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Tenías razón

Tenías razón. 
Como sé que querías escucharlo,
lo escribo.
No miento si digo que no es
por llevar la contraria.
No tengo una lengua tan larga
que sirva de puente
para llegar
a ti.

Tenías razón.
Debería habértela dado,
ya entonces,
pero dártela era 
quedarme sin nada,
aceptar la derrota,
bajarme las bragas,
pasarte el trofeo,
comerme el error.
Sé que habrías pagado
por verme aceptarlo,
por eso, negué tantas veces.
No. No. No. No. No.

Si es que... tenías razón.
Hay luceros que rutilan,
sobre todo, en lo oscuro
Venus brilla,
alecciona con maestría
desenvuelta 
sin privarse de juicios
desde su balcón.
Y por mucho 
que me joda repetirlo 
—que me jode, mucho, mucho—, 
tenías razón.
No debí desdeñarte,
decirte que eras mi gafe,
mi cáncer, mi lastre,
mi luz apagada,
mi acidez diaria,
mi gran duermevela,
mi peor elección.

Como sé que no sirve 
de nada, 
te lo escribo ahora.
Tenías razón.

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