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Mostrando entradas de 2017

Veo ahora hasta sin ojos

Como un sueño que revive los aromas
atendiendo al más nítido detalle,
que recibe la caricia de unas manos
imposibles de tocar,
que persigue retenerte custodiando
las mejores medias lunas
de tu boca. Así siento este poema.

Él me dice:
¿Ves aquella lengua azul que surge
entre el manto gris de nubes?
Todavía, no vi las nubes —le respondo
tras un siglo contemplando el cielo.

Vuelan letras de los versos
con el viento que refresca, pero arde.
Llega brisa susurrándome a la oreja
como seda deslizada, suavemente,
y me cuenta lo que callo
a voz en grito
cuando no sé esconderme,
cuando no sé responderme.

Veo ahora hasta sin ojos
lo que antes fue penumbra.
Cuento estrellas por millares.
Laten versos todo el día.

Nuevos aires, querida Wendy

Decía Benedetti que el tiempo es como el viento, empuja y genera cambios. Qué te voy a decir a ti, querida Wendy, dríade abrazada a árboles de nieve, deslucida sombra en noches de insania y, de vez en cuando, marioneta subida a caballos de acero, desbocados. Qué te voy a decir a ti, depósito de miedos y albergue de almas opacas... Todo eso eras, hasta que dejaste de serlo. Porque siempre hay un comienzo, ¿verdad? Porque la espera irrita, indigna y desalienta; pero, también, es capaz de acaparar toda la energía que deberíamos invertir en VIVIR, antes de que la palabra «tarde» se pose sobre la lánguida boca de un cuerpo perecedero. 

Un día te sonó la alarma del aire nuevo. No me extraña en absoluto tu sorpresa, mirando a todas partes, buscando la cámara oculta e irónica de la realidad que te llovía en ese momento. Incrédula, como todo aquel que ha perdido demasiado tiempo lamiéndose las penas, en lugar de encaminar la barbilla y los ojos hacia lo cierto, que no es más que una simpleza…

Decidme, dónde pongo este silencio.

Vería tus ojos, tus ojos, tus ojos. Martín Lucía
Tendí las sábanas y las vi agitarse y elevarse como gaviotas. Anne Sexton


Porque voy a tener que pediros cobijo
para un silencio,
he venido despojada de palabras.
Solo traigo las esquirlas de las horas
de una noche de vigilia.

Muerdo el ansia con el ansia.
Qué poco sirven los sueños para amainarme
las olas…
Fijaos en mi pecho.
He sembrado dos gazanias a la espera
de sus manos.
Fijaos en mis labios.
Tengo por faro un lunar encendido
para que pueda encontrarme.
Fijaos en mi vientre.
Rumorean mariposas cada vez que veo
su nombre.

Decidme, dónde pongo este silencio
pero, callad, callad que solo puedo
oír su voz.

¡Que me llueva el cielo!

¡Cómo me dejas que te piense! Pedro Salinas

La realidad no es la que viene 
sino aquella que aún tiene que llegar.
J.M. Caballero Bonald



Camino bajo cúmulos, racimos
de nubes níveas que proliferan
en un cielo azul, cerúleo
—mientras reste día—.
Una cuña de luna me mira,
ufana sonríe, subida a su palco.
Qué cerca parece que tengo
grandezas lejanas...

Camino pensando que el tiempo
se extingue, no cuando yo quiera
y quiero llevarme la vida conmigo
allá donde vaya.

Camino como si volara
subida a una abeja, dejando el futuro
tendido, sujeto con pinzas
para cuando llegue, presente del todo
y, entonces, lo vea.

Camino conmigo, sintiéndome mía
y del mundo, aparte.
Quedarme a mi lado ha sido un acierto
después del lodo, que darme a la vida
es lo que le debo a este calendario.

¡Que sea lo que sea, que me llueva el cielo!

