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Mostrando entradas de abril, 2015

Deberías conocerme ahora

El verano tiene todas las excusas para recordarte, entre ellas: exceso de sol en la piel,  salitre en el corte de un dedo, termómetro ardiendo y todos los viajes que harás sin esta mitad de mí que dejaste conmigo, que encuentra consuelo en un par de libros cubiertos de arena y, a veces, envidia a la otra mitad que se fue contigo.   Me refiero, ya sabes, a la mala, la terca, la falsa,  la que no sabía perder, la cínica infiel, la desconfiada, la egoísta, cobarde, engreída, la que te idolatraba, la inútil sin ti, en fin...  esa que seguro describes al nombrarme en la distancia, la que ya no soy desde que no estás.

De la devoción a desconocerte

Puedo recordar que te veneré sin necesidad de dioses o dogmas en aquellos días de calma chicha que no eran verdad, aunque parecían, como el follaje de la fronda de tu ancha boca. 
Puedo recordar que te veneré hasta reventar todas las hormas. No existían normas imposibles de romper, eso decías tú, yo atestiguaba como una perra dócil y, algunas veces, fiel, que va avanzando entre las sombras.
Puedo recordar que te veneré, tormenta nunca, domingo siempre que iba de tu mano sobrevolando la ciudad sin levantar apenas los pies de aquel edén que me enseñaste a amar. Y era de día,  continuamente, de día.  
Lo que tengo por perdido es el recuerdo del momento que dejó de ser un dulce trino, castañuela de arboleda, brillo iridiscente tras el paso de la lluvia, como tengo por perdido el rostro conocido que me es ajeno, henchido el tiempo con tanto tiempo...

Que no soy poeta

Que no soy poeta,
que solo vinculo las letras,
asocio palabras que bailan de noche,
recreo momentos e invento
que tú me querías,
que yo aún te quiero.

Balcón emplomado,
las nubes reunidas frente a la ventana.
No sé si es agosto.
Tengo tres macetas de varios colores
sufriendo alopecia y el mirlo agoniza,
un trozo de carne con alas
que viene extrañando tu voz.

Quieres que lo haga, pero no exagero.
No sé en qué piedra guardé la memoria
del ángel terrible que llamó Cernuda.
Y no, no soy poeta, si acaso lo fuera
te hallaría dormida
encima de alguno de aquellos poemas
que un día escribí con la piel mojada
del río Majaceite,
con tu nombre a mí entregado
como dirían los versos
de Caballero Bonald.

Y no soy poeta
pero quisiera serlo,
dotar de lirismo al recuerdo
que apenas nos queda,
el humo de instantes que el viento
o el tiempo
se empeña en llevarse
y me es imposible guardarlo
en cualquier botella.
Amnesia o tiempo.

La chica del café

Su vida. Aquella tarde ella era una sombra que orbitaba la cuchara en la taza para distraer los miedos. Hilos de humo de un café recién hecho bailaban como serpiente hipnotizada. Rodeada de gente en una tasca cualquiera. Así se sentía, cualquiera. El ruido envolvía su mesa, aunque solo oía el silencio de la cuchara en la taza. Pasó horas grises de su crepúsculo, olvidada por la hora, el tiempo y el espacio, olvidando lo que era, lo que buscaba, tragándose a sorbos pequeños ese sabor amargo de quien reconoce que ya no recuerda. Pagó y salió, casi sin darse cuenta, dentro de aquella rueda de días iguales donde el reloj no marca,  donde el reloj no explica cuánto le queda a esa  melancolía de otoño  que sueña con ser primavera. Y una vez más, como siempre que abandonaba su cueva, se tropezó de golpe con el mundo. Las calles pedregosas brillaban tras horas de lluvia. Se acomodó el abrigo. Tenía esa clase de frío que no se quita con la ropa.  Ni sin ella. Las alcantarillas se ahogaban con el olvido de un tumulto de vi…

Él

Crótalos en una boca
temblando sin tener frío.
Llevaba la lengua rota,
con hoja de doble filo
y un cauce de agua salada
de los ojos al ombligo.
No pretendo exagerar.
Una tarde de domingo
apagué en mi corazón
los restos de un cigarrillo.
Extinguidas las promesas,
extinguido el compromiso.
No pretendo abrir heridas
con un poema tardío.
Sin disculpas que me excusen
ni reencuentros previstos,
sirva hoy a la voz postrada
este romance afligido,
creado con pesadumbre
a la sombra de un suspiro.
No pretendo que se alargue
este poema sencillo,
escarbar en cicatrices,
recordar lo que es olvido.
Yo te quiero ya pasado.
Aún me queda castigo
cuando se acerca la noche
y reconozco el crujido
de una traición en el pecho.

Fracasar contigo era tenerte a mi lado.

Ha pasado una década
desde aquel abril.
Conseguiste que te viera,
que girara el catalejo
y vendiera mi destino
por un beso.
¿Recuerdas?

Ahora soy mucho más vieja
que la ingenua de altavoces
resonándole en el pecho
y una fiesta en pleamar
entre sus piernas.

Era sencillo.
No nos costaba decir la verdad
porque no nos la creíamos.
Un juego muy divertido
donde la única regla era cubrir
los ojos
con una venda.
Luego, vino el error.
¿Cuál?
No sé, todos.

Te lo dije:
no hay fechas importantes,
solo latidos que ponen vida  en el calendario.
Por eso,
no borraría ni uno solo de los días
que fracasé a tu lado.

La que escribe

La que escribe no es esa
que despierta con dolor de espalda algunos días, dando rienda suelta a la rutina que desgasta
las hojas de su agenda. No es la que mantiene una sonrisa de gravedad media
cuando el invierno se acerca.
No es la que hace malabares
con las deudas,
ni la que lleva la incertidumbre
pendiendo de la oreja.
No es la del miedo. ¡Que no, que no es esa!
La que escribe  es una romántica que muerde  planetas. Una revolucionaria traviesa que atraviesa océanos. Una superviviente de naufragios en playas desiertas. Una adicta a la poesía
oculta en la naturaleza. Una amante viajera
que no entiende de límites.
Un águila real
que caza imposibles
—para que dejen de serlo—.

Ella, la que escribe, bebe del pasado
y vive del presente
con el amor desabrochado.
Lleva el vello erizado
cuando canta el poniente
y enseña los dientes
si le tocan el sur.

Viento del sur

Los naranjos han llorado
azahar almidonado
tapizándote una alfombra
que, a cualquiera, va y asombra.
Toda la calle te nombra.
Sé que no me has olvidado.
Creo que yo a ti tampoco,
quizá, por eso, te evoco
en todo poema loco
que mis dedos han creado
en las noches perfumadas
por jazmines abrigadas.
Todas las voces calladas
y mi pecho alborotado.
Se acumulan los abriles
mas parecen juveniles,
aún conquistan a miles
con ojos ilusionados.
Me quedarán muchas lunas,
puede que me beba alguna
subida a una de tus dunas.
Tu acento lo habré versado.
Ya quiero volver a verte,
del sur seré hasta la muerte,
levante pega muy fuerte,
poniente suena calmado.