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El día amaneció en la cafetería

El día amaneció en la cafetería
de nuestros sueños,
la del río, la del cuaderno y el bolígrafo.
Por fuera, todo brillaba sacando lustre a la primavera.
Por dentro, un viejo y conocido invierno mordía la conciencia,
furioso,
como un niño que patalea.

¿Qué te ocurre? ―le pregunto―.

Se te va a enfriar el café
de tanto esperar.
Deja de asomar los labios al borde de la taza
y bébetelo de una vez.
Esperar ―piensa―, su palabra preferida.
Junta los quizá y los puntos suspensivos
que nunca cierran las historias.
Y al final, tan solo queda un trago
caliente y amargo.

Quema ―me dice―.
La miro con ojos entornados.
Me apetece cogerla por los hombros
para sacudir la escarcha que pesa en sus rizos.
Que no todo el calor es malo.
¿Por qué no arder un poco?
Alguna vez oyó hablar de un lugar
en el que regalaban paseos por el infierno
quizá ―una vez más―
se pierda por ahí un rato.
Quizá ―de nuevo―
se quede a vivir ―un poco de tiempo―.

Dice que le han dicho tantas veces que no es buena en nada
que está cansada de soñar.
Dice que el daño es gratuito en ese mundo
y, sin embargo,
en este te hacen pagar por él.
Yo le digo que sople y calle,
que beba y trague,
que abra el cuaderno y deje que las heridas
se duerman en nuestro poema.

El cuaderno siempre le acompaña
abierto
lo saca de paseo, lo airea,
lo descubre y lo cierra,
lo vacía, lo llena,
igual que hace con ella.
Esa es una constante que nunca descuida.
Mirar de frente no es apartar la vista

―del resto de la vida―,
es seguir mirando aunque la sal
pique en los ojos.

[Colaboración con Nuria Sobrino "Esa necesidad del alma"].

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
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cada vez que llega agosto.
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Qué hago con...

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de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
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que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.