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El odio que te debo

Creo que empiezo a entender la ira que te carga los hombros. Ese desprecio a lo vivido con ilusión, esa reiteración de los errores que cometí y, más aún, de los que no cometí, pero me atribuiste porque hacía falta su peso en tu discurso, o porque tienes una imaginación que toca la cumbre del exceso y te gusta más un cuento que... pero bueno, la verdad es que tu inquina es comprensible y, si me apuras, hasta gratificante, como las agujetas después de un día de rutina en el gimnasio.

Te indignas, te indignas mucho porque querrías comprender lo inexplicable. Si te sirve de consuelo, para mí también es un misterio la algarabía surgida, los dimes y diretes. Me gustaría ofrecerte las excusas pertinentes. Justificaciones y motivos que argumentaran por qué hice lo que no hice o dije lo que no dije. Perdona que sea de imaginación tan limitada. Disculpa que no tenga la delicadeza de alimentar la tolvanera que quieres que levante de esta nada que es el todo que utilizas en mi contra.

De todos modos, te digo que comprendo esa pataleta travestida de rencor que llevas a juego con el discurso que se articula más allá de tus labios. Ese resentimiento perdurable por encima de la lógica, de la bandera blanca, de la calma, del ya está bien, del ya era hora de enterrar el hacha, para dos días de vida que tenemos... Sí, lo entiendo. Supongo que pretendes evitar que se joda el muro que tanto esfuerzo y tiempo te ha costado levantar, no vaya a ser que atraiga a la concordia y se desaparezca la frontera que separa la fragilidad de sentimientos de la entereza simulada. Esa es tu excusa para un no olvido de barbilla alta y semblante duro, de mandíbula tensa que va de digna por la vida.

¿Para qué cambiar? Ni que la memoria resentida pudiera disculpar, transgredir las lindes del rencor a su antojo. ¿Verdad? ¡Ay! Ironía a un lado... ¿Qué habré hecho yo con el odio que te debo? Con él podría dar brillo a mi ego y suplir la decadencia hasta el olvido, ser poema despechado, hiel, horchata, sino. Encontrar refresco a esta sequedad de silencio. Lamerme las heridas a destiempo.

No puedo, no lo siento, no lo finjo.

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