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¿Y si culpamos a Neruda?

Fuimos cerezos insaciables
cazando primaveras,
los versos más tristes
de las noches estrelladas,
mariposas de sueño calladas,
ausentes.
Dos corazones convictos
confesando haber vivido revueltas
en camas de sílice demolida
y, luego... luego, nada.

La culpa es de Neruda
que nos dijo las palabras
que caben en un beso,
y dejó que se enredaran
nuestras lenguas kamikazes
salivando sus poemas,
entonando una canción desesperada
al final del trayecto.

¿Y si culpamos a Neruda
de lo nuestro?
Hagamos aviones de papel
con sus sonetos,
quememos las odas,
las preguntas, los cantos,
las cartas...
y, así con todo,
todo lo que nos recuerde
que fuimos una vez,
una sola.

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Nuevos aires, querida Wendy

Decía Benedetti que el tiempo es como el viento, empuja y genera cambios. Qué te voy a decir a ti, querida Wendy, dríade abrazada a árboles de nieve, deslucida sombra en noches de insania y, de vez en cuando, marioneta subida a caballos de acero, desbocados. Qué te voy a decir a ti, depósito de miedos y albergue de almas opacas... Todo eso eras, hasta que dejaste de serlo. Porque siempre hay un comienzo, ¿verdad? Porque la espera irrita, indigna y desalienta; pero, también, es capaz de acaparar toda la energía que deberíamos invertir en VIVIR, antes de que la palabra «tarde» se pose sobre la lánguida boca de un cuerpo perecedero. 

Un día te sonó la alarma del aire nuevo. No me extraña en absoluto tu sorpresa, mirando a todas partes, buscando la cámara oculta e irónica de la realidad que te llovía en ese momento. Incrédula, como todo aquel que ha perdido demasiado tiempo lamiéndose las penas, en lugar de encaminar la barbilla y los ojos hacia lo cierto, que no es más que una simpleza…

Versos en Peñamellera

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Carreteras de culebra,
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Tardé lo que tarda un instante
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Además, no cabe duda:
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sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
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y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
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Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
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