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No recuerdo un octubre tan invierno como este

Me mata el frío.
Corre mi valentía —también llamada
imprudencia— hacia la ventana.
La abre de par en par, se asoma y mira:
todo es hielo, quema, duele.
No comprendo lo que no quiero
entender.

¿Por qué no seré gazania abrazada
a sí misma en la noche,
a la espera de luz siempre nueva
cuando amanece otro día? 

No recuerdo un octubre tan invierno
como este y, sin embargo,
arden brasas en mi pecho, todavía,
porque es cierto que no llego a acostumbrarme
a lo gélido de ahora, pero llevo la memoria
apretada entre los muslos
y recuerdo, claramente, lo que nunca
ha ocurrido, pero siempre he deseado.

Lo que hacer para que no duelas

A veces,
el apego tiene eslabones que solo se rompen
con la cizalla del tiempo.
Y antes,
y mientras,
cada uno arrastra su cadena
soporta el ruido
y sufre consejos de los demás
duchos en solucionar
los problemas que no son suyos.

¿De qué te sirven unas palabras que no devuelven,
que no te curan lo que aún escuece,
que no arreglan nuestro desastre
y solo hablan de enderezarte, cambiar el rumbo,
pasar de página, besar a otro, irse de viaje,
y olvidarte,
                  olvidarte,

                                 olvidarte?

¡Que no quiero olvidar!
―decía yo―.

Me conformo con saber
de qué lado acuesto al corazón
para que, al dormir,
no duela.

Hasta ahora,
nadie supo darme respuesta.

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