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Mostrando entradas de 2015

La penúltima vez que te echo de menos

Si llego a saber que ibas a quedarte
tanto tiempo en mi memoria,
te habría preparado una habitación
confortable,
con grandes ventanas
para que no te faltara
la luz o el aire.

Sin embargo,
como lo tuyo fue
una ocupación sin ruido,
un golpe bajo
caminando de puntillas y descalza,
cuando quise darme cuenta
ya era tarde.

Vives clavada en algún rincón
de mi pajar.

Lo único que me molesta
es que tu realidad tenga la cara de ayer
y la imaginación no me baste
para dibujarte en presente.

Miento.

También, me molesta el invierno
que llevo en el pecho,
porque sé que la opción
de no amarte
está apoyada en la parada
del saber lo que tú sientes,
como quien se mantiene a la espera
de un autobús
que ni siquiera quiere que llegue,
porque la duda huele a esperanza
y sabe a jarabe de fresa.

No me crees, claro,
ya no.

Por eso, me miras con tu rostro
de entonces,
arqueando las cejas,
curva incrédula
sobre dos abismos
que me atrapan
en pretérito imperfecto
con su cárcel de pestañas.
Y yo no me esfuerzo
porque me da igual lo que piense
un …

Hartazgo

Presiento que corro detrás de la urgencia
como si fuera ella quien me persigue a mí.
Avivo los pasos en suelo mojado, aplasto la lluvia y voy resbalando, bailando los pies, bailando las manos en una caída dura de evitar. 
Al tiempo que vuelvo a recomponerme sobre mis pilares, hinojos sin fruto,  deshojo relojes que siempre me estafan las horas, los días deseo que avancen, que el cielo se aclare para que lo entienda. Un rompecabezas es cada amanecer.
Pretenden que aguante diciendo  que ya falta poco. El fango me cubre y ya nunca escampa en tierra de nadie. No sabemos adónde, pero hemos llegado. No hay brotes ni mejoramiento, si algo incrementa es el peso y la cana y la grima y las llagas y los peros y los luego y los menos y la deuda y el miedo.
¿Cuánto cuesta estar despierto?  Ellos mienten mientras yo me ahogo. Hartazgo que tengo de medios, de prisa, de paro, de duda, de todo.

Cazar estrellas fugaces al vuelo

A mí,
que me sobran dedos
en las manos
tecleando sensaciones.
Que pierdo lágrimas
de alegría
visitando Cádiz
y su provincia.
Que me sonrojo
y revivo
cuando llego a Sevilla.
Que siento
a mordida cordobesa
que atraviesa mi tristeza
y la desgarra,
cada vez que vengo
a mi tierra.
Que hipotequé mi corazón
para comprarle una venda.
Que me acostumbré
a ser nómada
porque todos los sitios
pueden ser casa y cárcel,
paraíso y tinieblas.

A mí,
que se me duermen
las películas
sobre los párpados.
Que me cuesta
recordar el futuro
porque deshago los planes
mil veces al día.
Que tapo con recelo el folio
cuando escribo.
Que, a veces, me siento minúscula
y sin tinta.

A mí,
que me abruman los bullicios.
Que prefiero charlar con nadie,
o solo conmigo,
si me aprieta el vacío
na tarde de domingo.
Que soy feliz con una copa
de vino dulce,
frío.

A mí,
me salvas tú
en cada verso,
me sacas el verbo,
me aclaras el negro,
me alivias los miedos,
me borras el pero,
me excitas el gesto,
me abres el cielo,
me quitas …

La luna en Granada

Ayer volvieron las manos al libro
dormido en otro de la estantería.
Tu letra a bolígrafo en la última hoja
era un ciclón de tinta.

Con un optimismo de azul caduco
que, a lo mejor, no lo sé, no quería
pincharme con la ilusión de sus tildes,
esperanza sucinta.

Dijiste entonces, en aquel diciembre
mágico, que siempre recordarías
nuestro viaje de cultura y leyenda.
Rebobina la cinta.

Granada era joven y tú tan linda.
Yo... qué sé; sabía que volverías
a la tierra nazarí, no conmigo.
Me hiciste algunas fintas.

No dibujamos ni una sola luna
más con el humo blanco que salía
plantándole un beso a aquella cachimba.
La esperanza despinta.

