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No tengo el poema que nos salve

Cuando no te queden flores que arrancar
de las muñecas hendidas, ven a mí.
No tengo el poema que nos salve
de derrumbes cotidianos,
pero los versos rebosan
si el ingenio se despierta.
Soñar es gratis
y a mí se me va la pinza
de una manera...

¡Qué decía? Ah, sí:
de amaneceres perdidos están
las tumbas repletas.
Hoy la aurora eres tú.
Yo pongo el café
con dos dedos de un presente
recién hecho, mañanas colados.
Cómo odio la nata que se forma
sobre las ilusiones...

Cuando no te queden flores que arrancar,
ni quimeras, ni ganas de querer
apagar los miedos que sirven de carroña
para cangrejos, cuervos
y otros animales, ven a mí
o corre hacia ti. La misma lumbre
nos aviva.

Lo que hacer para que no duelas

A veces,
el apego tiene eslabones que solo se rompen
con la cizalla del tiempo.
Y antes,
y mientras,
cada uno arrastra su cadena
soporta el ruido
y sufre consejos de los demás
duchos en solucionar
los problemas que no son suyos.

¿De qué te sirven unas palabras que no devuelven,
que no te curan lo que aún escuece,
que no arreglan nuestro desastre
y solo hablan de enderezarte, cambiar el rumbo,
pasar de página, besar a otro, irse de viaje,
y olvidarte,
                  olvidarte,

                                 olvidarte?

¡Que no quiero olvidar!
―decía yo―.

Me conformo con saber
de qué lado acuesto al corazón
para que, al dormir,
no duela.

Hasta ahora,
nadie supo darme respuesta.

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