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Cazar estrellas fugaces al vuelo

A mí,
que me sobran dedos
en las manos
tecleando sensaciones.
Que pierdo lágrimas
de alegría
visitando Cádiz
y su provincia.
Que me sonrojo
y revivo
cuando llego a Sevilla.
Que siento
a mordida cordobesa
que atraviesa mi tristeza
y la desgarra,
cada vez que vengo
a mi tierra.
Que hipotequé mi corazón
para comprarle una venda.
Que me acostumbré
a ser nómada
porque todos los sitios
pueden ser casa y cárcel,
paraíso y tinieblas.

A mí,
que se me duermen
las películas
sobre los párpados.
Que me cuesta
recordar el futuro
porque deshago los planes
mil veces al día.
Que tapo con recelo el folio
cuando escribo.
Que, a veces, me siento minúscula
y sin tinta.

A mí,
que me abruman los bullicios.
Que prefiero charlar con nadie,
o solo conmigo,
si me aprieta el vacío
na tarde de domingo.
Que soy feliz con una copa
de vino dulce,
frío.

A mí,
me salvas tú
en cada verso,
me sacas el verbo,
me aclaras el negro,
me alivias los miedos,
me borras el pero,
me excitas el gesto,
me abres el cielo,
me quitas el sueño.
Y así...
liberas la llama
que quema mi cuerpo
y no desesperas
si aspiro de nuevo
a cazar estrellas fugaces al vuelo.

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandarí…

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.