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Una carta de (cl)amor retrospectivo

Querida Tú:

Te envío las palabras de un ayer que no termina de secarse. Relájate, no llevan odio. Me dijeron en la oficina de correos que el límite del peso del sobre era de dos kilogramos. No obstante, puede que hayas notado un estruendo al abrir el folio. Lo siento, no era mi intención alarmarte con el bullicio de mis letras. Reconozco que los gritos de incomprensión con los que iban envueltas, oprimían demasiado. De todos modos, solo he querido mandarte algunas cosas que albergaba en el corazón, ya no sabía dónde colocarlas para no tropezarme con ellas en las noches cerradas. Y te las remito a ti, porque te sabes destinataria de todo, hasta de lo que no escribo, como no podía ser de otra manera dentro de tu peculiar forma de creerte el centro, única.

Te devuelvo el silencio que me has regalado, esa bambalina que oculta tu voz, tu cuerpo y tu vasta colección de sofismas que, imagino, habrás ampliado. También, he incluido la libertad de no poder verte. Quizá, sea lo que más pese dentro de esta remesa, lo sé. ¡Ah! Si no te importa, añado, además, el trozo de mí que no soy desde que no estoy contigo, y el trozo de ti que permaneció a mi lado. Este último, desvaído ya por la acumulación de otoños en su haber, respira a duras penas. A veces, desflema improperios, y no faltan las ocasiones —pocas, pero las hay, no sé si considerarlo una suerte o un infortunio— en las que hiende mi pecho y lo atraviesa con tu recuerdo más hermoso. 

A continuación y, por último —no quiero molestarte en exceso—, aludiré otras naderías que introduje. A saber: el aliento que me diste cuando me ahogaba, los versos que decían que jamás seríamos como el resto, las discusiones que indicaban lo contrario, las calumnias que olvidaste en mi bolso y los susurros. ¡Por Dios, haz algo con esos susurros lascivos! pero no vuelvas a acercarlos a mi oreja, te lo ruego, que no creo estar curada de ti y no quiero que la costumbre de quererte vuelva de regreso.

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandarí…

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.