje bañado por el vaho
de la ventana o la rapidez de los árboles
al viajar en tren.

¿Qué fue de aquella chica?

Los años consumieron la avidez,
al mismo tiempo que la juventud.
Perdida la brújula, ganado el recelo,
cada vez está más lejos el trozo de tierra
que ocupa su lar.
¿Dónde quedó soñar con la realidad
del sueño?

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