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Enamorarte

No confundas deseo con pasión:
deseo vale más, pues nunca muere.
Felipe Benítez Reyes



Te pregunto
—aun sabiendo la respuesta
y teniendo la certeza
de lo inútil que resulta
debatir cuando estás sola—:
¿cómo consiguió enamorarte?

Me pregunto
—aunque sirva de muy poco
viendo el tiempo que ha pasado
y el diluvio que ha llovido
desde entonces—:
¿qué hizo falta?

Noto el peso que me cierra
las pestañas,
el silencio que nos queda
como un barco navegando
mar adentro,
y un suspiro se me escapa
de los labios si me acuerdo
de tus manos gobernando
inquietudes en mis muslos,
de mis dedos recreando
el deseo en tu espalda
y la cama transformada
en un campo azul de espigas
con el sol cayendo lento
evitando molestarnos.

Cuántas veces, cuántas noches
más despiertas que los días...
Me mirabas como un tigre a su presa,
yo no sé si lo recuerdas
—¡qué me jode tu memoria!—,
te miraba tan rebelde como húmeda,
tan vibrante como hambrienta,
descendiendo a tropel
por tus costillas,
rodeaba el ombligo y esperaba
en tus caderas un aullido.
Nadie sabe qué ecuaciones
he dejado formuladas
en tu cuerpo.
¿Cuándo empezó la carrera?
¿Quién ganó?

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Decía Benedetti que el tiempo es como el viento, empuja y genera cambios. Qué te voy a decir a ti, querida Wendy, dríade abrazada a árboles de nieve, deslucida sombra en noches de insania y, de vez en cuando, marioneta subida a caballos de acero, desbocados. Qué te voy a decir a ti, depósito de miedos y albergue de almas opacas... Todo eso eras, hasta que dejaste de serlo. Porque siempre hay un comienzo, ¿verdad? Porque la espera irrita, indigna y desalienta; pero, también, es capaz de acaparar toda la energía que deberíamos invertir en VIVIR, antes de que la palabra «tarde» se pose sobre la lánguida boca de un cuerpo perecedero. 

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Versos en Peñamellera

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