La carta que no supe escribirte

La carta que no supe escribirte
tenía el ceño fruncido,
cero ganas de oírte y un ciento
de echarse a llorar.
Constreñida, entre el folio y la espada,
me hacían falta mentiras
como todas las que en tu bolsillo
solían cantar.

Te juro que me habría encantado
ser esa funambulista
de cuerda gastada que, sin ti,
no sabía actuar.
Complacerte, fingiendo la trama,
vestirme de delincuente
habitual, tu maniaca privada,
tu loca de atar...
Y asumir todas las consecuencias
de los actos despreciables
no cometidos por mí, da igual,
tengo que pagar
ya que solo soy el personaje
de la flor en la solapa,
con sonrisa boba y un sombrero
por apolillar.
Aposté al galgo de mala pata,
el de la lengua torcida,
ojos pasto, piel dorada, muchas
ganas de ladrar.

A galgo ladrador, toda poesía es poca.

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