¿Cuándo más tardes en el Albaicín?
Regresar al Generalife un día.
No lo olvides, yo nunca olvidaré
esa promesa extinta.

Lo que me pasa contigo

Presiento que mi frente se ha convertido en un letrero gigante con letras fluorescentes que, de forma intermitente, revela sentimientos. Por eso, llevo el flequillo de cortina a medio descorrer, para que entre luz, pero no sea tan evidente lo que me pasa contigo.
Lo que me pasa contigo... ¿Qué me pasa contigo?
Hablo como si lo supiera, sin embargo, lo único que tengo claro es que se me escurre tu nombre de la boca y te derramo en todas las conversaciones que mantengo, de una u otra forma. Además, es extraño, cada vez que te veo, suena la misma melodía de Ludovico Einaudi en mis oídos -Una mattina-. Digo que suena en mis oídos porque dudo mucho que el ayuntamiento haya colocado hilo musical en las calles, coincidiendo esa misma canción repetida todo el tiempo, en cualquier sitio que te encuentro. Si al menos tú me mirases con ojos de estar escuchándola también, me sentiría menos idiota. En lugar de eso, tu mirada me atraviesa, como a quien no se ha visto en la vida ni se necesita ver.…

Cómo será entenderte

¿Cómo será entenderte?
Aún se posa esa pregunta
en mi ventana
cuando el sol corre las nubes
de cortina en el cielo.

Hubo un tiempo de gloria,
lo recuerdo.
Eran mis letras deidades
que servían de consuelo
a tu tristeza.
Sabía dar nombre
a los monstruos vivos
en tu pecho.
Qué bien escribes, mi vida
—me decías—,
y yo, que me asusto cuando  oigo aplausos, camuflaba el bochorno en el albergue de tu cuello,
complacida al escucharte,
timorata, pese a todo.
Siempre me asustó
lo fugaz de las opiniones.

¿Cómo habría sido entenderte?
Debo este poema a esa incógnita
mal pespuntada.
Tal vez, si hubiese combinado
con más acierto
tu aridez y mis dramas,
o hubiera plantado cara al ruido
que hace el miedo al fracaso...
Dirán que ya no sirve,
no importa,
no cuenta;
pero sí que cuenta para mí
que odiaba ver a mi romanticismo
suicidándose
en cada uno de tus desplantes.
¿Y si, de repente,
te hubiera dicho que la duda
también me había visitado a mí,
que no solo tú tenías la cabeza
llena de arañas?
Porque a…

La memoria de mi nariz

Tengo días de memoria
como un cielo azul abierto,
otros parecen un muerto
enterrado en nuestra historia.
Aquellas tardes de gloria
conquistando tus caderas
cuando éramos unas fieras,
¿sabes dónde están ahora?
Pasa el tiempo y empeora.
Esperaba que vinieras.

El sabor de tu sonrisa debes saber que he olvidado, que las olas se han llevado lo que no pudo la prisa. Sin embargo, está en la brisa tu fragancia refrescante  y no hay nada que suplante ese olor en mi memoria. No es tu esencia transitoria ni hay dolor que la quebrante.

Mañana será otro verso el que me describa

Mañana será otro verso el que me describa.
Eso espero,
no quiero pasarme los días
haciéndome heridas
con el filo
de las hojas
de los libros
de poesía.

Ellos parecen saberlo todo de mí.

No conozco al poeta retraído que habla
de mis nudos en las tripas
cuando te alejabas.
Ni conozco a la poeta que detalla con precisión lo que pasaba en nuestra cama cual testigo de aquellos incendios. Tampoco conozco al bohemio que
cuenta los tragos que bebí intentando encontrarte
en el fondo del vaso.

No,  no conozco a los que parece que estuvieron
a nuestro lado,  viendo el sol esconderse tras el mar
aquellas tardes de verano.
Y, sin embargo,
siento que ellos sí me conocen a mí,
que escriben las respuestas a mis preguntas
y te echan de más.

Mañana será otro verso el que me describa,
y ese hablará de los sueños que se barren
con la tos seca de la escoba,
de las llagas en las manos,
del enfado que tengo conmigo,
de la paz que tengo sin ti.

