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Mostrando entradas de agosto, 2015

La memoria de mi nariz

Tengo días de memoria
como un cielo azul abierto,
otros parecen un muerto
enterrado en nuestra historia.
Aquellas tardes de gloria
conquistando tus caderas
cuando éramos unas fieras,
¿sabes dónde están ahora?
Pasa el tiempo y empeora.
Esperaba que vinieras.

El sabor de tu sonrisa debes saber que he olvidado, que las olas se han llevado lo que no pudo la prisa. Sin embargo, está en la brisa tu fragancia refrescante  y no hay nada que suplante ese olor en mi memoria. No es tu esencia transitoria ni hay dolor que la quebrante.

Mañana será otro verso el que me describa

Mañana será otro verso el que me describa.
Eso espero,
no quiero pasarme los días
haciéndome heridas
con el filo
de las hojas
de los libros
de poesía.

Ellos parecen saberlo todo de mí.

No conozco al poeta retraído que habla
de mis nudos en las tripas
cuando te alejabas.
Ni conozco a la poeta que detalla con precisión lo que pasaba en nuestra cama cual testigo de aquellos incendios. Tampoco conozco al bohemio que
cuenta los tragos que bebí intentando encontrarte
en el fondo del vaso.

No,  no conozco a los que parece que estuvieron
a nuestro lado,  viendo el sol esconderse tras el mar
aquellas tardes de verano.
Y, sin embargo,
siento que ellos sí me conocen a mí,
que escriben las respuestas a mis preguntas
y te echan de más.

Mañana será otro verso el que me describa,
y ese hablará de los sueños que se barren
con la tos seca de la escoba,
de las llagas en las manos,
del enfado que tengo conmigo,
de la paz que tengo sin ti.

Para el amor no hay clases particulares (carta a Wendy)

Querida Wendy:
     Para el amor no hay clases particulares. Un retablo de ensayo y error, error y ensayo. Un contrato entre dos —o tres, o cuatro, o...— que coinciden, porque juntos disfrutan más del baile. No puede ser otra cosa. Jamás un pisotón consentido mientras al reloj se le caen las horas. Eso no huele a amor. Tal vez, a amor fracasado sí, pero no a amor... amor, tú me entiendes. Claro que me entiendes, porque eres a mis errores lo que un gemelo a su idéntico. Por no resoplar no respiras, te ahogas y estiras la cuerda como si entre la tensión máxima y la rotura se hallara tu valentía. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar un amor fracasado? ¿Por qué alargamos el baile cuando lo que nos apetece es salir de la sala? A veces, no veo la diferencia entre el masoquista y el sensiblero.
     Otra cosa: llega un momento en el que la máscara con la que intentamos agradar a los demás se vuelve piel. Te miras al espejo y encuentras un cúmulo de miradas de otros, de sus expectativas, de sus…