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No recuerdo un octubre tan invierno como este

Me mata el frío.
Corre mi valentía —también llamada
imprudencia— hacia la ventana.
La abre de par en par, se asoma y mira:
todo es hielo, quema, duele.
No comprendo lo que no quiero
entender.

¿Por qué no seré gazania abrazada
a sí misma en la noche,
a la espera de luz siempre nueva
cuando amanece otro día? 

No recuerdo un octubre tan invierno
como este y, sin embargo,
arden brasas en mi pecho, todavía,
porque es cierto que no llego a acostumbrarme
a lo gélido de ahora, pero llevo la memoria
apretada entre los muslos
y recuerdo, claramente, lo que nunca
ha ocurrido, pero siempre he deseado.

Para no perder el sur

Todos los días tengo un tarareo
que me acompaña 
viene de lejos
como las letras que escribo 
para no perder el sur.

Ya se lo decía a una amiga:

estoy hecha de pasado
y mi presente es el libro que acabo
de empezar. 
Podría decir que me encanta ver la hoja
en blanco, aunque impone ese vacío
manchado de café al amanecer.

Es cierto que llevo la brújula 
siempre en la mano
pero, a veces, quisiera perderme
-y no lo consigo-.
Me evito y procuro no hablarme
para que siga durmiendo el dragón
que habita en mí.

¡Qué difícil se me hace escapar 
yendo conmigo!

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