Para el amor no hay clases particulares (carta a Wendy)

Querida Wendy:
     Para el amor no hay clases particulares. Un retablo de ensayo y error, error y ensayo. Un contrato entre dos —o tres, o cuatro, o...— que coinciden, porque juntos disfrutan más del baile. No puede ser otra cosa. Jamás un pisotón consentido mientras al reloj se le caen las horas. Eso no huele a amor. Tal vez, a amor fracasado sí, pero no a amor... amor, tú me entiendes. Claro que me entiendes, porque eres a mis errores lo que un gemelo a su idéntico. Por no resoplar no respiras, te ahogas y estiras la cuerda como si entre la tensión máxima y la rotura se hallara tu valentía. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar un amor fracasado? ¿Por qué alargamos el baile cuando lo que nos apetece es salir de la sala? A veces, no veo la diferencia entre el masoquista y el sensiblero.
     Otra cosa: llega un momento en el que la máscara con la que intentamos agradar a los demás se vuelve piel. Te miras al espejo y encuentras un cúmulo de miradas de otros, de sus expectativas, de sus…

Si vienes

Si vienes a este lado del mapa
te enseñaré la playa
que he inventado para ti.
Nuestras ropas arrugadas en la arena
serán parte del paisaje
donde no faltará poesía
porque toda la traerás tú.

Si vienes,
prometo contemplarte hasta
aprenderte de memoria,
creer en los milagros,
quemar mis poemarios,
mudarme a París.

Si vienes,
me quitaré las gafas
y soplaré tan fuerte
que haré que el viento
esparza el miedo
como hace con las semillas
de un diente de león.
Y luego,
ahuyentaré a los monstruos,
olvidaré el decoro,
escribiré de nuevo,
te versaré a ti.

Quizá me dure el sueño
todo el tiempo,
o tarde en romperse
lo que tarda un poeta
en retocar un verso
que no acaba
de perfeccionar.

Para no perder el sur

Todos los días tengo un tarareo
que me acompaña 
viene de lejos
como las letras que escribo 
para no perder el sur.

Ya se lo decía a una amiga:
estoy hecha de pasado
y mi presente es el libro que acabo
de empezar. 
Podría decir que me encanta ver la hoja
en blanco, aunque impone ese vacío
manchado de café al amanecer.

Es cierto que llevo la brújula 
siempre en la mano
pero, a veces, quisiera perderme
-y no lo consigo-.
Me evito y procuro no hablarme
para que siga durmiendo el dragón
que habita en mí.

¡Qué difícil se me hace escapar 
yendo conmigo!

Yo también me canso

                                                      A veces me canso Nuria Sobrino (adaptación)

Aunque, a veces, me pongo mi corona de buena
puedo considerarme un diablo más
que se cansa de todo, que esquiva las reglas,
que no está muy de acuerdo en eso de acatar
siempre el sistema que nos ordena silencio
y nos condena a una máscara de apariencia feliz,
sonrisa fingida, resignación aceptada 
con el paso de los años.

Aunque, a veces, me pongo mi corona de buena 
que calla lo que otros denuncian en huelgas 
y manifestaciones, otras veces, saco la guerrera
y levanto puños en alto, grito y lloro gritando
que no nos van a tapar la boca con miedos.

Aunque, a veces, me pongo mi corona de buena,
yo también me canso.

Casi lo logro

Casi lo logro.
Pasear la ciudad
y no verte.
Hoy pensé
que te habías marchado
y sentí, de repente, una mano
posada en mi hombro,
haciéndome libre.

Cómo te explico
que me vino la brisa a la cara,
que me dio por cruzar
nuestro puente
y, al final del trayecto...
tú.

Qué putada más grande.
Es verdad que te vi,
pero no como siempre.

Se llenaron de río
mis ojos
y corrí a buscarte,
donde quiera que fuese,
porque algo debió de quedar
de nosotros,
más allá del silencio afilado
con odio,
un idioma de ceño fruncido
que impide entenderse.

Puede que mueran los años
y, todavía,
no te encuentre.
Sin embargo,
en mi memoria pervivirá
la imagen de dos sombras
paseando bajo el embrujo
de una noche calurosa,
amantes nadando sueños,
jóvenes,
tú,
yo.

