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Mañana será siempre (II)

[2016, Nuria Sobrino y Soraya Benítez]
     
          Triana sobrepasaba con holgura los veinte grados al comienzo de la noche, aunque el calor no derretía el termómetro como en semanas anteriores. A esas horas, bares y terrazas empezaron a llenarse de gargantas secas y manos empuñando cañas de cerveza muy fría o alguna bebida espirituosa. Nerea y Patricia fueron a un bar de la calle San Jacinto. Les acompañaba Bicho, un pequeño bulldog francés que los padres de Patricia le habían regalado para el vigésimo quinto cumpleaños, recién nacido, color canela, todo orejas. De aquello hacía ya tres años.
¡Bicho, retírate un poco, hijo, que pegas calor! ―exclamó Patricia, retirando sus sandalias del lomo del perro.
Me recuerda a Iris, qué bonachón el tío ahí tumbado debajo de la mesa. Debe tener un calor… yo me estoy asando ―dijo Nerea, abanicándose con la carta de tapas plastificada.
Esto no es nada. Lo que pasa es que vas con esa melena de rizos suelta y… ¿qué esperas? Esta mañana sí que hacía calor. ¡Oye! ―repicó los dedos sobre la mesa y puso cara de haber recordado algo―. Hablando de esta mañana, todavía no me has contado nada.
Si es que no te he visto hasta ahora y yo…
― …necesitas tu tiempo, sí, ya lo sé.
¡Eso! Tú ríete pero es verdad, a mí me gusta analizar con calma, digerir las cosas y ya luego, contarlas a mi manera.
¿Y bien? ¿Te gusta el trabajo o no? Bueno, cómo no te va a gustar, si tú lo que querías era seguir trabajando en el diseño y, encima, qué me dices, si más cerquita de los libros es imposible, ¿eh? Ya sabía yo que…
¡¿Maitia, si lo sabías todo para qué me preguntas?! ―interrumpió Nerea, riendo sin dejar de abanicarse―. Aunque no te equivocas, me he llevado muy buena impresión.
¿Y cómo es la editorial? Paco me habla de ella cuando pasa por la librería, a veces, llega desbordado, ¿sabes? ―Patricia se inclinó sobre la mesa apoyando los codos encima, acercándose así a su amiga igual que si fuera a contarle un secreto―. Sacar adelante esa editorial tan pequeña debe ser un poco agobiante, ¿no? Es lo que yo pienso cuando lo veo aparecer con los cables cruzados. Menos mal que tiene buen humor ―volvió a reposar la espalda sobre el respaldo de aluminio.
Estoy de acuerdo contigo en lo del buen humor. Además, es un currante, no va de jefecillo. Cuando llegué me estaba esperando en el vestíbulo, al lado de la máquina de café, y lo primero que hizo al verme fue preguntarme cuál me apetecía. ¡Ahí ya me ganó! Después, me llevó a la que sería mi mesa y me contó los inicios de Trianaversa, me habló de su amor por la poesía, de cómo le ha afectado la crisis… También, charlamos sobre las modificaciones que ha tenido la línea editorial. Ahí podíamos habernos pasado el día. Luego, me presentó a Alicia, que realiza, sobre todo, funciones administrativas, y a Antonio, todo un personaje encargado del departamento editorial, que está muy vinculado al mío, que es el de producción y… ―Patricia llevaba un rato con la mente ausente, observando la gente que transitaba por San Jacinto― luego nos fuimos los cuatro juntos a pasear por la ciudad. Sí, como te lo estoy contando, recorrimos lo menos diez bares. Terminamos borrachos. Sí, sí… incluso nos bañamos desnudos en el río ―nada de lo que Nerea dijera apartaba a Patricia de su distracción―. ¿Patricia, me estás escuchando?
¡Sí! ―mintió sobresaltada―. Bueno, no, no te estaba escuchando.
¿Qué te pasa?
Es que… estaba pensando en mi mañana. Rafa estuvo en la librería.
¿Cómo? ―preguntó arqueando las cejas en un gesto de sorpresa―. ¿Hablas en serio?
No te exaltes, no pasó nada. Le pedí que se fuera y nos vimos cuando salí de trabajar.
¿Qué quería?
