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Mostrando entradas de mayo, 2016

Lo que hacer para que no duelas

A veces,
el apego tiene eslabones que solo se rompen
con la cizalla del tiempo.
Y antes,
y mientras,
cada uno arrastra su cadena
soporta el ruido
y sufre consejos de los demás
duchos en solucionar
los problemas que no son suyos.

¿De qué te sirven unas palabras que no devuelven,
que no te curan lo que aún escuece,
que no arreglan nuestro desastre
y solo hablan de enderezarte, cambiar el rumbo,
pasar de página, besar a otro, irse de viaje,
y olvidarte,
                  olvidarte,
                                 olvidarte?

¡Que no quiero olvidar!
―decía yo―.

Me conformo con saber
de qué lado acuesto al corazón
para que, al dormir,
no duela.

Hasta ahora,
nadie supo darme respuesta.

Hablando a dos voces

Despierta una mañana de cualquier día, otro más,
anudadas las palabras al cuello,
tragadas a golpe de reproche
que el orgullo no escupe a la cara
ni a los pies de nadie.

¿Quién es nadie?
Nadie puede ser un monstruo, o muchos.
O, también, puede ser alguien,
ese que te sonríe por la calle, sin motivo
sólo por cortesía y valentía.
Yo, prefiero ser alguien.

Así llegó, con un sombrero de nubes grises
y la palabra mojada sobre los labios.
¿Estás bien? ―pregunto sorprendida―. ¿Tú que crees? ―responde en un golpe de brisa―. Creo que es hora de saltar de estrofa,
o mejor, pasar a otra canción
que esta ya está muy oída.
Podrías firmar un trato con la vocecita:
regarla con vino y poesías de Elvira,
ahogarla en salitre hasta que se hunda,
escribirle de noche y a oscuras  sobre melancolía.
Asfixiarla, atragantarla,
colmarla de rosas rojas con sus espinas.
O también, podrías dejar que se vacíe
en sus propias mentiras,
hasta que se quede dormida
sobre un lecho de lástima, perdida.

Ya eres alguien ―le digo, me mira, sonríe―. Si e…

El día amaneció en la cafetería

El día amaneció en la cafetería
de nuestros sueños,
la del río, la del cuaderno y el bolígrafo.
Por fuera, todo brillaba sacando lustre a la primavera.
Por dentro, un viejo y conocido invierno mordía la conciencia,
furioso,
como un niño que patalea.

¿Qué te ocurre? ―le pregunto―.
Se te va a enfriar el café
de tanto esperar.
Deja de asomar los labios al borde de la taza
y bébetelo de una vez.
Esperar ―piensa―, su palabra preferida. Junta los quizá y los puntos suspensivos
que nunca cierran las historias.
Y al final, tan solo queda un trago
caliente y amargo.

Quema ―me dice―. La miro con ojos entornados.
Me apetece cogerla por los hombros
para sacudir la escarcha que pesa en sus rizos.
Que no todo el calor es malo.
¿Por qué no arder un poco?
Alguna vez oyó hablar de un lugar
en el que regalaban paseos por el infierno
quizá ―una vez más― se pierda por ahí un rato.
Quizá ―de nuevo― se quede a vivir ―un poco de tiempo―.
Dice que le han dicho tantas veces que no es buena en nada
que está cansada de soñar.
Dice que el d…