Yo no invento finales

Si dejas de quererme lo sabrá este poema y todo lo que cuenta se va a volver mentira. Benjamín Prado - San Salvador



Yo no invento finales,
solo itinerarios que buscan
la manera de encontrarte
todo el tiempo.
¿Te das cuenta?

Quiero hallarte en tus cenizas.
Saber que ya no eres
lo que dice tu recuerdo.
Desconocerte.
Leer a Cernuda una tarde
sin derramar una lágrima.
Pasear por la ciudad,
no evitando tu calle.
Vivir en primavera
todo el año.

Ya sé,
cuesta entenderlo.

Yo veía en mis macetas
el verdor húmedo usado
para pintar las montañas
del norte,
y confié que serviría
de aspersor para mi vientre,
acallándome las tripas,
aunque, claro...
¿Desde cuándo
el agua alivia el hambre?

Diez dragones me mordieron,
destrozándome las ganas,
arrancándome las alas
que llevaba en la garganta,
incendiándome las huellas
de las yemas de los dedos,
despegándome las letras
que usaría para mis versos
de poeta poco cuerda
y...
sigo escribiendo
con las fuerzas que me quedan
eligiendo nuevos verbos.

Yo no invent…

Decidí

[…] pero preferí averiguar qué eran los dos bultos que me nacían en la espalda y echarme a volar. Begoña Abad Decidí romper esta cadena que me ata
a los pies de tu cama
con desgana,
sin importar si es de noche o es de día,
si estoy a solas conmigo osólo vivo los restos de tu presencia.
Decidí escupir ese sabor amargo
que me queda
tras el sorbo de un encuentro,
abandonar el camino,
no cargar con tus culpas
ni pedir más disculpas,
romper los glaciares,
recoger los
cristales
de la vida que rompiste
y buscar mi desvío.
Decidí no volver a salvarte
volar y no ahogarme,
cerrar las puertas del infierno
y caminar descalza por el cielo.
Decidí ser yo,
solamente yo,
sumando una y no dos. 
Sin un "nosotros" que nos una,
restarte a ti es la solución.
Decidí ser libre.

Ser yo.
Sexta colaboración Nuria Sobrino  y Soraya Benítez 

Cría versos y se abrirán cerrojos

Si quebramos el silencio
y nos hieren sus cristales,
quizá, mejor no romperlo.

Habrá que poner remedio
cerrar la boca del todo,
los labios formando un beso.

Bájate ya del trapecio
y siéntate aquí, a mi vera,
que detengamos el tiempo.

Recuérdame cómo iba eso
de quererse sin medida
ni reproches de por medio.

Dejaremos choques previos
ahogados en el río,
que el pasado ya se ha muerto.

Tendremos que ir descubriendo:
para ahora, lo de ahora,
para luego, lo de luego.

Decir(te)quiero

Decir: “te quiero”, diré si te miento.
Decirte: “quiero ver un mañana en tu olvido”.
Despertar del sueño que te viste de seda en un mundo de cuero. Borrar las tormentas que calan los huesos ―y el alma― como la niña pequeña que ensaya caligrafía corrigiendo las letras torcidas.
Decirte: “no quiero mirarte”, pero te miro porque no puedo dejar de hacerlo.
Cómo cuesta despegarse de los besos, de los recuerdos.
Voy a descoser todos mis bolsillos para que salga la calderilla, que deja la bolsa llena de peso sin valía.
Por eso, decir: “te quiero” es algo que ya no puedo decir contigo.
Despegarme quiero.
Despegarme de la que vuelve para quedarse cuando yo no quiero, cuando ya me he ido.
Despegarme las dudas y las excusas que disparan las mentiras con dirección de ida y vuelta.
Despegarme

Lo que pasa cuando te leo

Camino por tus versos
que me cuentan lo que yo quería decir,
con tus palabras.

Me gusta leerte porque
emerges de las páginas  y te sientas a mi lado, me retiras el cabello de la oreja y susurras en mi oído  con tu acento hecho letra.
Quizá, debería avergonzarme al ver cómo te desabrochas  los sentimientos más íntimos,  pero no lo hago. Al contrario,
florecen preguntas en mis poros
y preciso saber de tus fantasmas,
averiguar lo que te altera o te perturba,
conocer lo que es capaz de humedecerte,
descubrir el baluarte que te guarda.