Lemniscata

Pero vivir, joder, ¡vivir!, a pesar de estar vivos o tan muertos como a veces estamos. Pedro Andreu

Afuera la noche confusa. Dentro de mí, una fiesta de estrellas.  Se me han olvidado los versos que duelen. Tal vez, se parezca a la muerte que tanto temía, tan lejos que estaba. Ahora es mediodía de un domingo de mayo y el sol me calienta. Así... morirme sí quiero. 
Estaba cansada de ser la tirita que siempre resbala  dejando la herida a la vista, sufriendo la nada que deja de rastro tu ausencia. ¡Qué bien se consume la encina dentro de mi pecho! Morirme de vida.  De ver cómo bailan estrellas fugaces  al ritmo de hoy entre mis caderas. Ya, luego, mañana...


Silencio, tus ojos.

Por si solo es un sueño que tengo,
delirio o granada pulsando
en el pecho dispuesta a estallar,
siembro este poema.

Como abono en los versos
pondré tu mirada, silencio que adornan
gaviotas, veleros, dos nubes dispersas
y calma, la calma que tiene
una playa desierta.

Palabras no... no me hacen falta.
Suspiros, si acaso.
Aliento de gozo en mi oreja.
Tatuaje de dientes.
Caricias llenas de manos.
Saliva subiendo mareas.
Silencio, tus ojos.









Que no duerma ni una estrella

La oscuridad se acerca al parnaso poniendo sus zarpas de tiniebla sobre las letras, prendas de ropa interior desvaída que forman vereda en anodinos versos, en prosas vacuas. Haces frío, aunque trates de engañarme señalando embestidas y revueltas ardorosas que no veo, poniendo ante mis ojos unos cuerpos que no llegan a tocarme.

¿Cómo quieres que te escuche? De copos de nieve se cubren mis flores. Traes invierno y desamparo a mis oídos cuando trato de entonar eso llamas pasión y que a mí se me atraganta como un caramelo agarrado al paladar. Haces frío.
No sé, llámame loca. O, mejor, no me llames. No me enseñes. No te muestres. No me digas que imagine con ventisca una hoguera, que ese amasijo de escenas viscosas deberían enseñarme la cima de algo. Podrías... qué sé yo... podrías empezar abandonando ese lenguaje almibarado que llena mi pelo de grumos pringosos y centrarte en mis lunares. Cuéntalos, uno a uno, usando la lengua, dejando un reguero de lava. Por ejemplo. O dale trabajo …

Esos días

Tienen esos días la apariencia de un domingo azul y verde, dulce cantar dibujado en la ventana. Olor a leña. Sabor a gloria. Cómo voy a pensar en errores... aunque sepa de un abismo  desde lejos y sin gafas, quiero creer que no voy a marearme  en todas las travesías, que conozco de memoria  el camino; dónde las trampas, dónde el escollo y, también, el atajo. 
Con el mar de olas revueltas, a tientas llega la tarde. Tengo un motín en las manos  con dedos que tiemblan,  de dedos de alambre. ¿Dónde encuentro unas letras  de berilo que consigan inventarse un poema que no abrase? Atrás quedó la sequía... Aún tengo una sed insaciable buscando saliva y más poesía que mi espalda arañe.

Si lo cantara Andrés

La próxima vez que te vea,
será el silencio en mis labios
quien hable por mí,
o puede que cante el azar,
la alondra del cuello de Andrés
tocando las cuerdas de una guitarra
en la orilla del aire.

Y no seré yo quien discuta al gallego
convencido de tu vuelta.
Mi voz sonará a suspiro.
Si lo cantara Andrés, estoy convencida,
picaría el viento y subiendo la marea
me haría a la mar.
Desnuda, completamente...
sin escafandra.
Solo un as de guía en la melena.

Sería la noche perfecta, todo cielo,
salitre en la punta de la lengua
y unos versos resbalando por mi pecho.

Te encontré

Te encontré
en la cáscara, fanal de una poeta,
en su nombre y su mirada
te hallé viva.
Era tarde de otoño, verso turbado,
timidez en el rostro, apatía.
Miles de flores naciendo
en sus manos
y tanto verano llenando sus ojos
como el horizonte sin nubes
pudiera abarcar.

