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Decir(te)quiero

Decir: “te quiero”,
diré
si te miento.

Decirte: “quiero
ver un mañana
en tu olvido”.

Despertar del sueño
que te viste de seda
en un mundo de cuero.
Borrar las tormentas
que calan los huesos
―y el alma―
como la niña pequeña
que ensaya caligrafía
corrigiendo las letras torcidas.

Decirte: “no quiero mirarte”,
pero te miro porque no puedo
dejar de hacerlo.

Cómo cuesta despegarse
de los besos,
de los recuerdos.

Voy a descoser
todos mis bolsillos
para que salga
la calderilla,
que deja la bolsa llena
de peso sin valía.

Por eso, decir: “te quiero”
es algo
que ya no puedo
decir contigo.

Despegarme
quiero.

Despegarme
de la que vuelve
para quedarse
cuando yo no quiero,
cuando ya me he ido.

Despegarme
las dudas
y las excusas
que disparan las mentiras
con dirección
de ida y vuelta.

Despegarme
del camino
de tus vértebras
donde llevo atadas
mis manos
en un abrazo suicida.
También, pegadas
a mis costillas
llevo tus sonrisas
y, a mis piernas,
tus caricias.

Despegarme
digo que quiero
cuando tu foto
escondo debajo
de mis bragas
al fondo del armario.

“Despegarme quiero”
―te digo y te miento. 

(Quinta colaboración: Nuria Sobrino & Soraya Benítez)

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
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¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandarí…

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.