Cuando abro tus libros
consigues que me invada una especie
de locura.
Me dan ganas
de arrancarte la ropa a versos
y la piel a rimas.
Estoy segura de que llevas tatuado
un poema en los huesos.
Estoy  segura de que toda tú
rezumas poesía.

Más al sur del sur

Noté que la mano del mar
me había dejado en la orilla de una playa
más al sur del sur,
donde nunca había estado
pero siempre quise estar,
donde el soplo de aire burla
al cierre de la ventana,
silbándole a los miedos
que se asustan
y se marchan.

Ese viento,
brisa o vendaval
que aspiré en bocanada,
más al sur del sur,
me enseñó a vestir desnuda
y a tatuarme el trallazo de la arena en los días de borrasca.
Además,  me mostró el brillo de la oscuridad
en las noches estrelladas
y el sabor de agua con sal que en la duna se quedaba.

No pude reprocharle que se fuera
pero puedo reprenderle por su marcha. Se fue sin haberme enseñado a respirar la ausencia tan amarga... más al sur del sur.

(Des)bordando el mar

Dando brazadas en un vaso
a punto de rebosar,
desbordada,
salpicando todo fuera.
A mi alrededor, el mar.

Desbordada, casi ahogada
con tanta meada ciega.
Cerrar los ojos quisiera,
no darme cuenta de nada.
La ignorancia da la felicidad,
dice su balada.
¡Formateen todos mis principios!
¡Bórrenme los amores!
Quemen la papelera
y olvídense del backup.

¡Desbordada!
Desbordada y cansada de gritar
en esta selva en la que todos luchan.
¡Quiero parar!
Quiero invernar en un lugar
donde el político sea oso hormiguero
y los banqueros solo ardillas
con castañas para custodiar.
Quiero pasar allí el invierno,
lejos de la incertidumbre
y este malestar.
Quiero dejar de remar entre tanta gota corrompida. Ojalá encuentre una salida, el camino que me lleve a la ciudad
donde la horchata recorre las venas.
No tengo miedo a lo desconocido,
quién sabe,
quizá allí coja el ritmo.
Si la encuentro,
colgaré un marco en la puerta (de mi casa)
que diga: 
aquí ahogarse está prohibido”.


(Cuarta colaboración: Nuria Sobrino & Soraya Benítez)

Sigo estando bien.

¿Quién dijo amor?
Yo hablaba de mañanas templadas  y olor a jazmín.
Un blanco planeando sobre azul recién pintado. De par en par abiertas las ventanas, la sal colándose en mi nariz, y la risa tonta riéndose por nada con los ojos turbios de ilusión por estrenar.
¿Quién dijo dolor?

Yo hablaba de los cuentos de mentira,  de los finales con panteras disfrazas de perdices que no acaban de cerrar  las cicatrices que la esperanza  les dejó. 
¿Quién dijo nostalgia?
Yo hablaba de las noches de vigilia, de los juegos con la cara oculta  de la luna, del asombro al descubrirte en otras bocas que no eran  la tuya. Aún intento deshacer el nudo  de mi garganta, y confundo con alergia los ojos llenos de lágrimas cuando creo que vislumbro  tu perfil. 
Como ves,  sigo estando bien.

Duele sin mí.

Nada más solitario que el dolor
porque también excluye a quien lo siente,
si con él se traiciona o se acompaña.
De mi propio vacío
siempre yo el excluido.
Luis García Montero. El dolor me ha echado de mi propia soledad. Ahora vago sin ti, sin él, conmigo, ahogada en mi mutua compañía. Profundidad, oscuridad sin límite que empieza y termina en mí.
Te nombro, al viento que pasa sin pronunciar palabra.
No veo tu rostro, carente de memoria. No respondes, tan solo te escondes en alguna miseria urgente, olvidando los pronombres que nos mencionan.
Ausente de tu silencio dentro de algún tugurio apartado de la cordura, empapo en vino palabras esquinadas en el olvido.
Soy yo quien vino a por el trago mas siento que es el vino quien me traga. No importa el sentido, aquí y ahora, entre tanta gente doliente, gritando al mundo.
La noche en las calles de esta ciudad deshabitada alumbra a los desmemoriados que llevan el paso a    rras           tra                do.
Y yo me detengo debajo de cada farola buscando la luz que cure la amnesia…

Qué insistencia de mis ojos

Y miraré las nubes sin pensar que te quiero, con el hábito sordo de un viejo marinero
que aún siente, en tierra firme, la ondulación del mar. José Ángel Buesa - Poema del olvido.


