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Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe
de un modo diferente al esperado.
Luis García Montero


Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».

Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandaría al infierno tus razones,
porque no tenías razón, no, no la tenías. No toda. Sin embargo, siento que te la di íntegra al abandonar nuestra partida por la puerta del silencio, la salida del cobarde. Mandaría al mismo sitio, al mismo tiempo, mis razones, los temores y juicios de valor que marcaron la frontera titulada «imposible». Acabaría citando todas las incógnitas fabricadas a lo largo de los días, las despertaría del incómodo letargo en el que permanecen a la espera de un reencuentro. Aunque, reconozco que he perdido la paciencia y la esperanza, en ese aspecto. Y ya no sé si te marchaste a destiempo o fue oportuno tu desplante, solo sé que yo no supe aprovecharlo. Soy un desastre a la caza de momentos, maestra en llegar tarde y, casi siempre, a mal puerto.

Si pudieras escucharme, te diría la verdad que a mí me niego porque quiero ser la ciega, ya que me tocó estar viva. Hace años, permitía que mi cuerpo se quejara a diario, reprochándome la huída, no haber vuelto al epicentro de hermosura que pariste. Ojalá lo hubiera hecho, pero no como lo hice cuando puse aquella tarde todo el sur patas arriba. 

A buenas horas tantos versos...

Si pudieras escucharme, convendrías, como poco, que la historia hoy sería diferente si hubiésemos hablado un instante y, por lo menos, nos habría quedado en la memoria un recuerdo menos grave, aunque sabes que nada hubiera cambiado.  

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.