Ya no quiero comprenderlo

En la butaca del tiempo he pasado incómodas horas 
que combaban el ánimo de algunos días. 
He visto, frente a frente, la mirada perdida 
de la esperanza, 
amaneceres fundidos en negro
y la voluntad entregada a la palabra «luego»,
ya gastado mi mejor «después».

Me he cansado de aguantarme,
sostener el libro abierto en la página que cuenta
que revive la patada o el latido 
camino de la sonrisa,
esa tonta sensación con olor a primavera
donde todo gris es claro y a la vuelta de la esquina
se recobra lo perdido, 
si es que algo contenía aquel fuego, más allá 
de las pavesas que brincaban,
cuando mucho era poco y quedaba todavía,
en apariencia, mucho más para quemar. 

Ya no quiero comprenderlo.
Entendiendo el origen de la lluvia no consigo
poner freno al aguacero
y, aunque llegue a los motivos que acabaron en sepelio,
soy consciente:
no por ello volveré a ver abriles en septiembre, ni de lejos.

Sonarán campanas menos jaraneras,
los ocasos caerán como la tos en golpe seco
sin que vuelva a reflejarse el sol naranja en los ojos 
que miraban otros ojos
y el mar será el mar sin más ornato
cuando escriba en su orilla nuevos versos.

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