Despertares épicos

Jueves, temprano, muy temprano. No sé qué hora marca el reloj. Mi ventana dice que son las cinco gorriones menos veinte que deben haberse marchado ahora mismo del alféizar, a juzgar por la jarana que ha logrado desvelarme. Los cuento desde mi cajón de sueños, recostada en la cabecera. Ellos me miran y parecen preguntarme: ¿te hemos despertado, reclusa? Por momentos, me dan ganas de saltar de la cama y espantarlos. Ellos tienen la culpa de que te hayas ido. Hace solo un instante estabas aquí, amasando mi piel, dando forma a la poesía mientras yo exploraba tus estrofas y mordía tus versos como si no hubiera un mañana. Éramos dos cuerpos a la brasa subidos a un colchón que se mecía en alta mar de lava, surcando la noche. Nunca había visto el mundo desde un ombligo tan hermoso. A lo mejor, influye que usaba de lumbre tus ojos. Cuanto más recuerdo, más me enfado con los gorriones. Estaba cubriéndote con la humedad de mis poemas, y tú, ¿qué me dices de tu arte a brochazos de lengua en el lienzo de mi espalda? Ay... una beldad palpable. 

¿Vendrás hoy con el ocaso? No te demores, por favor. Trasnochar sin ti es aburrido. Si vienes, si vuelves a acercar mis dedos a las llamas, prometo quejarme bajito y contraatacar intensamente, empotrarte en la huella húmeda que dejan las olas al desalojar la orilla, jugar con tu entrepierna hasta empolvarte mil veces de arena y sal, de sal y arena. Dejar a todos los cometas con la boca abierta.  

No me retes, no recuerdes, no reproches, no pierdas el tiempo con eso. Cállame los labios, mójate conmigo y pellízcame, que quiero saber que es cierto, que estoy despierta, que has vuelto.

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