A veces, pienso.

A veces, pienso. Pero solo, a veces.
Otras veces, cuando no lo hago, escribo.
Mejor de madrugada, sin más jueces
que todos los testigos del derribo.

Aquellos que sí saben lo que escueces
me han dicho que no dé si no recibo.
Lo que puse en papel te lo mereces,
lo que decía de ti hoy lo suscribo.

Aunque, a decir verdad, no todo es cierto.
Si exageré, la culpa es de Cupido
que sus flechas gastó sin mucho acierto.

Aquí el final: ni soneto ni olvido.
Claudicaré si algún día despierto,
pues perdonar ya no tiene sentido.

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