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Lo que no supe decirte (a tiempo)

Recuerda que no hay nada que no pueda
ocurrir cualquier día.
Benjamín Prado


Acostumbrada a una verbosidad
exenta de límites,
más aún, de cordura.
Acostumbrada a una lengua
que lamía poemas hasta besar
sus cimientos.
Acostumbrada a tenerte
y a sentirme, por momentos,
y, según las circunstancias:
la reina del mambo,
la lista de clase,
la espabilada,
la buena,
la digna,
la que merecía seguir
viviendo historias,
si no contigo,
con otro, con otra.
¿Cómo no iba a ser una sorpresa
que me faltara la voz
en una cárcel de dientes y prejuicios
que, hasta entonces,
había llamado boca?

Más tarde, fue ya nunca.

Me quedé a solo catorce versos
de un soneto elocuente.
El índice clavado en la tecla
de la flecha que mira al oeste.

Y ahora, a destiempo, a desmano,
si acaso estas letras llegaran
a la ventana de tus ojos
donde siempre es verano
y el océano se refleja,
no seré yo quien te cuente
que la música no suena
como cuando tú bailabas,
que el sexo ya no inventa
lugares donde hacerlo,
que al lienzo le sobran trazos
de un pincel seco
desde que tú no dibujas,
que llevo tu fotografía gastada
en la yema de los dedos,
que no tengo respuesta
para tanto misterio.

¿Cómo llego a ti sin romperle
las alas al silencio?

¿Cómo quieres que te diga
lo que no supe decirte
a tiempo?

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandarí…

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.