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Para que tú me creyeras

Para que tú me leyeras
nunca escribí un poema,
porque sé que te aburren
desde el primer verso.
Demasiado pastel
adornando el exceso.
No me ibas a escuchar
por mucho que quisiera.

Para que tú volvieras,
volví yo a rezar una docena
de veces, de años que gruñen
porque todavía no has vuelto.
Procuro toser,
avivar el silencio,
conseguir que salgas
de tu madriguera.

Para que tú me creyeras
tendría que mentir o decírtelo ella,
inducirte a que dejes el bucle,
a que cambies de tercio.
Debería perder
mi miedo a perder (lo que no tengo).
Deberías lanzar
tus rencores, sin más, a una hoguera.

Y aún me faltarían versos
si quisiera decir
que merece la pena.

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Decía Benedetti que el tiempo es como el viento, empuja y genera cambios. Qué te voy a decir a ti, querida Wendy, dríade abrazada a árboles de nieve, deslucida sombra en noches de insania y, de vez en cuando, marioneta subida a caballos de acero, desbocados. Qué te voy a decir a ti, depósito de miedos y albergue de almas opacas... Todo eso eras, hasta que dejaste de serlo. Porque siempre hay un comienzo, ¿verdad? Porque la espera irrita, indigna y desalienta; pero, también, es capaz de acaparar toda la energía que deberíamos invertir en VIVIR, antes de que la palabra «tarde» se pose sobre la lánguida boca de un cuerpo perecedero. 

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Versos en Peñamellera

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