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Será que mi sed de azul es parecida.

Será que mi sed de azul es parecida
y me ahogo en sitios grandes, saturados,
y me sobra media gama de colores
de entre todos los que la ciudad me vende.
Puedo entender tu agobio.
Quizá, no es nada nuevo:
¿quién se salva de ser un poco gato?

Te habita una ciudad sin ser su habitante.
Yo soy de cada hogar que tiene por pelusas
algunos de mis lloros
y busco el azul, a veces, me impaciento;
llega pronto, llega tarde…
depende de mis ojos ese día.

¿Por qué no bailamos al borde,
también, nosotros?
Hay una orilla esperándonos, deseando
que le besemos sus labios azules.
Estoy segura.

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe
de un modo diferente al esperado.
Luis García Montero


Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».

Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandaría al infierno tus razones,
porque no tenías razón, no, no la tenías. No toda. Sin embargo, siento que te la di íntegra al abandonar nuestra partida por la puerta del silencio, la salida del cobarde. Mandaría al mismo sitio, al mismo tiempo, mis razones, los temores y juicios de valor que marcaron la frontera titulada «imposible». Acabaría citando todas las incógnitas fabricadas a lo largo de los días, las despertaría del incómodo letargo en el que permanecen a la espera de un reencuentro. Aunque, reconozco que he perdido la paciencia y la esperanza, en ese aspecto. Y ya no sé si te marchaste a destiempo o fue oportuno tu desplante, solo sé que yo no supe aprovecharlo. Soy un desastre a la caza de momentos, maestra en llegar tarde y, casi siempre, a mal puerto.

Si pudieras escucharme, te diría la verdad que a mí me niego porque quiero ser la ciega, ya que me tocó estar viva. Hace años, permitía que mi cuerpo se quejara a diario, reprochándome la huída, no haber vuelto al epicentro de hermosura que pariste. Ojalá lo hubiera hecho, pero no como lo hice cuando puse aquella tarde todo el sur patas arriba. 

A buenas horas tantos versos...

Si pudieras escucharme, convendrías, como poco, que la historia hoy sería diferente si hubiésemos hablado un instante y, por lo menos, nos habría quedado en la memoria un recuerdo menos grave, aunque sabes que nada hubiera cambiado.  

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