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No sé cómo llamarlo

El sol, que lo ve todo, me comprende. Luis García Montero


Yo no sé cómo llamarlo,
a pesar de lo sencillo que parece
asomando en otras bocas que lo usan
por costumbre, finta, escolta.
Las palabras que pronuncian
son el pomo de ese baño
donde puede entrar cualquiera.
El orgullo enarbolado
no sabrá contar las llagas
de los dedos que se incrustan
en el remo de mi barca
cada vez que vienen olas.
Y eso pasa a diario.

Yo no sé cómo llamarlo,
ni sentirlo como otros
ni tampoco tengo flores
ni jarrones para adorno
ni acierto con el lazo
—en las patas del novillo—,
ni me salen letras cursis
—de la idiota del pasado—,
ni me sabe a chocolate...
ni te ensucio con un cuento
hoy las manos.

Yo no sé cómo llamarlo, pero sé
que detrás de los versos, de los flecos
del poema
que se va escribiendo solo,
hay una vida que urge y no hay
empeño que lo frene
porque siempre, siempre
estará tu voz.

Que no duerma ni una estrella

     La oscuridad se acerca al parnaso poniendo sus zarpas de tiniebla sobre las letras, prendas de ropa interior desvaída que forman vereda en anodinos versos, en prosas vacuas. Haces frío, aunque trates de engañarme señalando embestidas y revueltas ardorosas que no veo, poniendo ante mis ojos unos cuerpos que no llegan a tocarme.

¿Cómo quieres que te escuche? De copos de nieve se cubren mis flores. Traes invierno y desamparo a mis oídos cuando trato de entonar eso llamas pasión y que a mí se me atraganta como un caramelo agarrado al paladar. Haces frío.

No sé, llámame loca. O, mejor, no me llames. No me enseñes. No te muestres. No me digas que imagine con ventisca una hoguera, que ese amasijo de escenas viscosas deberían enseñarme la cima de algo. Podrías... qué sé yo... podrías empezar abandonando ese lenguaje almibarado que llena mi pelo de grumos pringosos y centrarte en mis lunares. Cuéntalos, uno a uno, usando la lengua, dejando un reguero de lava. Por ejemplo. O dale trabajo a las yemas de tus dedos, que explorando mis guaridas se desgasten.

¡Qué me cuentas de gemidos a través de invasiones maceradas! No me canso de decirlo: haces frío. Haz que tiemble. Deja en mi pecho tambores de guerra, desciende por mi ombligo sin prisa, como quien anhela encontrarse de una vez por todas. Despiértame. Que no duerma ni una estrella.







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