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Hablando a dos voces

Despierta una mañana de cualquier día, otro más,
anudadas las palabras al cuello,
tragadas a golpe de reproche
que el orgullo no escupe a la cara
ni a los pies de nadie.

¿Quién es nadie?

Nadie puede ser un monstruo, o muchos.
O, también, puede ser alguien,
ese que te sonríe por la calle, sin motivo
sólo por cortesía y valentía.
Yo, prefiero ser alguien.

Así llegó, con un sombrero de nubes grises
y la palabra mojada sobre los labios.
¿Estás bien? ―pregunto sorprendida―.
¿Tú que crees? ―responde en un golpe de brisa―.
Creo que es hora de saltar de estrofa,
o mejor, pasar a otra canción
que esta ya está muy oída.
Podrías firmar un trato con la vocecita:
regarla con vino y poesías de Elvira,
ahogarla en salitre hasta que se hunda,
escribirle de noche y a oscuras 
sobre melancolía.
Asfixiarla, atragantarla,
colmarla de rosas rojas con sus espinas.
O también, podrías dejar que se vacíe
en sus propias mentiras,
hasta que se quede dormida
sobre un lecho de lástima, perdida.

Ya eres alguien ―le digo, me mira, sonríe―.
Si el mar no lo ve, no le escribas,
no merece que hable de él la poesía.
Miraré por la ventana, saludando al sol de frente,
peinaré las canas,
vestiré ese color que tanto le divierte
y me desayunaré las ganas
con los versos que me queden
―me dijo mientras pasaba página―.

[Colaboración con Nuria Sobrino - Esa necesidad del alma].

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