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No recuerdo un octubre tan invierno como este

Me mata el frío.
Corre mi valentía —también llamada
imprudencia— hacia la ventana.
La abre de par en par, se asoma y mira:
todo es hielo, quema, duele.
No comprendo lo que no quiero
entender.

¿Por qué no seré gazania abrazada
a sí misma en la noche,
a la espera de luz siempre nueva
cuando amanece otro día? 

No recuerdo un octubre tan invierno
como este y, sin embargo,
arden brasas en mi pecho, todavía,
porque es cierto que no llego a acostumbrarme
a lo gélido de ahora, pero llevo la memoria
apretada entre los muslos
y recuerdo, claramente, lo que nunca
ha ocurrido, pero siempre he deseado.

Ya no quiero comprenderlo

En la butaca del tiempo he pasado incómodas horas 
que combaban el ánimo de algunos días. 
He visto, frente a frente, la mirada perdida 
de la esperanza, 
amaneceres fundidos en negro
y la voluntad entregada a la palabra «luego»,
ya gastado mi mejor «después».

Me he cansado de aguantarme,
sostener el libro abierto en la página que cuenta
que revive la patada o el latido 
camino de la sonrisa,
esa tonta sensación con olor a primavera
donde todo gris es claro y a la vuelta de la esquina
se recobra lo perdido, 
si es que algo contenía aquel fuego, más allá 
de las pavesas que brincaban,
cuando mucho era poco y quedaba todavía,
en apariencia, mucho más para quemar. 

Ya no quiero comprenderlo.
Entendiendo el origen de la lluvia no consigo
poner freno al aguacero
y, aunque llegue a los motivos que acabaron en sepelio,
soy consciente:
no por ello volveré a ver abriles en septiembre, ni de lejos.

Sonarán campanas menos jaraneras,
los ocasos caerán como la tos en golpe seco
sin que vuelva a reflejarse el sol naranja en los ojos 
que miraban otros ojos
y el mar será el mar sin más ornato
cuando escriba en su orilla nuevos versos.

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