Nada, hablar conmigo. Al parecer, está ayudando en el restaurante de su padre, porque hace unas semanas la policía registró algunos pisos y se asustó mucho, no quiere ir a la cárcel, quiere dejarlo…
Sí, claro… pues ya me dirás cómo va a mantener la Harley, el BMW y el ático con un sueldo de camarero ―movía la cabeza hacia los lados como si le hubiera caído algo en el cabello y pretendiera quitárselo―. ¡Qué va, hombre! La cocaína da para mucho más.
No debe ser fácil salir de ahí.
¿Todavía sigues justificándolo? ―abrió los brazos con la palma de las manos hacia arriba―. No te entiendo, Patricia.
Oye, yo solo digo que no debe ser fácil, esos tíos son peligrosos, prácticamente, te obligan a quedarte para que no los delates.
Y Rafa es un santo.
Yo no he dicho eso.
En fin… ¿Te apetece otra caña?
No.
           Nerea giró con desagrado la cabeza hacia un lado, enfocando la entrada del bar. Prefería dejar la conversación en ese punto. Le molestaba que su amiga siguiera excusando a su ex novio pese a los enredos, las mentiras y los dolores de cabeza que le había provocado desde que comenzaron a salir juntos, incluso, después de romper la relación. Puede que ella no conociera a Rafa en persona pero tampoco le hacía falta. Le había bastado con ver envuelta en lágrimas a Patricia a través de la webcam en las repetidas ocasiones en las que discutía con él y luego se desahogaba con ella. A tantos kilómetros de distancia, se había sentido estúpida consolándola por Skype, por teléfono o por medio de correos electrónicos; pero no había forma más inmediata y estaban acostumbradas a comunicarse así. Se habían conocido siete años atrás en un foro sobre poesía y, desde el principio, habían congeniado bastante. Ahora era diferente, vivían en la misma ciudad y no quería volver a verla sufrir con ese cantamañanas. En ese pensamiento estaba cuando salió la camarera con la bandeja repleta de bebidas. La siguió con los ojos en su recorrido por las mesas y aprovechó un cruce de miradas para pedirle la cuenta.
Decidieron dar un rodeo de vuelta a casa para cumplir con las necesidades de Bicho. La noche se respiraba agradable. Atravesaron San Jacinto y desde el Altozano accedieron a la calle Betis, todavía repleta de gente. Desde allí recorrerían la ribera del río sin prisa, disfrutando de la escasa brisa procedente del Guadalquivir que acariciaba sus cuerpos como quien susurra en voz baja palabras bonitas al oído.
Menos mal que empieza a refrescar ―comentó Nerea mirando al cielo y levantando los brazos en forma de cruz como queriendo abrazar aquel instante. Luego, volvió los ojos al otro lado del río, imaginando que ahí estaba su tierra y su gente, en lugar de Sevilla.
Sí, la noche se porta mejor. Por eso, cuando el sol se esconde salimos todos a la calle como luciérnagas, no queda otra opción. ¡Vamos Bicho! ―el perro se detuvo a olisquear en el alcorque de un árbol del camino, dando vueltas alrededor.
           Nerea siguió caminando sin dejar de prestar atención a la iluminación del otro lado del puente. Una ciudad llena de luces que brillaban bajo un cielo raso, cubierto de estrellas. El mismo cielo y las mismas estrellas que servirían de techo a Zarauz. Sin embargo, mediaba demasiada distancia entre ese lugar en el que se encontraba y su casa, demasiado lejos de sus seres queridos y también de Lara. No solía admitirlo, nunca aceptaba sus emociones débiles, como ella las llamaba, pero tenía miedo de haberse equivocado, tenía miedo de no ser capaz de vivir sin la protección de los suyos, de lo conocido.
¿No está sonando tu móvil? ―le preguntó Patricia, que andaba un paso por detrás de ella.
