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No recuerdo un octubre tan invierno como este

Me mata el frío.
Corre mi valentía —también llamada
imprudencia— hacia la ventana.
La abre de par en par, se asoma y mira:
todo es hielo, quema, duele.
No comprendo lo que no quiero
entender.

¿Por qué no seré gazania abrazada
a sí misma en la noche,
a la espera de luz siempre nueva
cuando amanece otro día? 

No recuerdo un octubre tan invierno
como este y, sin embargo,
arden brasas en mi pecho, todavía,
porque es cierto que no llego a acostumbrarme
a lo gélido de ahora, pero llevo la memoria
apretada entre los muslos
y recuerdo, claramente, lo que nunca
ha ocurrido, pero siempre he deseado.

Si vienes

Si vienes a este lado del mapa
te enseñaré la playa
que he inventado para ti.
Nuestras ropas arrugadas en la arena
serán parte del paisaje
donde no faltará poesía
porque toda la traerás tú.

Si vienes,
prometo contemplarte hasta
aprenderte de memoria,
creer en los milagros,
quemar mis poemarios,
mudarme a París.

Si vienes,
me quitaré las gafas
y soplaré tan fuerte
que haré que el viento
esparza el miedo
como hace con las semillas
de un diente de león.
Y luego,
ahuyentaré a los monstruos,
olvidaré el decoro,
escribiré de nuevo,
te versaré a ti.

Quizá me dure el sueño
todo el tiempo,
o tarde en romperse
lo que tarda un poeta
en retocar un verso
que no acaba
de perfeccionar.

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