Quemaba el frío de sus letras,
recuerdo,
soneto en ruinas, poema enfermo
y, al fondo, un candil.
No sin turbarme, seguí leyendo,
campo de intriga, misterio, enigma
revuelto por resolver.

Cuánta tristeza en la tristeza...
Quisiera servirle de foco, de pozo,
de fondo, de torno, de globo, de trono,
de bolso, de lomo, de sorbo,
alivio a su falta de inspiración.
¿Cuánto
vale un par de alas?
¿Cuánto
unos brazos capaces
de abarcar el mar?

A veces, me guiñan las letras

A veces, pasan semanas
sin ver una gota de lluvia
y siento que todas mis rimas
fracasan.
Se estira la hartura si cierro
los puños, si muerdo la lengua,
si clavo las uñas en los muslos
y paro la tromba que acampa
dentro de mis ojos.
Mira si me canso...

De tanto buscar el poema perfecto
que lo diga todo,
me pierdo los días, los bailes
bailando abedules ahí fuera.
Aplazo la vida y espero otros versos
capaces, potentes, lascivos, alegres,
de esos que sigan el ritmo
que lleve pegado a mis suelas.
No tengo remedio...

A veces, me guiñan las letras
y no es un engaño.
Me lanzan señales que siembran espigas
a ras de la piel de mis brazos
que tiemblan en un cosquilleo.
Entonces, escribo palabras
y sigo diciendo que no soy poeta.
Tan solo crepito en el folio
ansiando que alguien visite el infierno
conmigo.

Quiero contarte

Quiero contarte
que hoy no tocaba suspiro.
Recuerdo que ha sido una voz, un olor,
un acorde o, quizá, fue un verso;
levantó polvareda y, después,
tan solo recuerdo frotarme los ojos
y ver convertida en colina de arena
mi alcoba. Sublime escenario montado
en solo un momento.
Por poder... por poder, podía ser  cualquier ribera a orillas del mundo,  con sus olas, gaviotas en alto,  sombrillas ancladas, sombras caminando, lenguas de toalla, incluso, algún barco  cortando la calma.  Aunque,  yo digo que fue —por algo 
es mío el poema  y decido el sabor de sus versos—, una réplica perfecta del fragmento que he guardado  como hoja arrancada del ayer, subrayando lo que quiero que el olvido no arrastre mar adentro. 















Ya no quiero comprenderlo

En la butaca del tiempo he pasado incómodas horas  que combaban el ánimo de algunos días.  He visto, frente a frente, la mirada perdida  de la esperanza,  amaneceres fundidos en negro y la voluntad entregada a la palabra «luego», ya gastado mi mejor «después».
Me he cansado de aguantarme, sostener el libro abierto en la página que cuenta que revive la patada o el latido  camino de la sonrisa, esa tonta sensación con olor a primavera donde todo gris es claro y a la vuelta de la esquina se recobra lo perdido,  si es que algo contenía aquel fuego, más allá  de las pavesas que brincaban, cuando mucho era poco y quedaba todavía, en apariencia, mucho más para quemar. 
Ya no quiero comprenderlo. Entendiendo el origen de la lluvia no consigo poner freno al aguacero y, aunque llegue a los motivos que acabaron en sepelio, soy consciente: no por ello volveré a ver abriles en septiembre, ni de lejos.
Sonarán campanas menos jaraneras, los ocasos caerán como la tos en golpe seco sin que vuelva a r…

Si no te hubiera conocido

Para conocerte,
dejé abiertas las ventanas
y recé sin creer en nada,
cerré los ojos,
lloré.
Hice todo eso que llaman
VIVIR,
aun sabiendo que tu huella
dolería más que una llaga,
que serías cicatriz
latiendo siempre,
vendaval para el pulmón.

