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No recuerdo un octubre tan invierno como este

Me mata el frío.
Corre mi valentía —también llamada
imprudencia— hacia la ventana.
La abre de par en par, se asoma y mira:
todo es hielo, quema, duele.
No comprendo lo que no quiero
entender.

¿Por qué no seré gazania abrazada
a sí misma en la noche,
a la espera de luz siempre nueva
cuando amanece otro día? 

No recuerdo un octubre tan invierno
como este y, sin embargo,
arden brasas en mi pecho, todavía,
porque es cierto que no llego a acostumbrarme
a lo gélido de ahora, pero llevo la memoria
apretada entre los muslos
y recuerdo, claramente, lo que nunca
ha ocurrido, pero siempre he deseado.

Estamos bien


Eres una guerrera incansable, 
lo vi hace tiempo en tus ojos
y, quizá antes, me lo dijeron ellas:
tus letras indecisas.

Escribías:
El invierno duele, o no. 
Y te quedabas tan tranquila,
sonriendo a mis borrones,
intentos fallidos de expresión
alzados en el aire, como un globo
fugado de la mano de un niño.
Igual destino el de tus preguntas:
¿Hace falta 
                                             quemarse 
         para seguir viviendo? 

Yo necesito del sur el sol
para respirar. 
Si eso te contesta… 

No es verdad, 
tú no necesitas respuesta,
es evidente que sabes cuál es
el próximo anhelo,
precursor del descontento 
que llegará después. 

¿Qué más quiero?
¿Qué me dices de carencia 
disfrazada de deseo? 
¿Qué hay de nuevo en esas gotas 
de alborozo que se encargan
de regarnos el verano cada día?

Bien estamos,
cada una a su manera.
Hace poco te expliqué 
que me espera un vendaval.
A los ojos el viento. A los ojos la arena.
Y, detrás de eso,
nada queda. 
Ya te contaré a qué sabe 
el desamparo que elegí sin elegir.

Bien sigamos o sigamos,
al menos. 

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