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Mostrando entradas de mayo, 2015

Qué insistencia de mis ojos

Y miraré las nubes sin pensar que te quiero, con el hábito sordo de un viejo marinero
que aún siente, en tierra firme, la ondulación del mar. José Ángel Buesa - Poema del olvido.


Qué insistencia de mis ojos
que, otra vez, te encuentran en el garabato de un sauce que baila con el viento de mi sur. 
Cuando tú ya no escuchas y lo normal es olvidarte, insisto, y evoco  en sus ramas pobladas tu mirada de hoja perenne. 
Admito que paso deprisa, que lo veo solo de soslayo dando por cierto que eres tú. Así nunca yerra mi necesidad de hallarte en cualquier trozo de vida. Y creo ser quien maneja la palabra, la ocasión y la distancia. Y creo tenerte cuando yo quiera, olvidándote todo el tiempo.

(Intro)verso

Momentos en los que quedo
hundida en los versos,
huntado el cuerpo de letras,
camuflada por fuera
y por dentro.

Qué suerte hacerme invisible
detrás de la calima.
Soy calada que se esfuma
de un cigarro que se posa
en tus labios
sedientos.

La estela de un velero,
lo breve del tiempo
o el amanecer de un sueño
dilatado en estrofas.
Así soy, y así lo muestran
los poetas que atraviesan
mi pecho
con su lengua de dos hojas
y acarician sin manos
por debajo de la ropa.

Momentos en los que parece
que llevo el corazón desatado
y tropiezo con mi sombra.
Calzo un número pequeño
de latidos
porque llegan huracanes de palabras
que no entiendo
y, aunque trago los poemas
que me llenan,
llueve lento e incomprensible
lo que escribo.
Quizá, por eso,
me pierdo conmigo
y me encuentro a solas
cuando sangra la tinta
del bisturí de la memoria.

La carta que no supe escribirte

La carta que no supe escribirte
tenía el ceño fruncido,
cero ganas de oírte y un ciento
de echarse a llorar.
Constreñida, entre el folio y la espada,
me hacían falta mentiras
como todas las que en tu bolsillo
solían cantar.

Te juro que me habría encantado
ser esa funambulista
de cuerda gastada que, sin ti,
no sabía actuar.
Complacerte, fingiendo la trama,
vestirme de delincuente
habitual, tu maniaca privada,
tu loca de atar...
Y asumir todas las consecuencias
de los actos despreciables
no cometidos por mí, da igual,
tengo que pagar
ya que solo soy el personaje
de la flor en la solapa,
con sonrisa boba y un sombrero
por apolillar.
Aposté al galgo de mala pata,
el de la lengua torcida,
ojos pasto, piel dorada, muchas
ganas de ladrar.

A galgo ladrador, toda poesía es poca.