Si no te hubiera conocido,
el crepúsculo habría quedado en una palabra estéril
y las estrellas no serían
nada más que estrellas.
Van Gogh habría pintado
sin tocarme el alma,
y nunca habría cantado
Marwan, Manolo o Miguel
en mi oreja,
ni sabría de memoria
recitar a Neruda.
O eso creo.
Tampoco me habría fijado
en Salinas, Garfias o Cernuda
y tu tierra estaría en el mapa,
pero no en mi corazón,
al igual que las playas,
las plantas,
las casas blancas de cal.
Estoy segura, amor.

Si no te hubiera conocido,
ahora estaría viva
sin saber lo que es vivir.

Billete de vuelta (parte 3 de 3)

— Porque no supe hacerlo de otra forma. Todas me parecían dolorosas —respondió Violeta.
El tren se detuvo, pudo escucharse el trasiego de pasajeros que subían y bajaban del vagón más cercano, arrastrando maletas. Algunos de los recién llegados, aprovecharon ese momento para acercarse a la cafetería. Violeta y Samuel se vieron rodeados de padres con hijos que tenían hambre y lo proclamaban a voces, de estudiantes ojerosos que un café cargado y seguían estudiando, sorbo a sorbo, sus folios, de abuelos que solicitaban el periódico para desinformarse un poco. 
— Quiero salir de la cafetería —prosiguió—, me estoy empezando a agobiar con tanta gente.
Dejaron atrás el bullicio para volver a la calma de cogotes, codos, piernas, brazos, caras... cuerpos retorciéndose en sus plazas que más parecían jaulas de rejas invisibles que espacios cómodos para viajes largos. Cuando llegaron al asiento de Samuel, Violeta se sentó a su lado.

— Todavía no entiendo por qué huiste —murmuró él, pasándose una ma…

Con esto, no quiero que te confundas

¿Puedes seguir enamorada de alguien que has dejado de querer? Elvira Sastre
¿Ensueño todavía, o tan solo memoria? Ángel González



Que pasa el tiempo y la escarcha se posa sobre el cabello, los años surcan el rostro,  la energía escampa y tú sigues ahí.
Porque escribo apretando el lápiz contra la hoja, no borra la goma la huella por mucho que raspe.  ¿Qué quieres que haga?
Aprendí de memoria tu risa, percibí a distancia  el perfume que usabas, por no hablar del traje de seda que vestía desnuda tu piel. Con esto, no quiero  que te confundas. Digo que eres la herida del folio, la marca por siempre, la mancha que está. Que dueles si escarbo, inútil taparte, Neruda no deja de hablarme de ti.
Si cierro los ojos puedo dibujarte, aunque, cada día me lo invente más. Ya pinto unicornios  más verdes que azules y escucho canciones solo para mí. Me queda sacarte de la poesía  pero, no me importa que vivas ahí...  siempre que no vuelvas.

Este poema no sirve

Este poema no sirve, es inútil
como los descuentos caducados,
como los besos que quedaron en ganas
o las disculpas ahogadas en silencios.
Qué inservibles son sus versos
que no llegan, no logran, no alcanzan
a convencerme siquiera un poco.
Me cuentan que vuelves
y es mentira,
que te acuerdas, todavía,
que me acuerdo, yo también,
que la luna queda a la vuelta
de la esquina
y me faltan pocas piezas
para convertirme en puzle.
No hay acierto que haya escrito.
Este poema no sirve
y ayer me sentía culpable.
Hoy solo me quejo de oído
y dejo que siga ardiendo en letras igual que un rescoldo que intenta sobrevivir a las cenizas.

Escribir o perdonar(me).

Todavía no domino el arte de perder. Saber que voy dejando atrás un trozo de vida, cada día, que otro amanecer supone un capítulo más de la historia que no deja de avanzar hasta un final inevitable. Solo de pensarlo, me aprieta la hora en la muñeca y, en general, todo lo que me robe el tiempo y me corte las alas. 
Me duele el cuerpo porque no he tomado mi sorbo de nostalgia, lo siento, pero hoy no tengo tiempo para un café triste. El verano me ha llamado la atención cuando mis ojos estaban ahogándose en la taza, mareados en los giros de cuchara que delatan mi manía de ir contracorriente, es decir, en sentido contrario a las agujas del reloj. Lanzó rayos de sol al cristal de la ventana y, enseguida, fui hacia ella y me asomé. Allí estaba el estío, sonriéndome con la boca de un niño pequeño que comía el trozo de sandía que su abuela acababa de ofrecerle. Aquella sonrisa carmesí me hizo sonreír, igual que el bostezo llama al bostezo y la lágrima a la lágrima. Qué bien nos entendemos con…

¿Qué te han hecho, Doñana?

