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No sé a qué te pareces (segunda parte)

Más tarde,
cuanto más me lo sabía,
más vendaje acumulado y el salitre,
huella de las humedades solo,
huella de la sal salpicada
por la ola. 
¿Quién ha visto en pecho ajeno
una puerta de salida a sus ahogos?
¿Cuánto dura ese esplendor 
tan de mentira?
Tu sonrisa perdía brillo. Yo seguía siendo imbécil, esperando... ¿Qué quería que ocurriera? ¿Que cambiaras tú el rumbo  de mis pasos por el rumbo de los tuyos?
No sé a qué te pareces, pero sé que mi apariencia dependía de tu aliento, sometida a la esperanza de que fueras capaz tú de darme nombre.

Escribir o perdonar(me).

Todavía no domino el arte de perder. Saber que voy dejando atrás un trozo de vida, cada día, que otro amanecer supone un capítulo más de la historia que no deja de avanzar hasta un final inevitable. Solo de pensarlo, me aprieta la hora en la muñeca y, en general, todo lo que me robe el tiempo y me corte las alas. 

Me duele el cuerpo porque no he tomado mi sorbo de nostalgia, lo siento, pero hoy no tengo tiempo para un café triste. El verano me ha llamado la atención cuando mis ojos estaban ahogándose en la taza, mareados en los giros de cuchara que delatan mi manía de ir contracorriente, es decir, en sentido contrario a las agujas del reloj. Lanzó rayos de sol al cristal de la ventana y, enseguida, fui hacia ella y me asomé. Allí estaba el estío, sonriéndome con la boca de un niño pequeño que comía el trozo de sandía que su abuela acababa de ofrecerle. Aquella sonrisa carmesí me hizo sonreír, igual que el bostezo llama al bostezo y la lágrima a la lágrima. Qué bien nos entendemos con los gestos y qué difícil parece obtener el mismo efecto mediante palabras... 

No lo he dicho, pero lo cuento ahora: me he bajado a la calle con la libreta bajo el brazo. El niño ya se ha marchado pero el verano sigue aquí. No quiero acostumbrarme a su forma de abrigarme sin ropa, a su techo de azul recién pintado, al alboroto infantil en los parques desde ya temprano, al olor de las piscinas, al gentío en la playa. No, no puedo habituarme a todo esto para luego relegarlo a la estampa color sepia de otra época. Como la canícula cordobesa que ya no besa mi piel, como la piel tersa menos tersa, como las letras recargadas de metáfora que escogía antaño. 

Ni hablar, me niego a elaborar la imagen literaria de este momento que va a escaparse, como todos los que vinieron anteriormente y, luego, huyeron pidiendo asilo a mi memoria que no sabe decir que no. Tengo demasiados tiempos dentro queriendo inventarse un recuerdo que no pinche. Por eso, escribo, para reorganizarme, perdonando y perdonándome para que no escueza cuando mis ojos rememoran una escena. 

Atrapo el tiempo con las letras. Tengo entendido que las oes son muy hondas, una trampa perfecta. No así las íes, puentes de madera colgante que disponen solo de un minúsculo redondel como refugio, tan grande como mi bolso de las bodas. Menos mal que hay muchas letras. Me encanta la idea de almacenar tiempo en lo escrito, cazar instantes, leer y sentirme joven... toda la vida. 

Comentarios

  1. Así es,la cuestión está en ser joven hasta morir de viejo.
    Atrapar el tiempo de alguna forma ha sido siempre la obsesión de la humanidad (o de parte de ella) y muchos,como tú,como yo mismo,lo intentamos escribiendo.Nos parece que rememorar sobre el papel es ,en cierto modo,volver a atrapar aquel instante mágico o nefasto que una vez se nos escapó para siempre.Y tal vez sea verdad que lo conseguimos porque de no ser así algunos no escribiríamos.
    me gustó y mucho tu entrada.Lo que dice y cómo lo dice.

    Saludos.Volveré.

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    Respuestas
    1. Un placer siempre encontrarte por "mi casa", Joaquín Galán.
      Desde luego y, de alguna forma, quien escribe tiene en su poder una burbuja de tiempo, un reloj en la manga, una memoria de letras.
      Abrazos.

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