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Mostrando entradas de marzo, 2015

Por la musa mueren diez versos al día

Por la musa mueren diez  versos al día y renacen otros cuantos.
Unos,
turbados, delirantes.
Otros,
montados en alambre,
dotados de frescura
e ironía.

Casi siempre aparecen
los que siguen queriéndote
y extrañan
al regimiento de mariposas
que usaban mi estómago
como una cama elástica,
como una jaula fáustica,
como una de esas redes llenas de peces
que no esperaban verse
atrapados en ella.

Es tan fácil confundirte
con el mejor de tus recuerdos,
querida musa,
que, a veces, intento
volver a escribir imaginando
tu mirar de gato
clavado en mis pupilas,
creciendo las camelias
alrededor del marco
de la ventana abierta
que cerraré  —puede que algún día—.
Hoy no llueve.

Quizá, estoy dormida
y todo esto es un sueño.
Mi habitación, jardín segado,
y yo solo un insecto
que teme que lo aplaste
el tiempo.

Y tú...
Aliento dado a mis letras,
la mano que mecía la cuna
subida a una estrella.
Ahora invento, quimera,
motivo, culpable,
chapuza, excusa...
quién sabe.

Transición

Dime que hago con Abril cuando Enero
pesa en la mirada. El sol esparce vida. ¿Ves?La miro...mas no veo.Aquí dentro, en mi humilde olvido el orballo es quien manda, quien siembra con su triste invierno mi primavera.
Los dilemas echan raíces en los bolsillos de mi chaqueta. Toda la casa es un páramo atravesado por una navaja de frío. Ya ni siquiera mi reflejo en el espejo coincide conmigo. Soy solo la silueta de una flor marchita que dejó los pétalos enterrados en tierra.
¿Y si abrimos la jaula y nos dejamos volar? ¿morirá el ruiseñor? A golpes, medio muerto está de tanto chocar contra las rejas donde se encarceló. No es la libertad lo que le dará muerte. Es la duda la que le consumirá.
Cuando quiera respirar, cuando se de cuenta de que vale más la vida que las respuestas, se oxidará el candado que de la jaula una mala primavera olvidó quitar.
Te saqué de mi pecho a empujones y con gritos ciegos. Con el vértigo apretado en un puño, como en aquella estación de metro de aquella gran ciudad. Rodeada de miedos, de dudas, de pen…

Se buscan palabras nuevas

No es tanta mi demanda.
Solo palabras nuevas
que no me pongan
entre la angustia y el papel.
Soldados de paz
que no den guerra
planeando a ras del folio
una emboscada de tristeza.
¡Tampoco es tan difícil!

Quiero grafemas a granel,
vocablos desguazados,
tachones como cejas arqueadas
en forma de mohín
que sirvan de tribuna a los versos
que ya no escribo porque me faltan
un puñado de ideas
y el daño de la luz que no se apaña
para encenderme sin tus ojos.
Y ya que hablamos de ojos...
Quiero los dos de una lechuza
para no verte todos los días
que me acuerdo de ti.

La chica de tu estribillo

He pensado qué suerte tienen las estrellas que pueden avistarte  cada noche desde su tiritar lejano, que son el foco encendido cuando escribes para ella las canciones.
Y he pensado que ya me cuesta repetir en bucle la parte que relata  cuántos sorbos te has bebido en su nombre, dando muerte a los veranos  en su ausencia, o al recuerdo de cuatro pies caminando por la orilla de la playa.
También, he pensado que podría robar tu cuaderno  de voces, cambiar de lugar varias letras, pintar un sombrero en la esquina, al margen, sonrisas o gotas de lluvia, o lirios y rosas azules.
Me he despertado con esa diablura de juego en la cabeza, cuando el sol todavía bostezaba. Sería divertido alterar tu tarareo, vestir tu nostalgia, notar tu punteo surcando  mi espalda, sentir tu susurro escalando  mi cuello, saberte en mi oído, pegarme a tu lengua, besarte las cuerdas y… ser la chica de tu estribillo, compuesta con pesadumbre, capaz de arrancarle de un soplo las dudas a tu melodía.

Una carta de (cl)amor retrospectivo

Querida Tú:
Te envío las palabras de un ayer que no termina de secarse. Relájate, no llevan odio. Me dijeron en la oficina de correos que el límite del peso del sobre era de dos kilogramos. No obstante, puede que hayas notado un estruendo al abrir el folio. Lo siento, no era mi intención alarmarte con el bullicio de mis letras. Reconozco que los gritos de incomprensión con los que iban envueltas, oprimían demasiado. De todos modos, solo he querido mandarte algunas cosas que albergaba en el corazón, ya no sabía dónde colocarlas para no tropezarme con ellas en las noches cerradas. Y te las remito a ti, porque te sabes destinataria de todo, hasta de lo que no escribo, como no podía ser de otra manera dentro de tu peculiar forma de creerte el centro, única.
Te devuelvo el silencio que me has regalado, esa bambalina que oculta tu voz, tu cuerpo y tu vasta colección de sofismas que, imagino, habrás ampliado. También, he incluido la libertad de no poder verte. Quizá, sea lo que más pese dent…

Enamorarte

No confundas deseo con pasión: deseo vale más, pues nunca muere. Felipe Benítez Reyes


Te pregunto
—aun sabiendo la respuesta
y teniendo la certeza
de lo inútil que resulta
debatir cuando estás sola—:
¿cómo consiguió enamorarte?

Me pregunto
—aunque sirva de muy poco
viendo el tiempo que ha pasado
y el diluvio que ha llovido
desde entonces—:
¿qué hizo falta?

