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Mostrando entradas de agosto, 2017

Ya no quiero comprenderlo

En la butaca del tiempo he pasado incómodas horas  que combaban el ánimo de algunos días.  He visto, frente a frente, la mirada perdida  de la esperanza,  amaneceres fundidos en negro y la voluntad entregada a la palabra «luego», ya gastado mi mejor «después».
Me he cansado de aguantarme, sostener el libro abierto en la página que cuenta que revive la patada o el latido  camino de la sonrisa, esa tonta sensación con olor a primavera donde todo gris es claro y a la vuelta de la esquina se recobra lo perdido,  si es que algo contenía aquel fuego, más allá  de las pavesas que brincaban, cuando mucho era poco y quedaba todavía, en apariencia, mucho más para quemar. 
Ya no quiero comprenderlo. Entendiendo el origen de la lluvia no consigo poner freno al aguacero y, aunque llegue a los motivos que acabaron en sepelio, soy consciente: no por ello volveré a ver abriles en septiembre, ni de lejos.
Sonarán campanas menos jaraneras, los ocasos caerán como la tos en golpe seco sin que vuelva a r…

Si no te hubiera conocido

Para conocerte,
dejé abiertas las ventanas
y recé sin creer en nada,
cerré los ojos,
lloré.
Hice todo eso que llaman
VIVIR,
aun sabiendo que tu huella
dolería más que una llaga,
que serías cicatriz
latiendo siempre,
vendaval para el pulmón.

Si no te hubiera conocido,
el crepúsculo habría quedado en una palabra estéril
y las estrellas no serían
nada más que estrellas.
Van Gogh habría pintado
sin tocarme el alma,
y nunca habría cantado
Marwan, Manolo o Miguel
en mi oreja,
ni sabría de memoria
recitar a Neruda.
O eso creo.
Tampoco me habría fijado
en Salinas, Garfias o Cernuda
y tu tierra estaría en el mapa,
pero no en mi corazón,
al igual que las playas,
las plantas,
las casas blancas de cal.
Estoy segura, amor.

Si no te hubiera conocido,
ahora estaría viva
sin saber lo que es vivir.

Billete de vuelta (parte 3 de 3)

— Porque no supe hacerlo de otra forma. Todas me parecían dolorosas —respondió Violeta.
El tren se detuvo, pudo escucharse el trasiego de pasajeros que subían y bajaban del vagón más cercano, arrastrando maletas. Algunos de los recién llegados, aprovecharon ese momento para acercarse a la cafetería. Violeta y Samuel se vieron rodeados de padres con hijos que tenían hambre y lo proclamaban a voces, de estudiantes ojerosos que un café cargado y seguían estudiando, sorbo a sorbo, sus folios, de abuelos que solicitaban el periódico para desinformarse un poco. 
— Quiero salir de la cafetería —prosiguió—, me estoy empezando a agobiar con tanta gente.
Dejaron atrás el bullicio para volver a la calma de cogotes, codos, piernas, brazos, caras... cuerpos retorciéndose en sus plazas que más parecían jaulas de rejas invisibles que espacios cómodos para viajes largos. Cuando llegaron al asiento de Samuel, Violeta se sentó a su lado.

— Todavía no entiendo por qué huiste —murmuró él, pasándose una ma…