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La penúltima vez que te echo de menos

Si llego a saber que ibas a quedarte
tanto tiempo en mi memoria,
te habría preparado una habitación
confortable,
con grandes ventanas
para que no te faltara
la luz o el aire.

Sin embargo,
como lo tuyo fue
una ocupación sin ruido,
un golpe bajo
caminando de puntillas y descalza,
cuando quise darme cuenta
ya era tarde.

Vives clavada en algún rincón
de mi pajar.

Lo único que me molesta
es que tu realidad tenga la cara de ayer
y la imaginación no me baste
para dibujarte en presente.

Miento.

También, me molesta el invierno
que llevo en el pecho,
porque sé que la opción
de no amarte
está apoyada en la parada
del saber lo que tú sientes,
como quien se mantiene a la espera
de un autobús
que ni siquiera quiere que llegue,
porque la duda huele a esperanza
y sabe a jarabe de fresa.

No me crees, claro,
ya no.

Por eso, me miras con tu rostro
de entonces,
arqueando las cejas,
curva incrédula
sobre dos abismos
que me atrapan
en pretérito imperfecto
con su cárcel de pestañas.
Y yo no me esfuerzo
porque me da igual lo que piense
un espejismo.

Si fueras tú realmente,
me sacaría el alacrán de la lengua
para decirte que el problema
no es tu ausencia,
el problema es que soy incapaz
de imaginar mañanas
si no es contigo.

No obstante, esta es la penúltima vez
que te echo de menos.

Un trago melancólico y ácido
que enarbola una bandera blanca.

Ya veo borrosa tu imagen,
tengo la lengua trabada.
Mejor bebo sin decir nada.
Que me sirvan otra ronda.
Que sea la penúltima.

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