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Billete de vuelta (parte 3 de 3)

— Porque no supe hacerlo de otra forma. Todas me parecían dolorosas —respondió Violeta.

El tren se detuvo, pudo escucharse el trasiego de pasajeros que subían y bajaban del vagón más cercano, arrastrando maletas. Algunos de los recién llegados, aprovecharon ese momento para acercarse a la cafetería. Violeta y Samuel se vieron rodeados de padres con hijos que tenían hambre y lo proclamaban a voces, de estudiantes ojerosos que un café cargado y seguían estudiando, sorbo a sorbo, sus folios, de abuelos que solicitaban el periódico para desinformarse un poco. 

— Quiero salir de la cafetería —prosiguió—, me estoy empezando a agobiar con tanta gente.

Dejaron atrás el bullicio para volver a la calma de cogotes, codos, piernas, brazos, caras... cuerpos retorciéndose en sus plazas que más parecían jaulas de rejas invisibles que espacios cómodos para viajes largos. Cuando llegaron al asiento de Samuel, Violeta se sentó a su lado.

— Todavía no entiendo por qué huiste —murmuró él, pasándose una mano por sus rizos y agitando la que le quedaba libre.
— ¡Que no huí, Samuel!

— ¿Cómo que no? 
— Como que no. No es lo mismo huir que marcharse —Samuel la miró con las cejas arqueadas, como si aquella explicación no le bastara—. Además, me fui cuando estar contigo era lo mismo que estar sin ti.

Samuel tomó aire. Luego, lo dejó escapar despacio y esperó a vaciarse antes de hablar. 


— Te dije que estaba confuso.
— Confuso habría sido dudar entre ponerte una camisa azul o una de cuadros —protestó ella—. Me dijiste que no sabías si seguías enamorado de mí.
— Me equivoqué y te llamé para explicártelo, pero te negaste a cogerme el teléfono.
— ¿De qué habría servido atender tu llamada? ¿Habrías podido rebobinar nuestra historia hasta el momento en el que, todavía, no dudabas de tus sentimientos?
— Violeta... ¿tú nunca has tenido dudas?
— Sí, claro que las he tenido. Por ejemplo, he dudado entre llamarte yo y no hacerlo.
— Al final, decidiste no hacerlo. ¿Por qué?
— Porque preferí aguantarme a saberte contento, a escucharte radiante al otro lado del teléfono, contento con tu nueva vida sin mí.
— ¿Contento? Oía tus pasos repicando en las baldosas de mi calle, no te imaginas las veces que salí al balcón creyendo que estarías ahí. El pueblo se me hacía grande y extraño, me perdía para llegar a casa. 

— Esa era la otra razón para no llamarte. 
— ¿Qué quieres decir?
— Que me molestaba por igual descubrirte feliz que encontrarte triste.
— No hay quien te entienda, de verdad.
— Ese es el tercer motivo por el que no me puse en contacto contigo.
— ¿Cuál? ¿De qué estás hablando?
— A mí también me cuesta entenderme.

El megáfono interrumpió la conversación, avisando de la parada en la estación anterior al pueblo. Algunas personas comenzaron a ponerse sus abrigos y a recoger sus pertenencias. Violeta suspiró e hizo el amago de levantarse, pero Samuel le puso la mano en el muslo, deteniéndola.

— ¿Te vas a ir así, sin más? Te he echado mucho de menos —hizo una pausa y continuó luego, como si le costara la vida—. He intentado encontrarte en otras playas, en otros labios, en otros bares, en otras canciones y... no es lo mismo.

Violeta se echó a reír y asintió repetidas veces, mirando hacia la ventana.

— ¿De qué te ríes? —preguntó él, irritado.
— Me ha hecho gracia que intentaras buscarme en otra gente y en otros sitios. Yo no tuve tiempo ni ganas. En Bari he trabajado más que he dormido. No te he echado de menos, ¿sabes? Sin embargo, no he dejado de quererte. Para eso no me hacía falta nadie más, no me hacía falta tiempo.

Se puso de pie, pero Samuel volvió a frenarla. Le cogió la mano y tiró suavemente de ella para que regresara al asiento.

— Espera, no te vayas.
— ¿Quieres que me quede hasta que anuncien nuestra parada, recojamos juntos tu equipaje, luego, el mío, y bajemos por la misma puerta, del mismo vagón, como en una amnesia repentina que nos da otra oportunidad? 
—Me gustaría volver a intentarlo —admitió—. ¡Teníamos planes juntos! Todavía podemos llevarlos a cabo.
— Yo no quiero volver, no quiero un billete de vuelta a lo de antes. 
— ¿Por qué dices que me quieres si no quieres volver conmigo?
— Quererte no significa que me convengas, que me hagas feliz, que te necesite. Lo siento, Samuel —tras disculparse, Violeta se incorporó del sitio, sorteó las piernas de él alcanzando el pasillo y se marchó.

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
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Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

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mi reloj de arena (queriendo).

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 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

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despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.