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Mostrando entradas de septiembre, 2015

Lo que me pasa contigo

Presiento que mi frente se ha convertido en un letrero gigante con letras fluorescentes que, de forma intermitente, revela sentimientos. Por eso, llevo el flequillo de cortina a medio descorrer, para que entre luz, pero no sea tan evidente lo que me pasa contigo.
Lo que me pasa contigo... ¿Qué me pasa contigo?
Hablo como si lo supiera, sin embargo, lo único que tengo claro es que se me escurre tu nombre de la boca y te derramo en todas las conversaciones que mantengo, de una u otra forma. Además, es extraño, cada vez que te veo, suena la misma melodía de Ludovico Einaudi en mis oídos -Una mattina-. Digo que suena en mis oídos porque dudo mucho que el ayuntamiento haya colocado hilo musical en las calles, coincidiendo esa misma canción repetida todo el tiempo, en cualquier sitio que te encuentro. Si al menos tú me mirases con ojos de estar escuchándola también, me sentiría menos idiota. En lugar de eso, tu mirada me atraviesa, como a quien no se ha visto en la vida ni se necesita ver.…

Crees que vuelves

Crees que vuelves.
De repente, tu resol sobre los versos
te lo indica.
Aunque, no hay nada más lejos
por ahora, no se escribe
poesía con tu luz.

Se parece… pero solo se parece
demasiado,
una túnica de olas, mar rebelde
donde bogan expresiones y detalles
que podrían ser tu brisa tan afable,
a lo mejor.

Era urgente, sobre todo,
que perdieses el asiento en mi vergel.
Las gaviotas se disponen a bailar
en la estampa donde quedaría dormida
alguna estrella.

Y puede ser
que ignorando una lírica mejor
el arrullo continuado —arrimándose
a mi orilla— de tu voz
fuera como regalarme el mejor
de los poemas.

Ahora bien, ha llegado ya la hora
de gritar: ni el sonido, ni la forma,
ni el estilo, ni la letra.
Veo devastado tu edén .
Y, bien pensado… ya quisieras.

Cómo será entenderte

¿Cómo será entenderte?
Aún se posa esa pregunta
en mi ventana
cuando el sol corre las nubes
de cortina en el cielo.

Hubo un tiempo de gloria,
lo recuerdo.
Eran mis letras deidades
que servían de consuelo
a tu tristeza.
Sabía dar nombre
a los monstruos vivos
en tu pecho.
Qué bien escribes, mi vida
—me decías—,
y yo, que me asusto cuando  oigo aplausos, camuflaba el bochorno en el albergue de tu cuello,
complacida al escucharte,
timorata, pese a todo.
Siempre me asustó
lo fugaz de las opiniones.

¿Cómo habría sido entenderte?
Debo este poema a esa incógnita
mal pespuntada.
Tal vez, si hubiese combinado
con más acierto
tu aridez y mis dramas,
o hubiera plantado cara al ruido
que hace el miedo al fracaso...
Dirán que ya no sirve,
no importa,
no cuenta;
pero sí que cuenta para mí
que odiaba ver a mi romanticismo
suicidándose
en cada uno de tus desplantes.
¿Y si, de repente,
te hubiera dicho que la duda
también me había visitado a mí,
que no solo tú tenías la cabeza
llena de arañas?
Porque a…