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No sé cómo llamarlo

El sol, que lo ve todo, me comprende. Luis García Montero


Yo no sé cómo llamarlo,
a pesar de lo sencillo que parece
asomando en otras bocas que lo usan
por costumbre, finta, escolta.
Las palabras que pronuncian
son el pomo de ese baño
donde puede entrar cualquiera.
El orgullo enarbolado
no sabrá contar las llagas
de los dedos que se incrustan
en el remo de mi barca
cada vez que vienen olas.
Y eso pasa a diario.

Yo no sé cómo llamarlo,
ni sentirlo como otros
ni tampoco tengo flores
ni jarrones para adorno
ni acierto con el lazo
—en las patas del novillo—,
ni me salen letras cursis
—de la idiota del pasado—,
ni me sabe a chocolate...
ni te ensucio con un cuento
hoy las manos.

Yo no sé cómo llamarlo, pero sé
que detrás de los versos, de los flecos
del poema
que se va escribiendo solo,
hay una vida que urge y no hay
empeño que lo frene
porque siempre, siempre
estará tu voz.

Nada nos pertenece

Mi cuerpo es un saco de huesos
vestido con carne caduca
que sangra poesía.
Una casa de alquiler
en la que, a veces,
me cuesta vivir.

Llegará el día en que prescriba
el uso de las manos,
de estas piernas, de estos brazos.
¿Y, luego, qué?

Nada nos pertenece,
salvo este instante.
No hay más oportunidades.
Seremos desahuciados
del alojamiento carnal
que nos cobija
y de nada servirá
todo lo que acumulamos.

Estamos educados
en la importancia de un tiempo
que no llegó.
Entrenamos la paciencia,
sacamos brillo a los sueños
y esperamos un después.
 
¿Dónde quedará el futuro?
¿Para qué servirá
el largo plazo?

Seremos menos que invisibles
con la ambición desnutrida
tras aquella despedida
que no tiene otra detrás.

No quiero imaginar cómo será
el último adiós
de los atardeceres en la playa,
de las rutas de montaña,
de mi plato favorito,
de las risas con amigos
y familia.

¡Despertad!

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