Noto el peso que me cierra
las pestañas,
el silencio que nos queda
como un barco navegando
mar adentro,
y un suspiro se me escapa
de los labios si me acuerdo
de tus manos gobernando
inquietudes en mis muslos,
de mis dedos recreando
el deseo en tu espalda
y la cama transformada
en un campo azul de espigas
con el sol cayendo lento
evitando molestarnos.

Cuántas veces, cuántas noches
más despiertas que los días...
Me mirabas como un tigre a su presa,
yo no sé si lo recuerdas
—¡qué me jode tu memoria!—,
te miraba tan rebelde como húmeda,
tan vibrante como hambrienta,
descendiendo a tropel
por tus costillas,
rodeaba el ombligo y esperaba
en…

Despertares épicos

Jueves, temprano, muy temprano. No sé qué hora marca el reloj. Mi ventana dice que son las cinco gorriones menos veinte que deben haberse marchado ahora mismo del alféizar, a juzgar por la jarana que ha logrado desvelarme. Los cuento desde mi cajón de sueños, recostada en la cabecera. Ellos me miran y parecen preguntarme: ¿te hemos despertado, reclusa? Por momentos, me dan ganas de saltar de la cama y espantarlos. Ellos tienen la culpa de que te hayas ido. Hace solo un instante estabas aquí, amasando mi piel, dando forma a la poesía mientras yo exploraba tus estrofas y mordía tus versos como si no hubiera un mañana. Éramos dos cuerpos a la brasa subidos a un colchón que se mecía en alta mar de lava, surcando la noche. Nunca había visto el mundo desde un ombligo tan hermoso. A lo mejor, influye que usaba de lumbre tus ojos. Cuanto más recuerdo, más me enfado con los gorriones. Estaba cubriéndote con la humedad de mis poemas, y tú, ¿qué me dices de tu arte a brochazos de lengua en el l…

Nada nos pertenece

Mi cuerpo es un saco de huesos
vestido con carne caduca
que sangra poesía.
Una casa de alquiler
en la que, a veces,
me cuesta vivir.

Llegará el día en que prescriba
el uso de las manos,
de estas piernas, de estos brazos.
¿Y, luego, qué?

Nada nos pertenece,
salvo este instante.
No hay más oportunidades.
Seremos desahuciados
del alojamiento carnal
que nos cobija
y de nada servirá
todo lo que acumulamos.

Estamos educados
en la importancia de un tiempo
que no llegó.
Entrenamos la paciencia,
sacamos brillo a los sueños
y esperamos un después.

¿Dónde quedará el futuro?
¿Para qué servirá
el largo plazo?

Seremos menos que invisibles
con la ambición desnutrida
tras aquella despedida
que no tiene otra detrás.

No quiero imaginar cómo será
el último adiós
de los atardeceres en la playa,
de las rutas de montaña,
de mi plato favorito,
de las risas con amigos
y familia.

¡Despertad!

Siempre tuve miedo

No es nada nuevo:
siempre tuve miedo
del reposo de la incertidumbre
en mi hombro,
tan cerca de la oreja
dejando un susurro
para recordarme
que pronto,
que tarde,
cualquier cosa podría
ocurrirme.

Sé que, por ese motivo,
muchos días,
muchas noches,
dormidas las calles
y yo muy despierta,
se me acababan las ovejas
y empezaban las dudas,
las inquietudes,
los temores,
hasta la llegada del alba,
atravesada la oscuridad
por las primeras flechas
de sol.

Con el tiempo han cambiado
las costumbres.
Ya no escuecen
las voces pretéritas
ni asustan los monstruos.
Ya no sirven las sábanas
de escudo
ni quejarse compensa.
He aprendido
que el error es humano
y también la disculpa,
que callarse es hablar
con los ojos
siempre que alguien los vea.
Aunque no es nada nuevo
que el miedo, a veces,
vuelva.

Para que tú me creyeras

Para que tú me leyeras
nunca escribí un poema,
porque sé que te aburren
desde el primer verso.
Demasiado pastel
adornando el exceso.
No me ibas a escuchar
por mucho que quisiera.

Para que tú volvieras,
volví yo a rezar una docena
de veces, de años que gruñen
porque todavía no has vuelto.
Procuro toser,
avivar el silencio,
conseguir que salgas
de tu madriguera.

Para que tú me creyeras
tendría que mentir o decírtelo ella,
inducirte a que dejes el bucle,
a que cambies de tercio.
Debería perder
mi miedo a perder (lo que no tengo).
Deberías lanzar
tus rencores, sin más, a una hoguera.

Y aún me faltarían versos
si quisiera decir
que merece la pena.

Lo que no supe decirte (a tiempo)

Recuerda que no hay nada que no pueda ocurrir cualquier día. Benjamín Prado

Acostumbrada a una verbosidad
exenta de límites,
más aún, de cordura.
Acostumbrada a una lengua
que lamía poemas hasta besar
sus cimientos.
Acostumbrada a tenerte
y a sentirme, por momentos,
y, según las circunstancias:
la reina del mambo,
la lista de clase,
la espabilada,
la buena,
la digna,
la que merecía seguir
viviendo historias,
si no contigo,
con otro, con otra.
¿Cómo no iba a ser una sorpresa
que me faltara la voz
en una cárcel de dientes y prejuicios
que, hasta entonces,
había llamado boca?

Más tarde, fue ya nunca.

Me quedé a solo catorce versos
de un soneto elocuente.
El índice clavado en la tecla
de la flecha que mira al oeste.

Y ahora, a destiempo, a desmano,
si acaso estas letras llegaran
a la ventana de tus ojos
donde siempre es verano
y el océano se refleja,
no seré yo quien te cuente
que la música no suena
como cuando tú bailabas,
que el sexo ya no inventa
lugares donde hacerlo,
que al lienzo le s…