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Escribir o perdonar(me).

Todavía no domino el arte de perder. Saber que voy dejando atrás un trozo de vida, cada día, que otro amanecer supone un capítulo más de la historia que no deja de avanzar hasta un final inevitable. Solo de pensarlo, me aprieta la hora en la muñeca y, en general, todo lo que me robe el tiempo y me corte las alas. 

Me duele el cuerpo porque no he tomado mi sorbo de nostalgia, lo siento, pero hoy no tengo tiempo para un café triste. El verano me ha llamado la atención cuando mis ojos estaban ahogándose en la taza, mareados en los giros de cuchara que delatan mi manía de ir contracorriente, es decir, en sentido contrario a las agujas del reloj. Lanzó rayos de sol al cristal de la ventana y, enseguida, fui hacia ella y me asomé. Allí estaba el estío, sonriéndome con la boca de un niño pequeño que comía el trozo de sandía que su abuela acababa de ofrecerle. Aquella sonrisa carmesí me hizo sonreír, igual que el bostezo llama al bostezo y la lágrima a la lágrima. Qué bien nos entendemos con los gestos y qué difícil parece obtener el mismo efecto mediante palabras... 

No lo he dicho, pero lo cuento ahora: me he bajado a la calle con la libreta bajo el brazo. El niño ya se ha marchado pero el verano sigue aquí. No quiero acostumbrarme a su forma de abrigarme sin ropa, a su techo de azul recién pintado, al alboroto infantil en los parques desde ya temprano, al olor de las piscinas, al gentío en la playa. No, no puedo habituarme a todo esto para luego relegarlo a la estampa color sepia de otra época. Como la canícula cordobesa que ya no besa mi piel, como la piel tersa menos tersa, como las letras recargadas de metáfora que escogía antaño. 

Ni hablar, me niego a elaborar la imagen literaria de este momento que va a escaparse, como todos los que vinieron anteriormente y, luego, huyeron pidiendo asilo a mi memoria que no sabe decir que no. Tengo demasiados tiempos dentro queriendo inventarse un recuerdo que no pinche. Por eso, escribo, para reorganizarme, perdonando y perdonándome para que no escueza cuando mis ojos rememoran una escena. 

Atrapo el tiempo con las letras. Tengo entendido que las oes son muy hondas, una trampa perfecta. No así las íes, puentes de madera colgante que disponen solo de un minúsculo redondel como refugio, tan grande como mi bolso de las bodas. Menos mal que hay muchas letras. Me encanta la idea de almacenar tiempo en lo escrito, cazar instantes, leer y sentirme joven... toda la vida. 

Comentarios

  1. Así es,la cuestión está en ser joven hasta morir de viejo.
    Atrapar el tiempo de alguna forma ha sido siempre la obsesión de la humanidad (o de parte de ella) y muchos,como tú,como yo mismo,lo intentamos escribiendo.Nos parece que rememorar sobre el papel es ,en cierto modo,volver a atrapar aquel instante mágico o nefasto que una vez se nos escapó para siempre.Y tal vez sea verdad que lo conseguimos porque de no ser así algunos no escribiríamos.
    me gustó y mucho tu entrada.Lo que dice y cómo lo dice.

    Saludos.Volveré.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Un placer siempre encontrarte por "mi casa", Joaquín Galán.
      Desde luego y, de alguna forma, quien escribe tiene en su poder una burbuja de tiempo, un reloj en la manga, una memoria de letras.
      Abrazos.

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandarí…

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.