Una carta de (cl)amor retrospectivo

Querida Tú:

Te envío las palabras de un ayer que no termina de secarse. Relájate, no llevan odio. Me dijeron en la oficina de correos que el límite del peso del sobre era de dos kilogramos. No obstante, puede que hayas notado un estruendo al abrir el folio. Lo siento, no era mi intención alarmarte con el bullicio de mis letras. Reconozco que los gritos de incomprensión con los que iban envueltas, oprimían demasiado. De todos modos, solo he querido mandarte algunas cosas que albergaba en el corazón, ya no sabía dónde colocarlas para no tropezarme con ellas en las noches cerradas. Y te las remito a ti, porque te sabes destinataria de todo, hasta de lo que no escribo, como no podía ser de otra manera dentro de tu peculiar forma de creerte el centro, única.

Te devuelvo el silencio que me has regalado, esa bambalina que oculta tu voz, tu cuerpo y tu vasta colección de sofismas que, imagino, habrás ampliado. También, he incluido la libertad de no poder verte. Quizá, sea lo que más pese dentro de esta remesa, lo sé. ¡Ah! Si no te importa, añado, además, el trozo de mí que no soy desde que no estoy contigo, y el trozo de ti que permaneció a mi lado. Este último, desvaído ya por la acumulación de otoños en su haber, respira a duras penas. A veces, desflema improperios, y no faltan las ocasiones —pocas, pero las hay, no sé si considerarlo una suerte o un infortunio— en las que hiende mi pecho y lo atraviesa con tu recuerdo más hermoso. 

A continuación y, por último —no quiero molestarte en exceso—, aludiré otras naderías que introduje. A saber: el aliento que me diste cuando me ahogaba, los versos que decían que jamás seríamos como el resto, las discusiones que indicaban lo contrario, las calumnias que olvidaste en mi bolso y los susurros. ¡Por Dios, haz algo con esos susurros lascivos! pero no vuelvas a acercarlos a mi oreja, te lo ruego, que no creo estar curada de ti y no quiero que la costumbre de quererte vuelva de regreso.

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