Sí, es el mío ―respondió sacándolo del bolsillo trasero de su pantalón y se le iluminó la cara al comprobar que era su padre quien la llamaba―. ¡Kaixo aita! ―ni pudo ni quiso disimular su emoción porque no tuvieron ocasión de despedirse en persona―. Sí, estoy bien no te preocupes, de verdad ―notó en la voz de Niall, su padre, una emoción similar a la suya, emoción a la que no estaba acostumbrada.
           Niall regentaba un irish pub en San Sebastián, ciudad en la que vivía desde que a los dieciocho años se marchó de Irlanda. Allí empezó a trabajar como instructor de surf, allí conoció a Aitziber, allí se casaron y allí nació su hija y vivió los primeros años de vida. Nerea adoraba a su padre, sobre todo, cuando era una adolescente. Todas sus amigas envidiaban al padre que se comportaba más como un amigo simpático, atractivo, siempre unido a su tabla de surf, con el pelo enmarañado igual que el mar picado en un día de tormenta y las pecas de Nerea. Aunque, posteriormente, habría preferido que fuera más parecido a un padre. Sin embargo, a raíz del divorcio, él se quedó a vivir en la casa de San Sebastián, Nerea y su madre se fueron a vivir a Zarauz y la relación de Niall con su hija se enfrío, como la relación con un amigo cuando hay distancia y poco contacto de por medio. Además, Nerea siempre culpó a su padre del alejamiento de Lara. Fue él quien le enseñó a surfear durante los veranos en Zarauz, fue él quien la introdujo en aquel mundo y quien se percató de sus habilidades con la tabla. A su hija nunca le había gustado tanto, ni tenía la capacidad de Lara. Ahora, pasados los años, Nerea notaba que volvían a hablar como padre e hija.
Bueno, si tú dices que estás bien me quedo más tranquilo ―dijo Niall al otro lado del teléfono― aunque no te tenga delante para ver si escondes tus ojos tras la melena de rizos
mientras miras de reojo al suelo, como hacías siempre de pequeña cuando mentías.
¡Aita! ―pronunció a modo de queja al darse cuenta que acababa de realizar ese gesto.
Esa protesta me dice que lo acabas de hacer ―no pudo evitar reírse al descubrir a su hija en una mentira como cuando era niña―. Escucha Nerea ―tras las risas, su voz de acento ya más vasco que irlandés adoptó un tono suave y cálido que su hija hacía mucho que no oía en él―, sé que vas a estar bien, y sé que eres capaz de hacer todo lo que te propongas. Y siento no haberte dicho esto antes, siento que hayas tenido que irte lejos para darme cuenta que nunca te lo había dicho...y de lo mucho que te quiero ―aquí su voz se entrecortó, Nerea frenó en seco su paso y un escalofrío recorrió su cuerpo.
Aita, ¿estás bien? ―según salían esas palabras de su boca se percató de que no eran las más acertadas, pero no acertó a decir otras.
Sí, sí tranquila, no te quería preocupar, será la edad, que estoy viejo.
Ya quisieran todos los viejos parecerse a ti ―los dos se rieron a la vez,relajando la conversación.
Escucha, en cuanto pase septiembre y termine la temporada alta ―hasta que no terminara el Festival de Cine de San Sebastián, el trabajo en el pub era continuo― me cojo unos días y te voy a hacer una visita, si te parece bien.
Pero aita, mira que aquí no hay olas.
Bueno, creo que podré vivir unos días sin las olas, ellas, a fin de cuentas, van a estar más cerca que tú el resto del año; peeeero ―alargó la palabra y exageró su pronunciación con la intención de quitar peso a la frase que acababa de decir― Cádiz está muy cerca, y siempre he querido probar mi tabla en sus aguas, no me vendrá mal que mi hija viva en Sevilla.

        La conversación se alargó poco más. Patricia y Bicho se habían adelantado en el camino y Nerea, tras colgar, decidió sentarse sola en el banco de piedra que bordea el río. Se quedó callada. Analizó la conversación que acababa de tener con su padre. Lo había notado raro. Una sensación extraña se instauró en su estómago.

[Continuará] Ahora en Mañana será siempre

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