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El enfado con la poesía

Que los versos se quedaran en domingo
y en los parques con los techos azulados,
no me extraña, no me duele.
Cuando tratas de engañarme construyendo
los poemas por encima de la herida,
los poemas que nacieron de la herida,
los poemas supurados por la herida,
no me extraña, no me duele.

El enfado es otra cosa.
Vivir para mis horas
el tiempo de otros, por ejemplo.
Añorar lo que no he sido nunca,
pero me habría gustado.
Creerme el pensamiento firme
de alguien que vive en mi cabeza. 

¿Quién le dice a la poesía lo que no debe contarse?
Migran las palabras cada poco,
como vuelan emociones de veleta
que lo mismo son invierno que verano.
Me confunde tanto giro.
¿Soy yo quién escribe los poemas
o son ellos los que escriben sobre mí?

Viento del sur


Los naranjos han llorado
azahar almidonado
tapizándote una alfombra
que, a cualquiera, va y asombra.
Toda la calle te nombra.
Sé que no me has olvidado.
Creo que yo a ti tampoco,
quizá, por eso, te evoco
en todo poema loco
que mis dedos han creado
en las noches perfumadas
por jazmines abrigadas.
Todas las voces calladas
y mi pecho alborotado.
Se acumulan los abriles
mas parecen juveniles,
aún conquistan a miles
con ojos ilusionados.
Me quedarán muchas lunas,
puede que me beba alguna
subida a una de tus dunas.
Tu acento lo habré versado.
Ya quiero volver a verte,
del sur seré hasta la muerte,
levante pega muy fuerte,
poniente suena calmado.

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