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Mostrando entradas de 2016

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.

Ahora que duerme tu voz

La calle es un lienzo húmedo

que camino de puntillas

ahora que duerme tu voz

en algún rincón perdida,

donde el ruido de mis pasos

no la alcanza.


Te he escuchado

en el acento desmigado

de otras bocas.


Me has mirado sin cesar

con los ojos de las hojas

de algún sauce llorón

que se sonroja

al cruzarme con él.

Yo sonrío.


Llueve mucho,

no es de día.


Sopla

el viento arrugando

                                 el agua

                        del cauce

                                       del río.

Mañana será siempre (III)

[2016, Nuria Sobrino y Soraya Benítez]
El piso olía a pan tostado y a café recién hecho. Juan Pe esperaba ya sentado a la mesa de la cocina, mientras Patricia, su hermana, le daba la espalda, colocando en una bandeja de plástico tres tazas de café con leche, tres vasos de zumo de naranja exprimida y un plato llano, enorme, repleto de rebanadas de pan. ¡Nerea, el desayuno!, gritó llamando a su amiga, que abría y cerraba un cajón, una puerta, destapaba un bote, lo cerraba, corría las perchas en la barra del armario, sacaba una de ellas, volvía a colocarla en la barra y, por fin, salía de la habitación en la que dormía, con varios cuadernos bajo el brazo, el teléfono sujeto entre el hombro y la mejilla, y una expresión satisfecha en sus labios. Los dos hermanos la miraron extrañados y ella sonrió sin menguar el entusiasmo. Cogió el vaso de zumo, lo bebió de golpe. Después, pinzó con sus dedos una rebanada y volcó el aceite de oliva sobre ella, dibujando ondas finas y doradas.
― ¿Dónde v…

Mañana será siempre (II)

[2016, Nuria Sobrino y Soraya Benítez]
          Triana sobrepasaba con holgura los veinte grados al comienzo de la noche, aunque el calor no derretía el termómetro como en semanas anteriores. A esas horas, bares y terrazas empezaron a llenarse de gargantas secas y manos empuñando cañas de cerveza muy fría o alguna bebida espirituosa. Nerea y Patricia fueron a un bar de la calle San Jacinto. Les acompañaba Bicho, un pequeño bulldog francés que los padres de Patricia le habían regalado para el vigésimo quinto cumpleaños, recién nacido, color canela, todo orejas. De aquello hacía ya tres años. ― ¡Bicho, retírate un poco, hijo, que pegas calor! ―exclamó Patricia, retirando sus sandalias del lomo del perro. ― Me recuerda a Iris, qué bonachón el tío ahí tumbado debajo de la mesa. Debe tener un calor… yo me estoy asando ―dijo Nerea, abanicándose con la carta de tapas plastificada. ― Esto no es nada. Lo que pasa es que vas con esa melena de rizos suelta y… ¿qué esperas? Esta mañana sí que hacía…

El odio que te debo

Creo que empiezo a entender la ira que te carga los hombros. Ese desprecio a lo vivido con ilusión, esa reiteración de los errores que cometí y, más aún, de los que no cometí, pero me atribuiste porque hacía falta su peso en tu discurso, o porque tienes una imaginación que toca la cumbre del exceso y te gusta más un cuento que... pero bueno, la verdad es que tu inquina es comprensible y, si me apuras, hasta gratificante, como las agujetas después de un día de rutina en el gimnasio.

Te indignas, te indignas mucho porque querrías comprender lo inexplicable. Si te sirve de consuelo, para mí también es un misterio la algarabía surgida, los dimes y diretes. Me gustaría ofrecerte las excusas pertinentes. Justificaciones y motivos que argumentaran por qué hice lo que no hice o dije lo que no dije. Perdona que sea de imaginación tan limitada. Disculpa que no tenga la delicadeza de alimentar la tolvanera que quieres que levante de esta nada que es el todo que utilizas en mi contra.

De todos mo…

Mañana será siempre

[2016, Nuria Sobrino y Soraya Benítez]

«I don't want to earn my living. I want to live». Esa frase de Oscar Wilde resonaba en la cabeza de Nerea mientras observaba desde la tribuna la fila de personas que se había formado en el Fnac de Sevilla, el nueve de septiembre. ¿Cómo había cambiado tanto su vida? Miró a la derecha y encontró la respuesta en los sesenta kilogramos de nervios e ilusión sentados a su lado, portadores de una sonrisa muy particular, esa de la que una vez creyó estar enamorada.
― ¡Es increíble! ¿Te has fijado? La sala está llena ―exclamó exaltada Patricia, la dueña de los sesenta kilogramos, de los nervios, la ilusión y la sonrisa.  ― Sí, hasta arriba ―confirmó Nerea con los ojos muy abiertos―. Quién nos lo iba a decir... ¡Nuestra primera firma!            Justo un año antes, más o menos a la misma hora, Nerea había quedado para el hamaiketako con sus amigas en la cafetería de una de ellas. Estrenaba el traje de casera que su madre, Aitziber, le había confeccionado p…