¿Qué te han hecho, Doñana? ¿Quién la paz te ha quitado?
Paraíso en cenizas, paraíso arruinado.
¿Tanto vale el dinero? Más que un lince asustado.
Tengo el ceño fruncido. Otro incendio provocado.

Llora Cuesta Maneli, yo también he llorado
cuando he visto esas llamas y el terreno afectado,
playas muertas de miedo y un camping arrasado.
Flora y flauna perdidas, tesoro violentado.

Abundante humo espeso, nuestro pulmón ajado.
Moguer ya no respira con el aire viciado.
Un pueblo en alerta con vecinos evacuados,
carreteras cortadas, bomberos agotados.

Pirómano sin pena, la hoguera has avivado,
no creas que perdona mi corazón helado,
espero tu condena por todo lo quemado
que vivas entre rejas todo el daño causado.

Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Su mirada es un valle

Su nombre el de una calle,
se encuentra en casi todas las ciudades.
Su mirada es un valle
partido en dos mitades.
De verde claro visten sus bondades.

Su acento es el palmero
de aire fresco que a la voz acompaña,
un susurro primero,
y después, ya te araña
ese balanceo de sus pestañas.

Vas a saber que es ella
por la huella de mordida en mis poemas.
Su recuerdo hizo mella,
y rompió mis esquemas
para dejarme sola con dilemas.

Esta lira postrera
echa el cierre a posibles disyuntivas.
Relaja un poco, fiera,
que continuamos vivas.
Mis letras ya no quieren ser nocivas.

Al principio de todo

Al principio de todo, yo quería
un soneto liviano que no hablara
de ti, tampoco de mí, que intentara
limar asperezas con maestría.

Una rima gentil, aceptaría
el final o la tregua que llegara
por fin, a secar la triste alfaguara
de quejas que entonces, ya sobraría.

¿Y qué conseguí? Que surjas de nuevo,
que otra vez aparezcas en mis versos,
aunque ya no te extrañe, no como antes.

Último terceto, es lo que me llevo,
te he buscado en todos los universos,
te podré hallar en las noches brillantes.

A veces, pienso.

A veces, pienso. Pero solo, a veces.
Otras veces, cuando no lo hago, escribo.
Mejor de madrugada, sin más jueces
que todos los testigos del derribo.

Aquellos que sí saben lo que escueces
me han dicho que no dé si no recibo.
Lo que puse en papel te lo mereces,
lo que decía de ti hoy lo suscribo.

Aunque, a decir verdad, no todo es cierto.
Si exageré, la culpa es de Cupido
que sus flechas gastó sin mucho acierto.

Aquí el final: ni soneto ni olvido.
Claudicaré si algún día despierto,
pues perdonar ya no tiene sentido.

Si quieres que te olvide

A la soledad me vine por ver si encontraba el río del olvido.
Rafael Alberti

Si quieres que te olvide
tendrás que poner empeño
volcando todas tus fuerzas,
sacando leña del fuego
para que no me acuerde
de cómo crepita un cuerpo
cuando tiene la suerte
de que lo toquen tus dedos.

Por aquel entonces,
verde era el cielo.

Si quieres que te olvide
tendrás que borrar mis versos
deshilachando las letras,
agonizando los verbos.
Huérfanas las imágenes,
huérfanos los recuerdos.
Y puede que así consigas
que mis poemas ignoren la esencia
de la memoria,
que no describa lugares,
que cierre un poco la boca,
que deje de dar detalles
de cuando era verde el cielo.

Si quieres que te olvide...
en realidad, no quiero.