Qué insistencia de mis ojos
que, otra vez, te encuentran en el garabato de un sauce que baila con el viento de mi sur. 
Cuando tú ya no escuchas y lo normal es olvidarte, insisto, y evoco  en sus ramas pobladas tu mirada de hoja perenne. 
Admito que paso deprisa, que lo veo solo de soslayo dando por cierto que eres tú. Así nunca yerra mi necesidad de hallarte en cualquier trozo de vida. Y creo ser quien maneja la palabra, la ocasión y la distancia. Y creo tenerte cuando yo quiera, olvidándote todo el tiempo.

Huyo de cámaras

Huyo de cámaras como del frío de mayo.  Huyo de poses, de risas falsas, ruidos, tiros, trucos...  Rara, me siento rara cuando miro a la derecha y me pasa que, en el centro,  me agobio.
Estoy cansada.  De ponerle maquillaje a los días me adolezco. Trajes de circunspección, peluquería, lavado de cara.  Promesas, efigies que no dicen nada.
Listas cerradas...  Listos abiertos a vivir  muriendo en mi oreja.  Harta de tanto retrato malo,  fotos movidas, poca luz, mucha luz... tiembla la mano al fotógrafo y la culpa es mía. 
¿Quién se sienta ahora a mi lado?

(Intro)verso

Momentos en los que quedo
hundida en los versos,
huntado el cuerpo de letras,
camuflada por fuera
y por dentro.

Qué suerte hacerme invisible
detrás de la calima.
Soy calada que se esfuma
de un cigarro que se posa
en tus labios
sedientos.

La estela de un velero,
lo breve del tiempo
o el amanecer de un sueño
dilatado en estrofas.
Así soy, y así lo muestran
los poetas que atraviesan
mi pecho
con su lengua de dos hojas
y acarician sin manos
por debajo de la ropa.

Momentos en los que parece
que llevo el corazón desatado
y tropiezo con mi sombra.
Calzo un número pequeño
de latidos
porque llegan huracanes de palabras
que no entiendo
y, aunque trago los poemas
que me llenan,
llueve lento e incomprensible
lo que escribo.
Quizá, por eso,
me pierdo conmigo
y me encuentro a solas
cuando sangra la tinta
del bisturí de la memoria.

La carta que no supe escribirte

La carta que no supe escribirte
tenía el ceño fruncido,
cero ganas de oírte y un ciento
de echarse a llorar.
Constreñida, entre el folio y la espada,
me hacían falta mentiras
como todas las que en tu bolsillo
solían cantar.

Te juro que me habría encantado
ser esa funambulista
de cuerda gastada que, sin ti,
no sabía actuar.
Complacerte, fingiendo la trama,
vestirme de delincuente
habitual, tu maniaca privada,
tu loca de atar...
Y asumir todas las consecuencias
de los actos despreciables
no cometidos por mí, da igual,
tengo que pagar
ya que solo soy el personaje
de la flor en la solapa,
con sonrisa boba y un sombrero
por apolillar.
Aposté al galgo de mala pata,
el de la lengua torcida,
ojos pasto, piel dorada, muchas
ganas de ladrar.

A galgo ladrador, toda poesía es poca.

Deberías conocerme ahora

El verano tiene todas las excusas para recordarte, entre ellas: exceso de sol en la piel,  salitre en el corte de un dedo, termómetro ardiendo y todos los viajes que harás sin esta mitad de mí que dejaste conmigo, que encuentra consuelo en un par de libros cubiertos de arena y, a veces, envidia a la otra mitad que se fue contigo.   Me refiero, ya sabes, a la mala, la terca, la falsa,  la que no sabía perder, la cínica infiel, la desconfiada, la egoísta, cobarde, engreída, la que te idolatraba, la inútil sin ti, en fin...  esa que seguro describes al nombrarme en la distancia, la que ya no soy desde que no estás.

