La luna en Granada

Ayer volvieron las manos al libro
dormido en otro de la estantería.
Tu letra a bolígrafo en la última hoja
era un ciclón de tinta.

Con un optimismo de azul caduco
que, a lo mejor, no lo sé, no quería
pincharme con la ilusión de sus tildes,
esperanza sucinta.

Dijiste entonces, en aquel diciembre
mágico, que siempre recordarías
nuestro viaje de cultura y leyenda.
Rebobina la cinta.

Granada era joven y tú tan linda.
Yo... qué sé; sabía que volverías
a la tierra nazarí, no conmigo.
Me hiciste algunas fintas.

No dibujamos ni una sola luna
más con el humo blanco que salía
plantándole un beso a aquella cachimba.
La esperanza despinta.

¿Cuándo más tardes en el Albaicín?
Regresar al Generalife un día.
No lo olvides, yo nunca olvidaré
esa promesa extinta.

Comentarios

  1. Hoy han llegado a mis ojos estas líneas y después de rebobinar... ¿A quién no le puede apetecer visitar el Generalife de salida a entrada simulando nacionalidad extranjera? Los optimistas prometen sin fecha de caducidad 😉

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    Respuestas
    1. Las letras van a disimular mi estupor en la respuesta.
      Es lo que tienen los ojos color miel, que llegan a todos los rincones. Sonreí en alto con lo del Generalife. ¿A quién no le puede apetecer? ¿A quién no le puede apetecer, también, aprender esperanto en un albergue granadino?
      Dice una canción de un grupo llamado Marlango: Tiempo al tiempo. Lo que sueñas vuela. Lo que sueñas vuela. Lo que sueñas vuela.
      Granada era joven, muy joven.
      Gracias por acercarte al balcón. Eres bienvenida en otras huellas, habrá donde halles reflejo, estoy segura.

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