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No sé cómo llamarlo

El sol, que lo ve todo, me comprende. Luis García Montero


Yo no sé cómo llamarlo,
a pesar de lo sencillo que parece
asomando en otras bocas que lo usan
por costumbre, finta, escolta.
Las palabras que pronuncian
son el pomo de ese baño
donde puede entrar cualquiera.
El orgullo enarbolado
no sabrá contar las llagas
de los dedos que se incrustan
en el remo de mi barca
cada vez que vienen olas.
Y eso pasa a diario.

Yo no sé cómo llamarlo,
ni sentirlo como otros
ni tampoco tengo flores
ni jarrones para adorno
ni acierto con el lazo
—en las patas del novillo—,
ni me salen letras cursis
—de la idiota del pasado—,
ni me sabe a chocolate...
ni te ensucio con un cuento
hoy las manos.

Yo no sé cómo llamarlo, pero sé
que detrás de los versos, de los flecos
del poema
que se va escribiendo solo,
hay una vida que urge y no hay
empeño que lo frene
porque siempre, siempre
estará tu voz.

Nuevos aires, querida Wendy


Decía Benedetti que el tiempo es como el viento, empuja y genera cambios. Qué te voy a decir a ti, querida Wendy, dríade abrazada a árboles de nieve, deslucida sombra en noches de insania y, de vez en cuando, marioneta subida a caballos de acero, desbocados. Qué te voy a decir a ti, depósito de miedos y albergue de almas opacas... Todo eso eras, hasta que dejaste de serlo. Porque siempre hay un comienzo, ¿verdad? Porque la espera irrita, indigna y desalienta; pero, también, es capaz de acaparar toda la energía que deberíamos invertir en VIVIR, antes de que la palabra «tarde» se pose sobre la lánguida boca de un cuerpo perecedero. 

Un día te sonó la alarma del aire nuevo. No me extraña en absoluto tu sorpresa, mirando a todas partes, buscando la cámara oculta e irónica de la realidad que te llovía en ese momento. Incrédula, como todo aquel que ha perdido demasiado tiempo lamiéndose las penas, en lugar de encaminar la barbilla y los ojos hacia lo cierto, que no es más que una simpleza: que todo avanza, todo llega —de algún modo—... si te atreves a buscarlo. No hace falta que me digas que lo hacías, que buscabas y buscabas y buscabas. Ya lo sé, como puedo yo, también, procurarle hermosura a esta prosa y fallar en el intento. Querer es poder, pero no de cualquier manera.

Te costó, Wendy, te costó. Una lucha de gigantes donde eras tu oponente. No vayamos a culpar a quien llamaba a la puerta cuando eras tú quien la dejaba abierta e invitabas a entrar. Y, por todo lo demás... ¿Qué importa de quién fuera la culpa si te ha llevado a ser lo que eres, a tener lo que tienes? Qué alegría... Aunque sea una tortura tu empalago, todo tengo que decirlo, sensiblera. No obstante, es un gozo comprobarte tan afable como firme y juiciosa. Eso me cuentan los aires...

Ahora solo queda lo mejor, desprendida del semblante derrotado, de los humos, de gruñidos... de esos pataleos que decoran las goteras de un corazón herido. Solo puedo desearte que flamees tu oportunidad con vivencias, que recuerdes que lo bueno llega vaporizado en pequeñas dosis, que merecemos los días de verano en compensación a las borrascas. Vive, querida Wendy... y que yo lo vea. All-in en el juego de la vida.

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