De la devoción a desconocerte

Puedo recordar que te veneré sin necesidad de dioses o dogmas en aquellos días de calma chicha que no eran verdad, aunque parecían, como el follaje de la fronda de tu ancha boca. 
Puedo recordar que te veneré hasta reventar todas las hormas. No existían normas imposibles de romper, eso decías tú, yo atestiguaba como una perra dócil y, algunas veces, fiel, que va avanzando entre las sombras.
Puedo recordar que te veneré, tormenta nunca, domingo siempre que iba de tu mano sobrevolando la ciudad sin levantar apenas los pies de aquel edén que me enseñaste a amar. Y era de día,  continuamente, de día.  
Lo que tengo por perdido es el recuerdo del momento que dejó de ser un dulce trino, castañuela de arboleda, brillo iridiscente tras el paso de la lluvia, como tengo por perdido el rostro conocido que me es ajeno, henchido el tiempo con tanto tiempo...

Que no soy poeta

Que no soy poeta,
que solo vinculo las letras,
asocio palabras que bailan de noche,
recreo momentos e invento
que tú me querías,
que yo aún te quiero.

Balcón emplomado,
las nubes reunidas frente a la ventana.
No sé si es agosto.
Tengo tres macetas de varios colores
sufriendo alopecia y el mirlo agoniza,
un trozo de carne con alas
que viene extrañando tu voz.

Quieres que lo haga, pero no exagero.
No sé en qué piedra guardé la memoria
del ángel terrible que llamó Cernuda.
Y no, no soy poeta, si acaso lo fuera
te hallaría dormida
encima de alguno de aquellos poemas
que un día escribí con la piel mojada
del río Majaceite,
con tu nombre a mí entregado
como dirían los versos
de Caballero Bonald.

Y no soy poeta
pero quisiera serlo,
dotar de lirismo al recuerdo
que apenas nos queda,
el humo de instantes que el viento
o el tiempo
se empeña en llevarse
y me es imposible guardarlo
en cualquier botella.
Amnesia o tiempo.

La chica del café

Su vida. Aquella tarde ella era una sombra que orbitaba la cuchara en la taza para distraer los miedos. Hilos de humo de un café recién hecho bailaban como serpiente hipnotizada. Rodeada de gente en una tasca cualquiera. Así se sentía, cualquiera. El ruido envolvía su mesa, aunque solo oía el silencio de la cuchara en la taza. Pasó horas grises de su crepúsculo, olvidada por la hora, el tiempo y el espacio, olvidando lo que era, lo que buscaba, tragándose a sorbos pequeños ese sabor amargo de quien reconoce que ya no recuerda. Pagó y salió, casi sin darse cuenta, dentro de aquella rueda de días iguales donde el reloj no marca,  donde el reloj no explica cuánto le queda a esa  melancolía de otoño  que sueña con ser primavera. Y una vez más, como siempre que abandonaba su cueva, se tropezó de golpe con el mundo. Las calles pedregosas brillaban tras horas de lluvia. Se acomodó el abrigo. Tenía esa clase de frío que no se quita con la ropa.  Ni sin ella. Las alcantarillas se ahogaban con el olvido de un tumulto de vi…

Él

Crótalos en una boca
temblando sin tener frío.
Llevaba la lengua rota,
con hoja de doble filo
y un cauce de agua salada
de los ojos al ombligo.
No pretendo exagerar.
Una tarde de domingo
apagué en mi corazón
los restos de un cigarrillo.
Extinguidas las promesas,
extinguido el compromiso.
No pretendo abrir heridas
con un poema tardío.
Sin disculpas que me excusen
ni reencuentros previstos,
sirva hoy a la voz postrada
este romance afligido,
creado con pesadumbre
a la sombra de un suspiro.
No pretendo que se alargue
este poema sencillo,
escarbar en cicatrices,
recordar lo que es olvido.
Yo te quiero ya pasado.
Aún me queda castigo
cuando se acerca la noche
y reconozco el crujido
de una traición en el pecho.

Fracasar contigo era tenerte a mi lado.

Ha pasado una década
desde aquel abril.
Conseguiste que te viera,
que girara el catalejo
y vendiera mi destino
por un beso.
¿Recuerdas?

Ahora soy mucho más vieja
que la ingenua de altavoces
resonándole en el pecho
y una fiesta en pleamar
entre sus piernas.

Era sencillo.
No nos costaba decir la verdad
porque no nos la creíamos.
Un juego muy divertido
donde la única regla era cubrir
los ojos
con una venda.
Luego, vino el error.
¿Cuál?
No sé, todos.

