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No sé a qué te pareces (segunda parte)

Más tarde,
cuanto más me lo sabía,
más vendaje acumulado y el salitre,
huella de las humedades solo,
huella de la sal salpicada
por la ola. 
¿Quién ha visto en pecho ajeno
una puerta de salida a sus ahogos?
¿Cuánto dura ese esplendor 
tan de mentira?
Tu sonrisa perdía brillo. Yo seguía siendo imbécil, esperando... ¿Qué quería que ocurriera? ¿Que cambiaras tú el rumbo  de mis pasos por el rumbo de los tuyos?
No sé a qué te pareces, pero sé que mi apariencia dependía de tu aliento, sometida a la esperanza de que fueras capaz tú de darme nombre.

Ya no quiero comprenderlo

En la butaca del tiempo he pasado incómodas horas 
que combaban el ánimo de algunos días. 
He visto, frente a frente, la mirada perdida 
de la esperanza, 
amaneceres fundidos en negro
y la voluntad entregada a la palabra «luego»,
ya gastado mi mejor «después».

Me he cansado de aguantarme,
sostener el libro abierto en la página que cuenta
que revive la patada o el latido 
camino de la sonrisa,
esa tonta sensación con olor a primavera
donde todo gris es claro y a la vuelta de la esquina
se recobra lo perdido, 
si es que algo contenía aquel fuego, más allá 
de las pavesas que brincaban,
cuando mucho era poco y quedaba todavía,
en apariencia, mucho más para quemar. 

Ya no quiero comprenderlo.
Entendiendo el origen de la lluvia no consigo
poner freno al aguacero
y, aunque llegue a los motivos que acabaron en sepelio,
soy consciente:
no por ello volveré a ver abriles en septiembre, ni de lejos.

Sonarán campanas menos jaraneras,
los ocasos caerán como la tos en golpe seco
sin que vuelva a reflejarse el sol naranja en los ojos 
que miraban otros ojos
y el mar será el mar sin más ornato
cuando escriba en su orilla nuevos versos.

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