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Para el amor no hay clases particulares (carta a Wendy)


Querida Wendy:

     Para el amor no hay clases particulares. Un retablo de ensayo y error, error y ensayo. Un contrato entre dos —o tres, o cuatro, o...— que coinciden, porque juntos disfrutan más del baile. No puede ser otra cosa. Jamás un pisotón consentido mientras al reloj se le caen las horas. Eso no huele a amor. Tal vez, a amor fracasado sí, pero no a amor... amor, tú me entiendes. Claro que me entiendes, porque eres a mis errores lo que un gemelo a su idéntico. Por no resoplar no respiras, te ahogas y estiras la cuerda como si entre la tensión máxima y la rotura se hallara tu valentía. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar un amor fracasado? ¿Por qué alargamos el baile cuando lo que nos apetece es salir de la sala? A veces, no veo la diferencia entre el masoquista y el sensiblero.
     Otra cosa: llega un momento en el que la máscara con la que intentamos agradar a los demás se vuelve piel. Te miras al espejo y encuentras un cúmulo de miradas de otros, de sus expectativas, de sus reproches, de sus miedos, de sus sueños... ¿Quién eres? ¿Te recuerdas? Quizá solo queda de ti el reflejo del reflejo, y yo no tengo una poción mágica para acabar con la inseguridad. Poco importa que te veas guapa o fea, lista o tonta. A mí me preocupa más recordar quién soy. También, recordar qué quiero. Qué curioso... somos nuestra mayor incógnita pese a vivirnos veinticuatro horas cada día.
     ¡Vamos! Coge ahora mismo a esas que no son tú —pero tomaron tu cuerpo para hospedarse—. Coge a la que no sabe nadar, a la que rehúye la humedad para no salpicar a nadie, a la que no quiere ahogarse. Échalas. ¡Que se busquen otro cuerpo! Hay que jugar y perder. Yo no conozco otra forma de ganar. Si quieres, me uno a tu batalla, aunque... me cuesta distinguirte entre tantas Tú. Si quieres, me quedo contigo cuando se vayan. Si quieres, pasamos la tarde escuchando canciones —y me enseñas a tocar "cumpleaños feliz" a la guitarra—. Si quieres, nos bajamos las bragas leyendo a Elvira Sastre. Estoy convencida de que, en su poesía, hay mejor polvo que en muchas camas.
     Lo que quiero decir, querida Wendy, es que puedes seguir siendo la estatua que mira la maceta por si, algún día, salen flores; pero, también, puedes coger la regadera y mojarte. 

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandarí…

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.