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No sé a qué te pareces (segunda parte)

Más tarde,
cuanto más me lo sabía,
más vendaje acumulado y el salitre,
huella de las humedades solo,
huella de la sal salpicada
por la ola. 
¿Quién ha visto en pecho ajeno
una puerta de salida a sus ahogos?
¿Cuánto dura ese esplendor 
tan de mentira?
Tu sonrisa perdía brillo. Yo seguía siendo imbécil, esperando... ¿Qué quería que ocurriera? ¿Que cambiaras tú el rumbo  de mis pasos por el rumbo de los tuyos?
No sé a qué te pareces, pero sé que mi apariencia dependía de tu aliento, sometida a la esperanza de que fueras capaz tú de darme nombre.

Nada nos pertenece

Mi cuerpo es un saco de huesos
vestido con carne caduca
que sangra poesía.
Una casa de alquiler
en la que, a veces,
me cuesta vivir.

Llegará el día en que prescriba
el uso de las manos,
de estas piernas, de estos brazos.
¿Y, luego, qué?

Nada nos pertenece,
salvo este instante.
No hay más oportunidades.
Seremos desahuciados
del alojamiento carnal
que nos cobija
y de nada servirá
todo lo que acumulamos.

Estamos educados
en la importancia de un tiempo
que no llegó.
Entrenamos la paciencia,
sacamos brillo a los sueños
y esperamos un después.
 
¿Dónde quedará el futuro?
¿Para qué servirá
el largo plazo?

Seremos menos que invisibles
con la ambición desnutrida
tras aquella despedida
que no tiene otra detrás.

No quiero imaginar cómo será
el último adiós
de los atardeceres en la playa,
de las rutas de montaña,
de mi plato favorito,
de las risas con amigos
y familia.

¡Despertad!

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