No estoy loca

Llevo dos horas aquí sentada en el sofá, tomándome el café que, normalmente, apuro en dos minutos. Queda el poso, una suerte. Todavía podré aferrarme a la taza un rato más mientras te observo, hablándome de nada en particular, captando mi atención de todos modos. No pienses que estoy loca, ya sé que no estás aquí realmente. Lo que no entiendo es por qué no he ido entonces a buscarte, en lugar de conformarme a diario con un café frío y la evocación desgastada de una imagen que es ausencia todo el tiempo; por muy capaz que sea de imaginarte sonriendo, disfrutando de una infusión humeante, acariciándome el oído con tu voz, señalándome la luna recién aparecida en el cielo, mirándome con esos ojos encantadores de serpientes y de locas como yo, bueno, como yo no, es un decir, no pienses que estoy loca. Tal vez, idiota, pero loca no. Si estuviera loca, no contemplaría el poso del café agarrándome a todas las esquinas de tu recuerdo. Si estuviera loca me levantaría ahora mismo del sofá…

Reconozco

Reconozco que me cuesta retomar
aquellas letras
que convierten en invierno
mi poema.
Permitir que la nostalgia
truene y llueva,
más ahora,
que está a punto de llegar
la primavera.

Y ha crecido tanto la marea...
como veces he esperado
la llegada de tu barco
a mi caleta.
No pretendo que lo entiendas,
no lo entiendo yo
tampoco.
Corre el tiempo y la tinta
sobre el folio.
Baja el sol para esconderse
de mis ojos.

Vas a ver (cuando vuelvas)
el unicornio que he pintado
con el borde de una estrella
que ha bajado de la noche
hasta la arena
cuando me ha oído llorar.

Seguirán su baile
mar adentro
(por si vuelves)
las olas seguirán.
Un tango de idas y venidas,
una balada cínica,
tal vez, bailen un vals.

Seguiré siendo la sombra
que hay sentada
junto a la única palmera
de la playa
deseando que amanezca
una vez más.

Atardece en Sevilla

Por fin se respira. La luna prepara la noche,
enciende bombillas
y estrellas.
¿Cuál será la mía?

La calle se anima.
Se besan copas y botellas,
hay risas volcadas
sobre la mesa.
Ventanas abiertas,
montones de piernas
caminan.
Oigo la alegría.

Por fin se respira.
No apresuro el paso,
reparo en las caras
todas con enigmas.
Desde que cambié
la pe por la be,
me lleva la brisa.

Sigo caminando,
se llenan terrazas
en toda la plaza.
A ver quién se anima
a cruzar el puente
a mi lado.
La noche avanza
tranquila.

Por fin se respira.

Lo que hacer para que no duelas

A veces,
el apego tiene eslabones que solo se rompen
con la cizalla del tiempo.
Y antes,
y mientras,
cada uno arrastra su cadena
soporta el ruido
y sufre consejos de los demás
duchos en solucionar
los problemas que no son suyos.

¿De qué te sirven unas palabras que no devuelven,
que no te curan lo que aún escuece,
que no arreglan nuestro desastre
y solo hablan de enderezarte, cambiar el rumbo,
pasar de página, besar a otro, irse de viaje,
y olvidarte,
                  olvidarte,
                                 olvidarte?

¡Que no quiero olvidar!
―decía yo―.

Me conformo con saber
de qué lado acuesto al corazón
para que, al dormir,
no duela.

Hasta ahora,
nadie supo darme respuesta.

Hablando a dos voces

Despierta una mañana de cualquier día, otro más,
anudadas las palabras al cuello,
tragadas a golpe de reproche
que el orgullo no escupe a la cara
ni a los pies de nadie.

¿Quién es nadie?
Nadie puede ser un monstruo, o muchos.
O, también, puede ser alguien,
ese que te sonríe por la calle, sin motivo
sólo por cortesía y valentía.
Yo, prefiero ser alguien.

Así llegó, con un sombrero de nubes grises
y la palabra mojada sobre los labios.
¿Estás bien? ―pregunto sorprendida―. ¿Tú que crees? ―responde en un golpe de brisa―. Creo que es hora de saltar de estrofa,
o mejor, pasar a otra canción
que esta ya está muy oída.
Podrías firmar un trato con la vocecita:
regarla con vino y poesías de Elvira,
ahogarla en salitre hasta que se hunda,
escribirle de noche y a oscuras  sobre melancolía.
Asfixiarla, atragantarla,
colmarla de rosas rojas con sus espinas.
O también, podrías dejar que se vacíe
en sus propias mentiras,
hasta que se quede dormida
sobre un lecho de lástima, perdida.

Ya eres alguien ―le digo, me mira, sonríe―. Si e…

El día amaneció en la cafetería

El día amaneció en la cafetería
de nuestros sueños,
la del río, la del cuaderno y el bolígrafo.
Por fuera, todo brillaba sacando lustre a la primavera.
Por dentro, un viejo y conocido invierno mordía la conciencia,
furioso,
como un niño que patalea.

