Por la musa mueren diez versos al día

Por la musa mueren diez 
versos al día
y renacen otros cuantos.
Unos,
turbados, delirantes.
Otros,
montados en alambre,
dotados de frescura
e ironía.

Casi siempre aparecen
los que siguen queriéndote
y extrañan
al regimiento de mariposas
que usaban mi estómago
como una cama elástica,
como una jaula fáustica,
como una de esas redes llenas de peces
que no esperaban verse
atrapados en ella.

Es tan fácil confundirte
con el mejor de tus recuerdos,
querida musa,
que, a veces, intento
volver a escribir imaginando
tu mirar de gato
clavado en mis pupilas,
creciendo las camelias
alrededor del marco
de la ventana abierta
que cerraré 
—puede que algún día—.

Hoy no llueve.

Quizá, estoy dormida
y todo esto es un sueño.
Mi habitación, jardín segado,
y yo solo un insecto
que teme que lo aplaste
el tiempo.

Y tú...
Aliento dado a mis letras,
la mano que mecía la cuna
subida a una estrella.
Ahora invento, quimera,
motivo, culpable,
chapuza, excusa...
quién sabe. 

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