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La chica del café

Su vida.
Aquella tarde ella era una sombra
que orbitaba la cuchara en la taza
para distraer los miedos.
Hilos de humo de un café recién hecho
bailaban como serpiente hipnotizada.
Rodeada de gente en una tasca cualquiera.
Así se sentía,
cualquiera.
El ruido envolvía su mesa, aunque
solo oía el silencio de la cuchara en la taza.
Pasó horas grises de su crepúsculo,
olvidada por la hora, el tiempo y el espacio,
olvidando lo que era, lo que buscaba,
tragándose a sorbos pequeños ese sabor amargo
de quien reconoce que ya no recuerda.
Pagó y salió, casi sin darse cuenta,
dentro de aquella rueda de días iguales
donde el reloj no marca, 
donde el reloj no explica cuánto le queda
a esa  melancolía de otoño 
que sueña con ser primavera.
Y una vez más, como siempre que abandonaba su cueva,
se tropezó de golpe con el mundo.
Las calles pedregosas brillaban tras horas de lluvia.
Se acomodó el abrigo.
Tenía esa clase de frío que no se quita con la ropa. 
Ni sin ella.
Las alcantarillas se ahogaban con el olvido
de un tumulto de vidas desperdiciadas,
la suya una de tantas.
Agachó la mirada
(no fuera algún rayo de luz perdido a deslumbrarla)  
y continuó.
Sin saber a dónde.
Cómo.
Por qué.
Por quién.
Continuó.
Sin ella.
Vagó para que el tiempo tuviera
un trayecto sobre el que gastarse.
Y acabó en el parque donde
tantas veces el amor escribió su nombre.
Quizá, el error fue hacerlo en mayúsculas,
como en aquel banco de madera 
que crujía con el peso de las penas, 
fósiles de antaño.
Los besos, la alegría y las promesas,
parecían vivos nuevamente,
aunque ya no le hacían daño.

El aire, a pesar de cubrir mayo,
sopló frío.
Levantó las penas,
agitó las alegrías,
borró el beso
y se llevó las promesas.
Lejos.
Donde el mar se junta con el cielo.

Dejó caer el ayer de su cuerpo en aquel banco
abrazando el olvido de lo que fue un encuentro afortunado,
acariciando lo efímero de lo vivido con todas sus fuerzas
hasta que cesó de sangrar la pena.
Sintió.

¡Sintió!

Ese suspiro que la aurora ilumina con su efervescencia  
la oscuridad perecedera.
Ese momento, ¡ese instante!
en el que incluso a ciegas
sientes el sol acariciar tu cuerpo,
y la brisa, carente de amnesias,
te susurra una vez más
"ella te espera". 
Mi vida.

                               (Segunda colaboración: Nuria Sobrino & Soraya Benítez)
Para saber más sobre Nuria: http://esanecesidaddelalma.blogspot.com.es

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandarí…

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.