¿Qué te ocurre? ―le pregunto―.
Se te va a enfriar el café
de tanto esperar.
Deja de asomar los labios al borde de la taza
y bébetelo de una vez.
Esperar ―piensa―, su palabra preferida. Junta los quizá y los puntos suspensivos
que nunca cierran las historias.
Y al final, tan solo queda un trago
caliente y amargo.

Quema ―me dice―. La miro con ojos entornados.
Me apetece cogerla por los hombros
para sacudir la escarcha que pesa en sus rizos.
Que no todo el calor es malo.
¿Por qué no arder un poco?
Alguna vez oyó hablar de un lugar
en el que regalaban paseos por el infierno
quizá ―una vez más― se pierda por ahí un rato.
Quizá ―de nuevo― se quede a vivir ―un poco de tiempo―.
Dice que le han dicho tantas veces que no es buena en nada
que está cansada de soñar.
Dice que el d…

Y tú me preguntas (canción para un café de Triana)

Me preguntas
si hay vida después de la tristeza,
sacudes las señales de interrogación.

Te respondo
que el tiempo hace limpieza,
y solo hace falta cambiar de estación.

Si quieres
tomamos otra ronda
que a mí me sobran versos
y a ti la inspiración.

Si quieres
sacamos los cuadernos,
contamos nuestros sueños
y que ella ponga la voz.

Si quieres
me invento yo la trama,
que siga la terapia,
que recorramos Triana,
que no nos falte alcohol.

Y tú me preguntas
si la herida se cierra,
si merecerá la pena seguir nuestra intuición.

Y yo te respondo
que ojalá lo supiera
que te pidas un vodka
y a mí me pidas ron.

Pago yo las rondas si ella canta la canción.

Si me das una V

Vuelve,
ven volando, vamos, valiente,
que me vale una vez
solamente.

Llevo, veinte años viendo como llueve.
Va y viene el viento, a veces.

Versos, como vaho veteado
en la ventana del olvido.
Valles de verbos vueltos veredas.
Vuelvo a verte en vasos de vodka
que no me bebo.

Vas a verme ―tú también a mí―
alzando el vuelo.
Voto por vivir veloz
sin velo,
sin miedo.

De vez en vez
vestirme de verano,
viajar todos los viernes,
vibrar sobre tu vientre,
verter el vicio
en tus labios.

Vuelve,
malversa los besos conmigo.

Devuelve cada adverbio a su gaveta.
¡Abrevia!
que se vuela abril.

Vuelve,
volvamos al adarve
de donde venimos.

Me fui.

Me fui. Pensaba que, de lejos, curaría esta miopía  que me pesa en la nariz, y me haría menos daño tu recuerdo. Comprobé  que no era cierto y, además,  aprendí que no hay azul
como el de aquí.
Tal vez,
las nubes le tienen
miedo.

A veces, regreso,
y lo hago a estas calles
que se saben de memoria
mis paseos.
Recupero en un trago
los recuerdos
y la locura que quedó
no sé ni dónde.

Vuelvo,
por si acaso te acuerdas
de mi nombre
y decides ver la historia
de otro modo.
Me conformo con el verde
que hay en el parque
desde que no están
tus ojos.

Yo, si quieres, cruzo
el puente
que lleva hasta mi barrio,
me siento a esperarte
y enciendo las farolas,
y veo pasar la gente,
me voy quedando sola,
despierto al vecindario
gritando como loca
que, si quieres,
destapo la poesía,
las letras boca arriba,
la vida boca abajo,
los versos en tus labios,
la risa bienvenida
pero... aparece.

Me sobran palabras

Me sobran las palabras.
Lo que me falta es el poema
donde dejarlas estar.
Liberarlas de la carga
de aguantar en el aire
el peso muerto del silencio.

Una amiga me preguntó
un día:
¿Dónde queda todo lo que
no se dice?
Yo le respondí:
Supongo que se pierde
por la misma rendija
invisible
que escapan aquellas ideas escritas
y luego, borradas,
las que nadie más llega a leer.
O quizá, convergen
donde habita el olvido,
suponiendo que haya un sitio
capaz de dar cobijo
a tanta inmensidad.

Cualquiera sabe.

Yo lo que sé es que
me sobran las palabras.
Sí, y me falta el paso que avanza,
traspasando el límite de la afonía,
dándole voz presente
a otros días, que ya no son,
pero fueron.
Trasgredir la línea,
sacarle punta a las tildes
o la lengua a las esdrújulas.
Guiñarle un ojo al pasado,
sin pena ni gloria.
Subirme al presente,
dejarme de historias,
mirar al futuro
como algo cercano
que puede que llegue
pero no me agobia.

Hace años que escribo sin papel

Es preciso aclarar que pasó el otoño pardo
Todo queda por llover en el lago
de este invierno.

Hace años que escribo sin papel.

Lo peor de este método ecológico
es que olvido todos los poemas.

Lo mejor de versar en el aire
es el soplo que ventila
y esparce
las nostalgias.

Ahora los ratos son mucho tiempo
pero me sigue oliendo el pelo
a azahar, a jazmín,
continuo mi lectura de Crimen y Castigo
en la ribera del río y sigo dejando que el rumbo
me lleve a mí.