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El enfado con la poesía

Que los versos se quedaran en domingo
y en los parques con los techos azulados,
no me extraña, no me duele.
Cuando tratas de engañarme construyendo
los poemas por encima de la herida,
los poemas que nacieron de la herida,
los poemas supurados por la herida,
no me extraña, no me duele.

El enfado es otra cosa.
Vivir para mis horas
el tiempo de otros, por ejemplo.
Añorar lo que no he sido nunca,
pero me habría gustado.
Creerme el pensamiento firme
de alguien que vive en mi cabeza. 

¿Quién le dice a la poesía lo que no debe contarse?
Migran las palabras cada poco,
como vuelan emociones de veleta
que lo mismo son invierno que verano.
Me confunde tanto giro.
¿Soy yo quién escribe los poemas
o son ellos los que escriben sobre mí?

De la devoción a desconocerte

Puedo recordar que te veneré
sin necesidad de dioses o dogmas
en aquellos días de calma chicha
que no eran verdad, aunque parecían,
como el follaje de la fronda
de tu ancha boca. 

Puedo recordar que te veneré
hasta reventar todas las hormas.
No existían normas imposibles de romper,
eso decías tú, yo atestiguaba
como una perra dócil y, algunas veces, fiel,
que va avanzando entre las sombras.

Puedo recordar que te veneré,
tormenta nunca, domingo siempre
que iba de tu mano sobrevolando la ciudad
sin levantar apenas los pies de aquel edén
que me enseñaste a amar.
Y era de día, 
continuamente, de día.  

Lo que tengo por perdido es el recuerdo
del momento que dejó de ser un dulce trino,
castañuela de arboleda, brillo iridiscente
tras el paso de la lluvia,
como tengo por perdido el rostro conocido
que me es ajeno, henchido el tiempo
con tanto tiempo...


Comentarios

  1. Ya sabes que ando en el laboratorio de las letras, aprendiendo un poco :) Me alegra que te guste, Nuria. ¡Gracias!

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