Te lo dije:
no hay fechas importantes,
solo latidos que ponen vida  en el calendario.
Por eso,
no borraría ni uno solo de los días
que fracasé a tu lado.

La que escribe

La que escribe no es esa
que despierta con dolor de espalda algunos días, dando rienda suelta a la rutina que desgasta
las hojas de su agenda. No es la que mantiene una sonrisa de gravedad media
cuando el invierno se acerca.
No es la que hace malabares
con las deudas,
ni la que lleva la incertidumbre
pendiendo de la oreja.
No es la del miedo. ¡Que no, que no es esa!
La que escribe  es una romántica que muerde  planetas. Una revolucionaria traviesa que atraviesa océanos. Una superviviente de naufragios en playas desiertas. Una adicta a la poesía
oculta en la naturaleza. Una amante viajera
que no entiende de límites.
Un águila real
que caza imposibles
—para que dejen de serlo—.

Ella, la que escribe, bebe del pasado
y vive del presente
con el amor desabrochado.
Lleva el vello erizado
cuando canta el poniente
y enseña los dientes
si le tocan el sur.

Viento del sur

Los naranjos han llorado
azahar almidonado
tapizándote una alfombra
que, a cualquiera, va y asombra.
Toda la calle te nombra.
Sé que no me has olvidado.
Creo que yo a ti tampoco,
quizá, por eso, te evoco
en todo poema loco
que mis dedos han creado
en las noches perfumadas
por jazmines abrigadas.
Todas las voces calladas
y mi pecho alborotado.
Se acumulan los abriles
mas parecen juveniles,
aún conquistan a miles
con ojos ilusionados.
Me quedarán muchas lunas,
puede que me beba alguna
subida a una de tus dunas.
Tu acento lo habré versado.
Ya quiero volver a verte,
del sur seré hasta la muerte,
levante pega muy fuerte,
poniente suena calmado.

Por la musa mueren diez versos al día

Por la musa mueren diez  versos al día y renacen otros cuantos.
Unos,
turbados, delirantes.
Otros,
montados en alambre,
dotados de frescura
e ironía.

Casi siempre aparecen
los que siguen queriéndote
y extrañan
al regimiento de mariposas
que usaban mi estómago
como una cama elástica,
como una jaula fáustica,
como una de esas redes llenas de peces
que no esperaban verse
atrapados en ella.

Es tan fácil confundirte
con el mejor de tus recuerdos,
querida musa,
que, a veces, intento
volver a escribir imaginando
tu mirar de gato
clavado en mis pupilas,
creciendo las camelias
alrededor del marco
de la ventana abierta
que cerraré  —puede que algún día—.
Hoy no llueve.

Quizá, estoy dormida
y todo esto es un sueño.
Mi habitación, jardín segado,
y yo solo un insecto
que teme que lo aplaste
el tiempo.

Y tú...
Aliento dado a mis letras,
la mano que mecía la cuna
subida a una estrella.
Ahora invento, quimera,
motivo, culpable,
chapuza, excusa...
quién sabe.

Transición

Dime que hago con Abril cuando Enero
pesa en la mirada. El sol esparce vida. ¿Ves?La miro...mas no veo.Aquí dentro, en mi humilde olvido el orballo es quien manda, quien siembra con su triste invierno mi primavera.
Los dilemas echan raíces en los bolsillos de mi chaqueta. Toda la casa es un páramo atravesado por una navaja de frío. Ya ni siquiera mi reflejo en el espejo coincide conmigo. Soy solo la silueta de una flor marchita que dejó los pétalos enterrados en tierra.
¿Y si abrimos la jaula y nos dejamos volar? ¿morirá el ruiseñor? A golpes, medio muerto está de tanto chocar contra las rejas donde se encarceló. No es la libertad lo que le dará muerte. Es la duda la que le consumirá.
Cuando quiera respirar, cuando se de cuenta de que vale más la vida que las respuestas, se oxidará el candado que de la jaula una mala primavera olvidó quitar.
Te saqué de mi pecho a empujones y con gritos ciegos. Con el vértigo apretado en un puño, como en aquella estación de metro de aquella gran ciudad. Rodeada de miedos, de dudas, de pen…