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Mostrando entradas de octubre, 2015

La penúltima vez que te echo de menos

Si llego a saber que ibas a quedarte
tanto tiempo en mi memoria,
te habría preparado una habitación
confortable,
con grandes ventanas
para que no te faltara
la luz o el aire.

Sin embargo,
como lo tuyo fue
una ocupación sin ruido,
un golpe bajo
caminando de puntillas y descalza,
cuando quise darme cuenta
ya era tarde.

Vives clavada en algún rincón
de mi pajar.

Lo único que me molesta
es que tu realidad tenga la cara de ayer
y la imaginación no me baste
para dibujarte en presente.

Miento.

También, me molesta el invierno
que llevo en el pecho,
porque sé que la opción
de no amarte
está apoyada en la parada
del saber lo que tú sientes,
como quien se mantiene a la espera
de un autobús
que ni siquiera quiere que llegue,
porque la duda huele a esperanza
y sabe a jarabe de fresa.

No me crees, claro,
ya no.

Por eso, me miras con tu rostro
de entonces,
arqueando las cejas,
curva incrédula
sobre dos abismos
que me atrapan
en pretérito imperfecto
con su cárcel de pestañas.
Y yo no me esfuerzo
porque me da igual lo que piense
un …

Hartazgo

Presiento que corro detrás de la urgencia
como si fuera ella quien me persigue a mí.
Avivo los pasos en suelo mojado, aplasto la lluvia y voy resbalando, bailando los pies, bailando las manos en una caída dura de evitar. 
Al tiempo que vuelvo a recomponerme sobre mis pilares, hinojos sin fruto,  deshojo relojes que siempre me estafan las horas, los días deseo que avancen, que el cielo se aclare para que lo entienda. Un rompecabezas es cada amanecer.
Pretenden que aguante diciendo  que ya falta poco. El fango me cubre y ya nunca escampa en tierra de nadie. No sabemos adónde, pero hemos llegado. No hay brotes ni mejoramiento, si algo incrementa es el peso y la cana y la grima y las llagas y los peros y los luego y los menos y la deuda y el miedo.
¿Cuánto cuesta estar despierto?  Ellos mienten mientras yo me ahogo. Hartazgo que tengo de medios, de prisa, de paro, de duda, de todo.

Cazar estrellas fugaces al vuelo

A mí,
que me sobran dedos
en las manos
tecleando sensaciones.
Que pierdo lágrimas
de alegría
visitando Cádiz
y su provincia.
Que me sonrojo
y revivo
cuando llego a Sevilla.
Que siento
a mordida cordobesa
que atraviesa mi tristeza
y la desgarra,
cada vez que vengo
a mi tierra.
Que hipotequé mi corazón
para comprarle una venda.
Que me acostumbré
a ser nómada
porque todos los sitios
pueden ser casa y cárcel,
paraíso y tinieblas.

A mí,
que se me duermen
las películas
sobre los párpados.
Que me cuesta
recordar el futuro
porque deshago los planes
mil veces al día.
Que tapo con recelo el folio
cuando escribo.
Que, a veces, me siento minúscula
y sin tinta.

A mí,
que me abruman los bullicios.
Que prefiero charlar con nadie,
o solo conmigo,
si me aprieta el vacío
na tarde de domingo.
Que soy feliz con una copa
de vino dulce,
frío.

A mí,
me salvas tú
en cada verso,
me sacas el verbo,
me aclaras el negro,
me alivias los miedos,
me borras el pero,
me excitas el gesto,
me abres el cielo,
me quitas …

La luna en Granada

Ayer volvieron las manos al libro
dormido en otro de la estantería.
Tu letra a bolígrafo en la última hoja
era un ciclón de tinta.

Con un optimismo de azul caduco
que, a lo mejor, no lo sé, no quería
pincharme con la ilusión de sus tildes,
esperanza sucinta.

Dijiste entonces, en aquel diciembre
mágico, que siempre recordarías
nuestro viaje de cultura y leyenda.
Rebobina la cinta.

Granada era joven y tú tan linda.
Yo... qué sé; sabía que volverías
a la tierra nazarí, no conmigo.
Me hiciste algunas fintas.

No dibujamos ni una sola luna
más con el humo blanco que salía
plantándole un beso a aquella cachimba.
La esperanza despinta.

¿Cuándo más tardes en el Albaicín?
Regresar al Generalife un día.
No lo olvides, yo nunca olvidaré
esa promesa extinta.