Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de febrero, 2015

Tenías razón

Tenías razón.  Como sé que querías escucharlo, lo escribo. No miento si digo que no es por llevar la contraria. No tengo una lengua tan larga que sirva de puente para llegar a ti.
Tenías razón. Debería habértela dado, ya entonces, pero dártela era  quedarme sin nada, aceptar la derrota, bajarme las bragas, pasarte el trofeo, comerme el error. Sé que habrías pagado por verme aceptarlo, por eso, negué tantas veces. No. No. No. No. No.
Si es que... tenías razón. Hay luceros que rutilan, sobre todo, en lo oscuro Venus brilla, alecciona con maestría desenvuelta  sin privarse de juicios desde su balcón. Y por mucho  que me joda repetirlo  —que me jode, mucho, mucho—,  tenías razón. No debí desdeñarte, decirte que eras mi gafe, mi cáncer, mi lastre, mi luz apagada, mi acidez diaria, mi gran duermevela, mi peor elección.
Como sé que no sirve  de nada,  te lo escribo ahora. Tenías razón.

Vivir en tu ombligo.

Pretendía un soneto divertido,
un resumen de penas mal matadas.
Hallar a tus razones el sentido,
secar todas las lágrimas lloradas.

Si, acaso, alguien me explica los motivos,
escucharé, me quedaré callada,
aunque, me temo, que en lo sucesivo,
ni tú ni nadie va a explicarme nada.

Ya sacaré mis propias conclusiones
sin tu verdad, maraña de mentiras
que ha logrado dejar manchado el trigo.

Ya no respiro el aire que respiras
ni sigo al pie todas tus instrucciones.
Ya me mudé del hogar de tu ombligo.

Billete de vuelta (parte 2 de 3)

Si quería llegar a su vagón debía continuar atravesando aquel pasillo pero un miedo contradictorio le impedía avanzar. Miedo a que la reconociera. Miedo a que no lo hiciera. Deseó retroceder sobre sus pasos y regresar a la cafetería, pedirse algo con alcohol, hacerse invisible, sentarse al lado de Samuel, saltar del tren en marcha... en unos segundos, lo quiso todo y no hizo nada. Como una estatua, permaneció inmóvil hasta que notó que alguien le ponía la mano en la cintura. Era una anciana que a duras penas le llegaba por el hombro y gruñía para que se apartara del pasillo. Violeta se disculpó y la dejó de pasar. 
— Violeta, ¡qué casualidad!
Samuel se había girado al oír a la señora y ahora la miraba a ella con asombro y una sonrisa enorme plantada en la cara.
— Hola, Samuel —respondió a secas, petrificada. — No sabía que viajábamos en el mismo tren —comentó él incorporándose del asiento. — Yo tampoco, jamás habría subido —pensó, pero no lo dijo—. Ni yo.
Volvía a sentir la contradic…

¿Y si culpamos a Neruda?

Fuimos cerezos insaciables cazando primaveras,
los versos más tristes
de las noches estrelladas,
mariposas de sueño calladas,
ausentes.
Dos corazones convictos
confesando haber vivido revueltas
en camas de sílice demolida
y, luego... luego, nada.

La culpa es de Neruda
que nos dijo las palabras
que caben en un beso,
y dejó que se enredaran nuestras lenguas kamikazes salivando sus poemas, entonando una canción desesperada
al final del trayecto.

¿Y si culpamos a Neruda
de lo nuestro?
Hagamos aviones de papel
con sus sonetos,
quememos las odas,
las preguntas, los cantos,
las cartas...
y, así con todo,
todo lo que nos recuerde
que fuimos una vez,
una sola.

Estoy bien

Feliz. Por fin lo he superado, ahora solo sueño contigo seis veces por semana. Te lo juro, solo seis. Los viernes no duermo, escribo. Aunque, los viernes sí que sueño contigo, sueño despierta. Estoy mirando a través del cristal de la ventana y te veo pasar en bicicleta o apareces en el fondo de la taza de café, sin avisar, de manera repentina, de la misma manera que saliste de mi vida. Bueno, en realidad no fue algo inesperado. Te fuiste poco a poco, deshilachándote y dejándome desnuda.
Cómo me habría gustado vestirme contigo a diario, maquillarme con tus besos y usar tus brazos de bufanda en los días fríos. Cómo habría disfrutado apartando las sombras que restaban brillo a tu sonrisa. Cómo habría defendido tus locuras, equivocándome contigo, tropezando en tus piedras y lamiéndote hasta las heridas. 
Ojalá tú puedas estar tan bien como yo y me taches trescientas sesenta y cinco (o sesenta y seis) veces en el calendario. Ojalá me olvides cada día o, mejor aún, me recuerdes cada noche.…

Billete de vuelta (parte 1 de 3)

Violeta despegó su cuerpo del asiento con dificultad. Tenía las piernas entumecidas después de tres horas de viaje y necesitaba escapar, por un rato, de los ronquidos del pasajero que viajaba a su lado. Atravesó el pasillo de su vagón sorteando codos y zapatos mientras recobraba la movilidad, y cruzó dos vagones más hasta llegar a la cafetería. Al entrar observó que el mostrador más inmediato estaba ocupado por tres ejecutivos de trajes impolutos y zapatos relucientes, que discutían sobre la noticia del periódico abierto frente a ellos. Buscó con los ojos un espacio para apoyarse y eligió la barra lateral izquierda situada a lo largo de una de las ventanas. Pidió un café con leche. Desde su postura descansada, contemplaba el paisaje desenfocado del exterior, donde las llanuras se hacían interminables al igual que aquel dichoso viaje. Llevaba un año sobreviviendo en Bari, al sur de Italia, pero había decidido volver tras conocer que su padre había recaído en su enfermedad. Por eso, ib…