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No sé a qué te pareces (segunda parte)

Más tarde,
cuanto más me lo sabía,
más vendaje acumulado y el salitre,
huella de las humedades solo,
huella de la sal salpicada
por la ola. 
¿Quién ha visto en pecho ajeno
una puerta de salida a sus ahogos?
¿Cuánto dura ese esplendor 
tan de mentira?
Tu sonrisa perdía brillo. Yo seguía siendo imbécil, esperando... ¿Qué quería que ocurriera? ¿Que cambiaras tú el rumbo  de mis pasos por el rumbo de los tuyos?
No sé a qué te pareces, pero sé que mi apariencia dependía de tu aliento, sometida a la esperanza de que fueras capaz tú de darme nombre.

Estamos bien


Eres una guerrera incansable, 
lo vi hace tiempo en tus ojos
y, quizá antes, me lo dijeron ellas:
tus letras indecisas.

Escribías:
El invierno duele, o no. 
Y te quedabas tan tranquila,
sonriendo a mis borrones,
intentos fallidos de expresión
alzados en el aire, como un globo
fugado de la mano de un niño.
Igual destino el de tus preguntas:
¿Hace falta 
                                             quemarse 
         para seguir viviendo? 

Yo necesito del sur el sol
para respirar. 
Si eso te contesta… 

No es verdad, 
tú no necesitas respuesta,
es evidente que sabes cuál es
el próximo anhelo,
precursor del descontento 
que llegará después. 

¿Qué más quiero?
¿Qué me dices de carencia 
disfrazada de deseo? 
¿Qué hay de nuevo en esas gotas 
de alborozo que se encargan
de regarnos el verano cada día?

Bien estamos,
cada una a su manera.
Hace poco te expliqué 
que me espera un vendaval.
A los ojos el viento. A los ojos la arena.
Y, detrás de eso,
nada queda. 
Ya te contaré a qué sabe 
el desamparo que elegí sin elegir.

Bien sigamos o sigamos,
al menos. 

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