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Lo que me pasa contigo

Presiento que mi frente se ha convertido en un letrero gigante con letras fluorescentes que, de forma intermitente, revela sentimientos. Por eso, llevo el flequillo de cortina a medio descorrer, para que entre luz, pero no sea tan evidente lo que me pasa contigo.

Lo que me pasa contigo... ¿Qué me pasa contigo?

Hablo como si lo supiera, sin embargo, lo único que tengo claro es que se me escurre tu nombre de la boca y te derramo en todas las conversaciones que mantengo, de una u otra forma. Además, es extraño, cada vez que te veo, suena la misma melodía de Ludovico Einaudi en mis oídos -Una mattina-. Digo que suena en mis oídos porque dudo mucho que el ayuntamiento haya colocado hilo musical en las calles, coincidiendo esa misma canción repetida todo el tiempo, en cualquier sitio que te encuentro. Si al menos tú me mirases con ojos de estar escuchándola también, me sentiría menos idiota. En lugar de eso, tu mirada me atraviesa, como a quien no se ha visto en la vida ni se necesita ver. Fíjate, ahora que lo pienso, veo que tiene su parte de encanto. Sí, yo es que soy muy de inalcanzables, y me sabe a daiquiri de fresa lo que me pasa contigo. Lo que me pasa contigo. ¡Otra vez, la misma frase! ¿Qué me pasa contigo? ¿Seré la única a la que le ocurre esto? A lo mejor, me estoy creyendo especial y no es para tanto. Seguro que miles de personas están como yo en este momento, tratando de entender qué les pasa con ese alguien que no se quitan, ni de la frente, ni de la punta de la lengua.

Me pregunto si alguna vez has pensado en mí. Sí, sí, me vale con un instante. Esa nimiedad demostraría que sabes que existo y que me has abierto la puerta de tu mente. Un lujo estar ahí dentro de esa cabecita cubierta de pelo desordenado que te queda tan bien, te peines como te peines. ¿Por qué nunca te he dicho lo que me pasa contigo? A tu lado se me olvidan los idiomas y mis pocas neuronas echan una partida de mus mientras se mueren de risa con la situación, dejándome con los labios muertos de frío y una sonrisa más absurda, cuanto más la disimulo. Ya que no sirvo para hablarte, quizá te escriba. Lo bueno es que, por escrito, soy bastante más guapa. En mis palabras se notan menos los años. Quién sabe... puede que te agrade leerme, que te guste, que te guste mucho. Vaya, que te enamores de mí. A lo loco, sin cuerdas. Tal vez, la próxima vez que nos encontremos sea diferente, pero no esperes que sepa explicarte lo que me pasa contigo.

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
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Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.